Ni se confundan: el verdugo es el asesino y el ajusticiado, la víctima

Cuánta más dignidad, cuánta más nobleza respira la cara de un niño gazatí huyendo de los salvajes bombardeos israelís que el rostro orondo y satisfecho de un despreciable Benjamin Netanyahu, asesino y corrupto Mueve José K. los dos cacillos desportillados de lado a lado de su chiribitil tratando de recoger las gotas de lluvia que se le cuelan por esa vieja techumbre, ay, malformada con tejas machacadas y disparejas. Está cayendo la de dios es cristo y los pobres no tenemos, gruñe nuestro hombre, ni el consuelo del calor solano, que tanto alumbra a gañanes como a despabilados. Viene a sumarse el rigor pluviométrico al habitual reconcome de José K., que ya saben ustedes que nunca gozó de la gloria del buen carácter. La vida es un asco, fácil resumen de su sofisticada cosmología. Y odia por igual a niños -buaaaa-, a perros -guau- y a curas -dios te ama. Así que con estos ánimos -esperen lo peor- empieza el día nuestro héroe, obligado a pisar la calle, envuelto en varias e incómodas piezas impermeables, para hacerse con el panecillo y el yogur diario.  Y eso que la noche anterior, desvelado por los goterones, había tenido dos importantes revelaciones levemente unidas entre sí por un delgado hilo conductor. Y tras mil vueltas a la noria, que el sueño tardó y tardó, se ha autoconvencido de que ambas exigen por su parte un desmentido categórico. Son mentira, son mentira, son mentira. Quieren los poderosos, como siempre, que almorcemos con ruedas de molino, que nos traguemos sin rechistar sus descomunales embustes y así, taponada nuestra inteligencia por sus muchas y arteras falencias comprarles sus acelgas pochas, sus melones pasados, sus lenguados apestosos y sus higadillos putrefactos. Pero hay que ir con cuidado y saber afrontar el combate con la cabeza fría y la palabra bien elegida.  Así que hasta esta cota hemos subido, que llegó José K. y mandó a parar. Y mandó a parar. Primera reflexión: los vencedores no siempre tienen la razón, en absoluto y, desde luego, su triunfo no conlleva, de ninguna de las maneras, arrogarse las virtudes del honor y la honra en la batalla. Falso, mentira repugnante. La victoria se puede obtener de muchas maneras y por muchos motivos, en numerosos casos espurios y repugnantes. Hoy mismo tenemos ante nosotros un ejemplo de dimensiones descomunales: cuánta más dignidad, cuánta más nobleza respira la cara de un niño gazatí huyendo de los salvajes bombardeos israelís que el rostro orondo y satisfecho de un despreciable Benjamin Netanyahu, asesino y corrupto. La fuerza del dinero, de las armas, de la brutalidad puede, y de hecho obtiene comúnmente la victoria frente a la pobreza y las manos desnudas. ¿Tiene acaso el Gobierno de Tel Aviv y sus socios en la masacre, desde Estados Unidos -sí, también con los demócratas- o los autócratas petromillonarios del Golfo, la razón en la contienda? ¿Son los vencedores tras la extensión de la barbarie quienes deben quedarse con los honores de haber luchado en el lado virtuoso de la historia? Y por pasiva: ¿esos hombres, mujeres y niños arrojados a las tinieblas de un futuro sin futuro, de unas tierras sin tierra, de un país sin fronteras, de unas casas sin paredes, de un espantoso tránsito por la miseria, el hambre, enfermedades y muertes violentas, son ellos, repetimos, quienes no tienen honor, ni dignidad, ni tan siquiera nobleza de espíritu? La negativa le sale del alma, esa cosa que no tiene, a José K.: No, y mil veces, no. El gánster mata y gana. La víctima muere y pierde. Pero uno es el canalla y otro el inocente. Yuval Harari, más culto, más elaborado, nos lo dice de otra manera en Sapiens: “No hay pruebas de que la historia actúe en beneficio de los humanos porque carecemos de una escala objetiva en la que medir dicho beneficio. Diferentes culturas definen de manera distinta el bien, y no tenemos una vara de medir definitiva para juzgar entre ellas. Los vencedores, desde luego, creen siempre que su definición es la correcta. No obstante, ¿Por qué habríamos de creer a los vencedores?”. Exacto, ¿por qué hemos de creer a los vencedores, sobre todo cuando nuestros ojos, de nuevo vean las imágenes de Gaza, nos están diciendo bien a las claras lo contrario?  Y es que esta brutalidad del poder se arrastra a lo largo de los siglos. Por eso despreciamos a los llamados vencedores de la Historia, porque siempre han jugado con las cartas marcadas, sin que sus víctimas -millones y millones de seres aplastados durante siglos- hayan tenido la oportunidad de salvarse. Deberíamos recordar, evoca José K., a aquellos cientos de miles de españoles que huían hacia Francia en los estertores de la guerra civil. Aquellas miradas, esos hatillos de sombras desesperadas, de ancianos, niños y gentes de toda condición arrastrando unos miserables enseres camino de un mundo de tinieblas tan negras como las que dejaban atrás. Los derrotados. Por allí estaban Antonio Machado, tan solo con 63 años, aunque aparentara

Mar 30, 2025 - 12:03
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Ni se confundan: el verdugo es el asesino y el ajusticiado, la víctima

Ni se confundan: el verdugo es el asesino y el ajusticiado, la víctima

Cuánta más dignidad, cuánta más nobleza respira la cara de un niño gazatí huyendo de los salvajes bombardeos israelís que el rostro orondo y satisfecho de un despreciable Benjamin Netanyahu, asesino y corrupto

Mueve José K. los dos cacillos desportillados de lado a lado de su chiribitil tratando de recoger las gotas de lluvia que se le cuelan por esa vieja techumbre, ay, malformada con tejas machacadas y disparejas. Está cayendo la de dios es cristo y los pobres no tenemos, gruñe nuestro hombre, ni el consuelo del calor solano, que tanto alumbra a gañanes como a despabilados. Viene a sumarse el rigor pluviométrico al habitual reconcome de José K., que ya saben ustedes que nunca gozó de la gloria del buen carácter. La vida es un asco, fácil resumen de su sofisticada cosmología. Y odia por igual a niños -buaaaa-, a perros -guau- y a curas -dios te ama. Así que con estos ánimos -esperen lo peor- empieza el día nuestro héroe, obligado a pisar la calle, envuelto en varias e incómodas piezas impermeables, para hacerse con el panecillo y el yogur diario. 

Y eso que la noche anterior, desvelado por los goterones, había tenido dos importantes revelaciones levemente unidas entre sí por un delgado hilo conductor. Y tras mil vueltas a la noria, que el sueño tardó y tardó, se ha autoconvencido de que ambas exigen por su parte un desmentido categórico. Son mentira, son mentira, son mentira. Quieren los poderosos, como siempre, que almorcemos con ruedas de molino, que nos traguemos sin rechistar sus descomunales embustes y así, taponada nuestra inteligencia por sus muchas y arteras falencias comprarles sus acelgas pochas, sus melones pasados, sus lenguados apestosos y sus higadillos putrefactos. Pero hay que ir con cuidado y saber afrontar el combate con la cabeza fría y la palabra bien elegida. 

Así que hasta esta cota hemos subido, que llegó José K. y mandó a parar. Y mandó a parar. Primera reflexión: los vencedores no siempre tienen la razón, en absoluto y, desde luego, su triunfo no conlleva, de ninguna de las maneras, arrogarse las virtudes del honor y la honra en la batalla. Falso, mentira repugnante. La victoria se puede obtener de muchas maneras y por muchos motivos, en numerosos casos espurios y repugnantes. Hoy mismo tenemos ante nosotros un ejemplo de dimensiones descomunales: cuánta más dignidad, cuánta más nobleza respira la cara de un niño gazatí huyendo de los salvajes bombardeos israelís que el rostro orondo y satisfecho de un despreciable Benjamin Netanyahu, asesino y corrupto. La fuerza del dinero, de las armas, de la brutalidad puede, y de hecho obtiene comúnmente la victoria frente a la pobreza y las manos desnudas. ¿Tiene acaso el Gobierno de Tel Aviv y sus socios en la masacre, desde Estados Unidos -sí, también con los demócratas- o los autócratas petromillonarios del Golfo, la razón en la contienda? ¿Son los vencedores tras la extensión de la barbarie quienes deben quedarse con los honores de haber luchado en el lado virtuoso de la historia? Y por pasiva: ¿esos hombres, mujeres y niños arrojados a las tinieblas de un futuro sin futuro, de unas tierras sin tierra, de un país sin fronteras, de unas casas sin paredes, de un espantoso tránsito por la miseria, el hambre, enfermedades y muertes violentas, son ellos, repetimos, quienes no tienen honor, ni dignidad, ni tan siquiera nobleza de espíritu?

La negativa le sale del alma, esa cosa que no tiene, a José K.: No, y mil veces, no. El gánster mata y gana. La víctima muere y pierde. Pero uno es el canalla y otro el inocente. Yuval Harari, más culto, más elaborado, nos lo dice de otra manera en Sapiens: “No hay pruebas de que la historia actúe en beneficio de los humanos porque carecemos de una escala objetiva en la que medir dicho beneficio. Diferentes culturas definen de manera distinta el bien, y no tenemos una vara de medir definitiva para juzgar entre ellas. Los vencedores, desde luego, creen siempre que su definición es la correcta. No obstante, ¿Por qué habríamos de creer a los vencedores?”. Exacto, ¿por qué hemos de creer a los vencedores, sobre todo cuando nuestros ojos, de nuevo vean las imágenes de Gaza, nos están diciendo bien a las claras lo contrario? 

Y es que esta brutalidad del poder se arrastra a lo largo de los siglos. Por eso despreciamos a los llamados vencedores de la Historia, porque siempre han jugado con las cartas marcadas, sin que sus víctimas -millones y millones de seres aplastados durante siglos- hayan tenido la oportunidad de salvarse. Deberíamos recordar, evoca José K., a aquellos cientos de miles de españoles que huían hacia Francia en los estertores de la guerra civil. Aquellas miradas, esos hatillos de sombras desesperadas, de ancianos, niños y gentes de toda condición arrastrando unos miserables enseres camino de un mundo de tinieblas tan negras como las que dejaban atrás. Los derrotados. Por allí estaban Antonio Machado, tan solo con 63 años, aunque aparentara veinte más, su amigo el periodista Corpus Barga, su hermano José, su cuñada Matea y la madre Ana Ruiz, perdida la cabeza y que sólo quería saber si ya habían llegado a Sevilla. El honor lo llevaba en la muñeca Antonio Machado cuando le pidió a Corpus Barga que le señalara un lugar donde pudiera vender su reloj. No, la dignidad, el orgullo, la grandeza, no estaba en el cuartel general de Burgos en el que los verdugos fascistas, los vencedores, brindaban con champán por la desaparición física de los rojos enemigos de la España imperial, arriba España, muera la inteligencia. 

Apenas si respira José K. para tomar impulso, que quiere pasar a la segunda parte consciente de que en el paso peligroso de este puente ligero las bases de la comparativa son un punto atrevidas. Tratará de explicarse. Hay en ese razonamiento que hasta aquí hemos expuesto una especie -querida o no, buscada o no- de justificación de la victoria -gana el mejor- al tiempo que de desprecio por el perdedor: no ha sabido defender lo suyo. Como si un cacho de pan se pudiera defender de los misiles. Pero en estos momentos observa José K., un punto horrorizado, cómo esta mentira gigantesca envuelve una gran falacia que en el fondo, mutatis mutandis, hace recaer en la izquierda el triunfo mundial -por ahora- de la ultraderecha y los populismos que nos anegan, desde Donad Trump hasta Santiago Abascal, la Virgen del Pilar dice. Esto es, la víctima, una vez más, es culpable de los asesinatos del sicario estrangulador. 

Está harto nuestro hombre, a estas alturas ya le ha entrado agua en los calcetines, maldita sea su estampa, de que agudos analistas y muy serios politólogos -los politólogos son siempre serios, como el turrón de Alicante es siempre duro- gusten desgastarnos los oídos con el muy erudito mantra de que la “ultraderechatriunfaporquelaizquierdanohasabidohacersutrabajo”. Así, de corrido. Hombre, se dice José K., ya con la vena del cuello un poco alterada, desde luego que la izquierda ha sido torpe en mil ocasiones, chapucera en otras tantas, divisiva en ocasiones innúmeras, incapaz hasta la desesperación en otras. Pero permítanme, se eleva sobre sus tacones, que quienes han sido los auténticos traidores a la causa de la humanidad han sido los políticos de la derecha dizque liberal de toda la vida. A pelo. Ellos son quienes, céleres, se han agarrado con garras de buitre a la extrema derecha para aumentar sus privilegios, de poder y de dinero; ellos quienes han encumbrado a los más irracionales ultracapitalistas. Por ambición insana, enfermiza.  

Y se alarga José K. con una simple referencia a los años ochenta del pasado siglo, un momento clave en esta historia, que tampoco es cuestión de llegarse a güelfos y gibelinos. ¿Quiénes si no Margaret Thatcher y Ronald Reagan, el diablo les tenga a ambos abrasándose a fuego lento en sus hirvientes calderas, rompieron todas las reglas que mantenían el statu quo de una derecha civilizada, que compartía poder con la socialdemocracia, un sistema, imperfecto, claro, pero al menos basado en un contrato social amparado por las grandes religiones continentales, para convertir el mundo, su mundo, en un infierno de capitalismo salvaje donde el más fuerte se hacía el amo y acababa con los bienes y fortuna de los más débiles? La derecha rompió la decencia y la dignidad y regaló el mundo -aún más- a los pistoleros y delincuentes del capitalismo atroz y despiadado. La izquierda, de nuevo, es cierto, perdió la batalla, ¿pero de verdad los responsables fueron los mineros que tuvieron que volver al trabajo tras su durísima huelga, humillados por unas condiciones leoninas impuestas por la fuerza? 

Y de seguido, consecuencia inevitable de aquel desaguisado, el sindios de la crisis de las subprimes y la explosión de 2008, la gran estafa de ese mundo pergeñado por las derechas neocapitalistas que finalmente se resolvió, manu militari, con la destrucción de las economías europeas más débiles, Grecia y España en primer lugar, mientras los de Guindos de turno, ahí le tienen, tan sonriente, fieles empleados de Lehman Brothers y ladrones similares, los auténticos causantes de la crisis, apostaban ufanos por un austericidio criminal. Ahí sí creció la ultraderecha, ahí, llevada en volandas por los salvajes depredadores de la derecha más tradicional. ¿O fue también culpa de Zapatero o de Syriza?

Más cerca en el tiempo y el espacio, avancemos en la moviola, que José K. no encuentra fin a sus soliloquios. ¿Tiene la culpa Pedro Sánchez del auge de Santiago Abascal, firmes, que pasa la Virgen de Covadonga, o es el canallita de Feijóo y sus pactos infames con la ultraderecha los que engordan el populismo? Más lejos, pero del tiempo de hoy, ¿Biden o Kamala Harris son los culpables de que ganara Trump o lo es la derecha republicana, tirada al monte, y siguiendo el hilo del nefasto neocapitalismo iniciado con Thatcher y Reagan, ha encumbrado al monte Rushmore a Donald Trump y sus secuaces milmillonarios, esa mafia despreciable? 

Ya, la izquierda es un horror, aquí, en Francia, en Alemania, reconoce José K., empapado hasta los huesos, esta maldita lluvia, pero miren y condenen primero a la derecha, el mundo es suyo, de los poderosos de la Tierra. Desde siempre. No se equivoquen de objetivo y sigamos insistiendo: diferencien al verdugo de la víctima. Ni se confundan. ¡Abajo los depredadores victoriosos, loor a los humildes derrotados! 

Posdata. Cerraba nuestro hombre la puerta del tabuco cuando su vecino el Catavenenos, siempre tan silente, le coló por debajo de la puerta dos papelillos. Elige, decía la nota. The Objective. Juan Luis Cebrián: “Quien hoy nos preside posee las mañas de un tahúr pero también es un idiota, que solo aspira al poder por ambición personal, sin ningún proyecto político”. El Debate, Alfonso Ussía: “Los chinos son crueles en su mayoría. Y antipáticos. Pero son leales con quienes les demuestran afecto y fidelidad. Zapatero es el embajador de Venezuela en China, y Sánchez, como es sabido, es el subalterno de Zapatero en todo”. 

José K. no desecha ninguno.

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