Fútbol argentino, no lo entenderías: cuando competir en la Libertadores es más sencillo que ganarle a Riestra
Muchas veces señalado justamente por su mala organización, el torneo local tiene una intensidad tan alta que a los equipos grandes les cuesta ganarles a rivales aparentemente menores, mientras que en Sudamérica se imponen con mayor naturalidad
El fútbol argentino está de moda. Se valora, se celebra. La selección marca el camino. En el futuro cercano, muy probablemente haya nuevos jugadores argentinos en la élite mundial de clubes. A principios de la década pasada era normal verlos en Barcelona, Real Madrid, Inter o Manchester United. Luego surgió un bache, el que nos llevaba a sintonizar más partidos de Europa League que de Champions para no perderles pisada. Hoy volvió la buena época: la Premier, casi unánimemente considerada la mejor liga, tiene compatriotas en un gran número de partidos. Muchos querrán descubrir un Cuti Romero o un Enzo Fernández, por lo que habrá más. Intermediarios y representantes, permitan que haya una segunda oferta por sus promesas. No los hagan caer en que el tren pasa sólo una vez para aceptar ofertas de ligas menores.
Las buenas no terminan en el seleccionado mayor. Allí empiezan. El sub 20 agradó, el sub 17 promete. Incluso lo que genera el torneo local, el producto del producto, luce interesante. Tan criticado de cerca por verlo desde la cotidianeidad, de este campeonato que no sabemos ni cómo llamarlo nacen equipos fuertes. Nuestro fútbol será ventajista, pero es competitivo. De allí no sale la técnica más depurada, aunque sí la mentalidad más ganadora.
A River le costó menos Universitario en Lima que Deportivo Riestra en Soldati. ¿Uno que pelea por la permanencia aquí puede ser más fuerte que el campeón del año en Perú? En el repaso de individualidades, difícilmente; con el plus de la motivación, tal vez. A Racing le convendría jugar todos los fines de semana contra rivales brasileños. Cuando cruza a estos, los somete; cuando enfrenta a los compatriotas, festeja tan poco que hoy no sabe si accederá a los octavos de final del Apertura. El gran campeón de la Sudamericana no se había clasificado a cuartos de la Copa de Liga y había sido eliminado de la Copa Argentina por Talleres de Remedios de Escalada. Lejos de lamentarse porque el sorteo le puso de entrada el partido más difícil del grupo, Huracán viajó a Brasil, impuso condiciones y le ganó a Corinthians. Lo dijo Ramón Díaz: “Hoy no hay brasileño que no la pasa mal contra un argentino”. No les quedará otra que reconocerlo, aunque sea en la más silenciosa intimidad.
Lo que a los brasileños les molesta es lo mismo que les incomoda a los equipos grandes argentinos cuando enfrentan a algunos chicos compatriotas. La disciplina reduce el margen del talento rival. Al orden se le suma no parar. Desde hace algunos años se lo denomina intensidad. Es la tierra del “movete” y el “a ver, a ver los jugadores si pueden oír”. De la presión se sale corriendo.
La semana dejó también la reflexión de Gastón Martirena tras la victoria categórica de Racing a Fortaleza como visitante: “Todos te quieren ganar, las canchas están llenas, la manera de jugar... Es más difícil la Copa Argentina que la Libertadores”. Puede sonar desmesurado, pero si lo acortáramos a torneo argentino sería acertado. Además, habría que enumerar cómo se clasifica a un certamen internacional. La puerta está abierta como nunca.
A la manera de la FIFA con un Mundial que pasará de 32 a 48 selecciones, la Conmebol aumentó la cantidad de equipos en sus copas: entre ambas suman más de 100 (47 y 56). Más partidos para televisar, más negocio, menos excelencia. Así llegó a la Libertadores, por ejemplo, el cuarto de un total de catorce equipos de la tabla acumulada de Venezuela: el Carabobo, que el martes como local no compitió contra Estudiantes. Así apareció en la Sudamericana el séptimo de dieciocho de la acumulada de Perú: Atlético Grau, que cayó el miércoles ante Godoy Cruz, al que le está costando en nuestro pan de cada día. Boca maldice una mala noche contra Alianza Lima. Nadie dudaba de su superioridad, sólo podía sufrir un tiro en el pie. Incluso puede suceder que el equipo que meses atrás era revelación se transforme en uno de los peores de la actualidad: el año pasado Sportivo Luqueño ganó el pase a la fase previa de la Sudamericana; en este, figura último en la liga paraguaya. Con todas las costuras, nuestro fútbol sigue y seguirá siendo superior: más que un mérito, una obviedad.
La conformación de los planteles también explica la desproporción. Cualquier plantel de otros torneos del continente incluye a un jugador argentino. Son aquellos que no llegan a ilusionarse con la posibilidad de Europa pero buscan ese sueldo en dólares que puede ofrecer un país cercano. La tercera o cuarta línea de la escala local refuerza la primera en el exterior.
Los triunfos recientes resultan ejemplos que no alcanzan para olvidar que las últimas seis Libertadores fueron ganadas por equipos brasileños, está claro. Sucede que en las instancias más avanzadas de una Copa, suele imponerse la jerarquía. No faltan los argentinos armados para llegar a ese escalón, el más alto. El problema es que, para jugar contra un poderoso de allá, primero hay que sumar confianza contra un modesto de acá.