Patria, la buena, de Ricardo Gómez

Esta novela negra cuenta la historia de un etarra que concursa en el programa de moda, Un, dos, tres… responda otra vez, mientras crea el Comando Madrid. Para su desgracia, algunos miembros del GAL también son aficionados a ese espacio televisivo. En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Patria, la buena (Autsaider), de Ricardo Gómez.... Leer más La entrada Patria, la buena, de Ricardo Gómez aparece primero en Zenda.

Abr 5, 2025 - 07:32
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Patria, la buena, de Ricardo Gómez

Esta novela negra cuenta la historia de un etarra que concursa en el programa de moda, Un, dos, tres… responda otra vez, mientras crea el Comando Madrid. Para su desgracia, algunos miembros del GAL también son aficionados a ese espacio televisivo.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Patria, la buena (Autsaider), de Ricardo Gómez.

***

1-Masacre: Ven y mira

El autobús frenó. Al abrirse las puertas, Alberto salió atorado entre los pasajeros y caminó por el Boulevard con la sensación de hacerlo en dirección contraria. Solo cuando hubo algo más de espacio apretó el paso, pero con discreción. Un semáforo pea tonal estaba en rojo. Miró hacia la desembocadura del Urumea. Las ráfagas de viento procedentes del mar cobraban intensidad y se encogió. Era el tercer día del otoño de 1985 y, tras unos meses tan secos, parecía que la nueva estación llegaba implacable como el crujido de las hojas caídas. Cruzó el puente de la Zurriola y, ya en el barrio de Gros, se dejó confundir entre un grupo de turistas franceses. Al rato se detuvo para fumar, pero en el bolsillo de la camisa solo encontró el encendedor. Alguien dijo algo por detrás. No miró y siguió palpándose en el pantalón. Ese alguien volvió a hablar.

—Ya no quedan entradas. Si quiere la mía se la vendo por el mismo precio que la compré. Por desgracia me ha surgido un imprevisto y no podré asistir.

Alberto se dio la vuelta y vio a un hombre de unos casi sesenta años que por su aspecto podría ser su padre, al que hacía un año que no veía. Le mostraba una entrada para el cine. Lo observó con detenimiento. Su mirada parecía tan sincera como desesperada. No era un policía. Si algo había aprendido durante los últimos meses era a distinguir a los policías. Volvió a pensar en su padre.

—Puede preguntar en la taquilla por el precio —insistió el hombre—. Si quiere le acompaño.

Alberto pensó que había un malentendido hasta que se fijó que estaba junto a la taquilla del cine Savoy. Todo aquel revuelo del Boulevard tenía que ver con el Festival de Cine. Podría ser una buena idea descansar durante un par de horas.

—La verdad es que me encantaría. ¿Qué le debo?

—Doscientas pesetas. Es una buena película, pero como le he dicho, no puedo quedarme.

Se puso al final de la cola y leyó el cartel. Masacre: Ven y mira, de Elem Klimov. La cola avanzaba más lenta de lo que le gustaría, y antes de entrar miró alrededor.

Hacía tiempo que no pisaba el Savoy. Puede que la última vez lo acompañara su hermano. Recordó el vestíbulo de suelo de mármol y el friso que lo hacía tan característico. Era una sala recogida, como si no quisiera llamar demasiado la atención.

Las entradas no eran numeradas. No le importó, como tampoco le importó que la proyección fuera en versión original subtitulada. Ocupó una de las últimas las, pegado a la pared. Lo peor fue que delante de él se ubicó alguien con una cabeza tremebunda.

Las luces se apagaron. Se recostó y pudo ver la pantalla entre el hueco de las dos butacas delanteras. Enseguida empatizó con el miedo de un niño bielorruso al ver como su pueblo era invadido por las SS. El terror provocado por los nazis se difuminó con el suyo propio y se hundió más en la butaca. Luego quedó sumido en sus pensamientos sin ser consciente de que parte de un abrigo que no era el suyo reposaba sobre su regazo.

*

—Alberto, Alberto, Albertito. Ya tenía ganas de verte por aquí.

—Sí, bueno —murmuró.

Era un despacho pequeño, asfixiante. Alberto lo recorrió con la mirada distraída. Le parecía poco lustroso para pertenecer a un comandante de la Guardia Civil. Había un pequeño ventanuco entreabierto que daba al exterior, y detrás de la mesa del comandante Rodríguez Gallardo colgaban de la pared un crucifijo y un retrato del Rey. Volvió la mirada al ventanuco. Se preguntó por qué el cristal estaría forrado de papel de periódico. Llevaba casi un año acudiendo allí y nunca se lo había pregunta do. El comandante revisó por encima los documentos que tenía sobre la mesa y alzó la mirada sin decir nada. Su cara era redonda como una muñeca pepona y su calva cetrina y brillante. Antes de hablar, el comandante Gallardo inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás. Aquel gesto le recordó al jugador de baloncesto Juan Antonio Corbalán subiendo el balón bajo los focos del intimidante Pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Alberto se apasionó por el deporte de la canasta durante el tiempo que le tocó cumplir con el servicio militar en Ferrol, donde casi todos los sábados acudía al pabellón de Punta Arnela para ver jugar al OAR Fondomar.

—¿Desde cuándo nos conocemos? ¿Un año? No importa. Joder, Alberto, ¿Qué me has dado hasta ahora? Porque coño, cuéntame algo que no sepa, que los nombres y apellidos de los concejales de Herri Batasuna de Hernani nos los sabemos de memoria —dijo esto último elevando la voz.

—No es tan fácil…

—No te digo que lo sea, pero Alberto, cada mes te suministramos tu porción de hachís y de maría. Y te sacas unas pelas. Pero leches, a cambio queremos saber. Te recuerdo que tenemos un acuerdo que cumplir.

Le interrumpieron unos golpes.

—El Sargento López-Nieto está abajo —dijo un guardia asomando por la puerta.

—¡No ves que estoy ocupado! —respondió sin mirar.

—Ayer vi a la abogada de los presos en la Herriko, una rubia que sale a veces en la tele —dijo Alberto cuando se marchó el otro guardia.

—¡La madre que te parió, Alberto! —gritó apoyándose so bre la mesa—. ¡Te dejamos trapichear en los bares para que nos cuentes lo que se cuece en el pueblo, no para que nos digas lo que sale en el Telediario!

Se hizo un silencio en el despacho. Gallardo tomó aire y retomó la conversación en un tono más paternalista sin levantar la vista de los documentos.

—Te protegemos, Alberto. Lo sabes, ¿verdad? ¿Te das cuenta de lo que supondría para ti si se enteraran en Hernani de que trabajas para nosotros? ¿Y qué pasará cuando los ersainas o como cojones se diga, tengan más competencias y te echen el ojo? Te protegemos, Alberto. Coño, no lo olvides. Hagámoslo bien. ¿No te parece?

[…]

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Autor: Ricardo Gómez. Título: Patria, la buena. Editorial: Autsaider. Venta: Todos tus libros.

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