Hay momentos que esculpen una vida. En aquella tarde de marzo de 1985, un adolescente que acababa de cumplir catorce años, andaba atrincherado en su cuarto, pegado a una radio. Con tres años apenas había podido celebrar la liga ganada por
Cruyff. Aquella podía ser la primera alegría azulgrana, más allá de
Basilea. Los 80 con el secuestro de
Quini, la Liga perdida con
Lattek o las brutales lesiones de
Schuster y
Maradona, habían segado toda ilusión en una generación de niños que necesitaban creer. Hasta que llegó
Urruti y paró aquel penalti que rompió históricos maleficios. El Barça era campeón y pudo también ganar la copa de Europa, de no ser por aquella fatídica tanda de penaltis en Sevilla. Pero
Urruti siempre estuvo con nosotros, parando en
Valladolid, en la semifinal ante el
Göteborg, también frente al
Steaua...
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