Pasar de la hipocresía al insulto

En un movimiento de péndulo, la Argentina fue del kirchnerismo a los libertarios

Mar 29, 2025 - 04:34
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Pasar de la hipocresía al insulto

BOGOTÁ

Como un pasajero que, a medianoche y en la mitad del océano, en un avión a 40 mil pies sobre el nivel del mar, se despierta con una alarma de turbulencia y, fuera de apretarse el cinturón, sabe que no puede hacer nada, solo confiar en que el piloto y el copiloto no estén dormidos ni locos ni borrachos, llega un momento en que las locuras y borracheras de la política local e internacional solo producen desesperación, hartazgo y, en últimas, resignación. ¿Qué puede hacer uno mientras el país y el mundo parecen caer en picada hacia otra gran tragedia histórica? Nada, tomar un buen libro y hundirse en él mientras las cosas se desmoronan alrededor.

Hay dos escritores que siempre me consuelan y animan, por la genialidad de sus ideas, cuando siento que todo se derrumba: G.C. Lichtenberg y Jorge Luis Borges. Aun en momentos de agonía, siempre me dicen algo nuevo, hasta en sus notas de cuaderno más marginales. Precisamente un piloto que siempre me regala árboles y libros (Juan Velásquez) me trajo hace poco de Buenos Aires una hermosa publicación –con reproducciones facsimilares– de los apuntes para conferencias del primer Borges (el que veía). Abro una hoja al azar: “Reductio ad absurdum, toda exageración será corregida por la exageración contraria”.

¿Qué puede hacer uno mientras el país y el mundo parecen caer en picada?

Borges está hablando de las escuelas literarias francesas, que se destrozan una tras otra. Y sin embargo, pienso, hace también una profecía del péndulo entre el corrupto e inepto peronismo y el absurdo y patético Milei. Las ridículas exageraciones del lenguaje inclusivo (los, las, les, l@s, lxs), las memeces de la policía lingüística que pretendía imponer a toda costa una forma obligatoria de hablar y escribir, enfrentadas ahora a prohibiciones y órdenes simétricamente opuestas. Los bienintencionados querían incluir a los marginados, pero en realidad excluían a todos los que no quisieran hablar como ellos. El buenismo de disfrazar cualquier condición física con eufemismos conseguía ofender más con el disfraz biempensante que con la palabra precisa: no le digas “ciego” a Borges, dile “invidente”; no le digas “sordo” a Goya, dile “discapacitado auditivo”; no digas “viejo”, di “adulto mayor”, y así sucesivamente por el precipicio de la bobada.

Estos melindres de la corrección política se intentan corregir ahora con las burradas del insulto brutal. Si antes la corrección era obligatoria, ahora se pretende, con simétrica exageración, que esté prohibida, o incluso que el insulto sea lo obligatorio. Milei, primero, prohibió el lenguaje inclusivo, lo que es tan tonto como hacerlo obligatorio. Y luego resucitó términos como “idiota”, “imbécil” y “débil mental profundo”, sintiéndose muy gracioso y vanguardista por emplear términos de la psiquiatría del siglo XIX. Los populistas y el libertario tratando de imponer formas de hablar y de escribir antagónicas. Unos y otros siguen viviendo en la anacrónica escuela de la gramática normativa. Los unos prescriben la hipocresía y los otros la grosería.

Milei prohibió el lenguaje inclusivo, lo que es tan tonto como hacerlo obligatorio

Cuando uno se mete en los pensamientos de Borges (o de Lichtenberg) descansa del mundo. Se olvida de que el mundo (y uno mismo) existe. Se retira de esa dimensión en la que parece que algunos seres mortales tienen gran importancia para el país (Uribe, Petro…) o para el mundo (Trump, Musk, Putin…). En una dimensión más honda todos estos señores, de repente, carecen de importancia. El mundo mismo no importa. Borges en sus apuntes reduce la historia de la filosofía a algunos diálogos. Uno de ellos es este:

“Descartes: pienso, luego soy”. Hume le contesta: “La conclusión es demasiado ambiciosa. Solo cabe afirmar, en buena lógica: Pienso, luego hay un pensar”. Hume niega el sujeto, el espíritu, el yo. De ahí que otro pensador del siglo XVIII, el astrónomo Lichtenberg, escribiera: “No habría que decir pienso sino impersonalmente piensa, como se dice llueve o truena o amanece”.

Pasa la turbulencia y amanece. Me aflojo el cinturón. “Amanece, que no es poco”, como dice la comedia.

Escritor y periodista colombiano; autor, entre otros libros, de El olvido que seremos