Manuscrito. El pecado de nacer con cuatro patas

Según la última edición del Martirologio Romano, publicada en 2004 durante el papado de Juan Pablo II, la Iglesia Católica reconoce a unos 7000 santos. Aunque este catálogo de beatitud no incluye un desglose por género, se estima que alrededor de 4900 (el 70%) eran hombres y 2100 (el 30% restante), mujeres. El 100% de ellos, se sobreentiende, eran humanos. La explicación está en la Biblia: los humanos fueron los únicos creados a imagen y semejanza de Dios. Por tanto, sólo ellos poseen almas inmortales.la “novicia rebelde” que escapó del convento y cruzó el Atlántico vestida de varónPero la devoción no siempre sabe de teologías y razones. Durante casi 600 años, en la zona de Châtillon-sur-Chalaronne, en Francia, se veneró a una figura inusual. Como otros santos que la Iglesia sí había oficializado, tenía un patronato (era santo patrono de los niños) y una fiesta (que se celebraba cada 22 de agosto). Asimismo, poseía un santuario en el que las madres del pueblo se postraban para rezar por la pronta sanación de sus hijos. Solo había un problema: San Guinefort era un perro.Según la leyenda local, Guinefort era el galgo o lebrel de un caballero que vivía en un castillo cerca de Lyon. Un día, el hombre salió a cazar al bosque y dejó a su bebé recién nacido al cuidado de su fiel perro. Al volver, se encontró con una escena de pesadilla: la cuna del niño volcada en el piso, sin rastros de él por ningún lado. Guinefort, con el hocico cubierto de sangre, vio llegar a su amo y se acercó feliz a saludarlo. Para el caballero, no había dudas: el animal había devorado a su hijo. Ciego de furia, asesinó al perro. Solo después escuchó el llanto de su bebé, al que encontró detrás de la cuna junto al cadáver de una víbora venenosa. Guinefort la había matado para proteger al pequeño.Arrepentido por su equivocación, el caballero depositó el cuerpo de Guinefort en un pozo, lo cubrió de piedras y plantó árboles a su alrededor. Algunas versiones indican que, como castigo divino, su castillo se derrumbó y el caballero lo perdió todo. No importa. Lo relevante es que allí donde sepultaron a un perro nació un santo popular y un santuario al que los pobladores de la zona podían acudir en su hora de mayor necesidad.La popularidad de San Guinefort fue tal que la Iglesia decidió enviar a Francia a un inquisidor domínico, Esteban de Borbón, para investigar el fenómeno. Con el apoyo de la Diócesis de Lyon, Esteban ordenó destruir tanto los huesos del perro como el santuario destinado a su memoria. Además, prohibió su veneración bajo pena de excomunión.La amenaza del fraile, sin embargo, no funcionó. Muchos campesinos de la región siguieron yendo al bosque para encomendar la salud de sus hijos al beato canino. Paradójicamente, lo que Esteban de Borbón intentó borrar con el puño sobrevivió gracias a su pluma, ya que es debido al relato que hace de San Guinefort en su Tractatus de diversis materiis predicabilibus que la historia se conoce lejos del interior de Francia y llega hasta el presente.Con el paso del tiempo, el culto a San Guinefort empezó a perder vigencia. Para comienzos del siglo XX, se había convertido en poco más que una superstición, una cábala de ancianas con regusto pagano. Se cree que la última vez que alguien veneró al perro en los bosques de Lyon fue a finales de la década del 30, poco antes de la Segunda Guerra Mundial.Varios años después, en 2015, el papa Francisco publicó la encíclica Laudato si. Allí afirmó que “la vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo para aportar a los pobres definitivamente liberados”. “Cada criatura”, escribió el pontífice nacido en la Argentina. No solo los humanos. Es verdad, un perro no puede ser canonizado. Ahora, al menos, le corresponde un lugar en el Cielo.

Mar 26, 2025 - 17:19
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Manuscrito. El pecado de nacer con cuatro patas

Según la última edición del Martirologio Romano, publicada en 2004 durante el papado de Juan Pablo II, la Iglesia Católica reconoce a unos 7000 santos. Aunque este catálogo de beatitud no incluye un desglose por género, se estima que alrededor de 4900 (el 70%) eran hombres y 2100 (el 30% restante), mujeres. El 100% de ellos, se sobreentiende, eran humanos. La explicación está en la Biblia: los humanos fueron los únicos creados a imagen y semejanza de Dios. Por tanto, sólo ellos poseen almas inmortales.

la “novicia rebelde” que escapó del convento y cruzó el Atlántico vestida de varón

Pero la devoción no siempre sabe de teologías y razones. Durante casi 600 años, en la zona de Châtillon-sur-Chalaronne, en Francia, se veneró a una figura inusual. Como otros santos que la Iglesia sí había oficializado, tenía un patronato (era santo patrono de los niños) y una fiesta (que se celebraba cada 22 de agosto). Asimismo, poseía un santuario en el que las madres del pueblo se postraban para rezar por la pronta sanación de sus hijos. Solo había un problema: San Guinefort era un perro.

Según la leyenda local, Guinefort era el galgo o lebrel de un caballero que vivía en un castillo cerca de Lyon. Un día, el hombre salió a cazar al bosque y dejó a su bebé recién nacido al cuidado de su fiel perro. Al volver, se encontró con una escena de pesadilla: la cuna del niño volcada en el piso, sin rastros de él por ningún lado. Guinefort, con el hocico cubierto de sangre, vio llegar a su amo y se acercó feliz a saludarlo. Para el caballero, no había dudas: el animal había devorado a su hijo. Ciego de furia, asesinó al perro. Solo después escuchó el llanto de su bebé, al que encontró detrás de la cuna junto al cadáver de una víbora venenosa. Guinefort la había matado para proteger al pequeño.

Arrepentido por su equivocación, el caballero depositó el cuerpo de Guinefort en un pozo, lo cubrió de piedras y plantó árboles a su alrededor. Algunas versiones indican que, como castigo divino, su castillo se derrumbó y el caballero lo perdió todo. No importa. Lo relevante es que allí donde sepultaron a un perro nació un santo popular y un santuario al que los pobladores de la zona podían acudir en su hora de mayor necesidad.Una ilustración del martirio de Guinefort incluida en la Gesta Romanorum

La popularidad de San Guinefort fue tal que la Iglesia decidió enviar a Francia a un inquisidor domínico, Esteban de Borbón, para investigar el fenómeno. Con el apoyo de la Diócesis de Lyon, Esteban ordenó destruir tanto los huesos del perro como el santuario destinado a su memoria. Además, prohibió su veneración bajo pena de excomunión.

La amenaza del fraile, sin embargo, no funcionó. Muchos campesinos de la región siguieron yendo al bosque para encomendar la salud de sus hijos al beato canino. Paradójicamente, lo que Esteban de Borbón intentó borrar con el puño sobrevivió gracias a su pluma, ya que es debido al relato que hace de San Guinefort en su Tractatus de diversis materiis predicabilibus que la historia se conoce lejos del interior de Francia y llega hasta el presente.

Con el paso del tiempo, el culto a San Guinefort empezó a perder vigencia. Para comienzos del siglo XX, se había convertido en poco más que una superstición, una cábala de ancianas con regusto pagano. Se cree que la última vez que alguien veneró al perro en los bosques de Lyon fue a finales de la década del 30, poco antes de la Segunda Guerra Mundial.

Varios años después, en 2015, el papa Francisco publicó la encíclica Laudato si. Allí afirmó que “la vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo para aportar a los pobres definitivamente liberados”. “Cada criatura”, escribió el pontífice nacido en la Argentina. No solo los humanos.

Es verdad, un perro no puede ser canonizado. Ahora, al menos, le corresponde un lugar en el Cielo.