Un llamado a la empatía, el respeto y la amabilidad
En 2025, usar en un escrito términos como "imbécil" e "idiota" refiriéndose a las personas, me recuerda a cuando la gente con discapacidad era considerada desde el Modelo de Prescindencia, en la Edad Media, y luego el Modelo Rehabilitador. En ese entonces, eran marginadas y excluidas, viviendo en la periferia de las ciudades, reducidas a mendigar, o institucionalizadas por considerarlas carentes de valor para la sociedad, improductivas, y una carga para sus familias y la comunidad.Para superar esas miradas antiguas y erróneas, las personas con discapacidad y sus familias, enfrentando numerosas injusticias, lucharon arduamente para cambiar esa percepción. Hoy, creí que al menos habíamos logrado cierta evolución y que ya no eran vistas como seres sin valor ni propósito; sin embargo, se utilizaron palabras hirientes y erróneas.Resolución Pictogramas en los colectivos de CABA: qué son y para qué sirven Animales Perros guía: así es el entrenamiento de los perros que ayudan a personas con discapacidad en su vida diaria Es alarmante que en el Boletín Oficial se mencione a las personas utilizando términos humillantes, insensibles y carentes de reflexión. Que esto haya sido leído, aprobado y firmado, sin considerar la gravedad del lenguaje empleado, solo nos retrotrae a la antigüedad, colocándonos en una situación de mayor vulnerabilidad y menoscabando aún más nuestros derechos humanos.Este tipo de léxico contribuye a afianzar falsas creencias, desinformando a una sociedad que, al no conocernos plenamente, incorpora el mensaje de que somos personas "falladas", "inservibles" o "imbéciles". Estas ideas no solo generan falta de respeto y deshumanización, sino que también socavan la consideración que merecemos todas las personas, independientemente de nuestra condición. Como resultado, se obstaculiza nuestra plena participación en la sociedad, se ignoran nuestras voces, y se perpetúan el maltrato, la injuria y el despojo de dignidad, alimentados en parte por estos conceptos erróneos que, lejos de ayudar, perjudican profundamente.Estamos cansados de la falta de respeto, de vivir etiquetados como "anormales", no por nuestra condición intrínseca, sino por las barreras sociales y físicas que el entorno nos impone con violencia, condenándonos a la exclusión. Hoy, esta injusticia recae sobre un grupo de personas con ciertas discapacidades, pero mañana podría ser otro. No obstante, el empleo de términos desacertados nos hiere a todas las personas con discapacidad, sin distinción.A lo largo de la historia, hemos sido blanco del exterminio, luego de la marginación y la indigencia. Después, nos encerraron en instituciones. Hoy, la prisión persiste, aunque las paredes sean las de nuestras casas, y las oportunidades, ínfimas. Mientras la sociedad consienta un lenguaje tan ultrajante, que pisotea la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, seguiremos siendo invisibilizados. Y todo porque alguien investido de poder se permite tildarnos de "imbéciles" o "idiotas", negando nuestra esencia humana.Nadie está libre de experimentar una discapacidad en algún momento de la vida, ya sea por un accidente automovilístico, un ACV, o cualquier otra circunstancia que el destino imponga. Seamos respetuosos. Para algunos, quizás se trate de un mero desliz terminológico, pero para quienes lo sufrimos en carne propia, con toda seguridad representa una herida profunda, una afrenta a la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, que Argentina ratificó el 6 de junio de 2008 mediante la Ley Nacional 26.378. En esencia, la Convención define la discapacidad como la consecuencia palpable de la interacción entre la condición de la persona y los obstáculos actitudinales y contextuales que impiden su integración plena y efectiva en la sociedad.En mi opinión, las personas con discapacidad merecemos una sentida disculpa pública desde las más altas autoridades, y no una vana tentativa de soslayar responsabilidades eludiendo culpas. Ser amables con las personas es gratis. La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes. Martin Luther King.

En 2025, usar en un escrito términos como "imbécil" e "idiota" refiriéndose a las personas, me recuerda a cuando la gente con discapacidad era considerada desde el Modelo de Prescindencia, en la Edad Media, y luego el Modelo Rehabilitador. En ese entonces, eran marginadas y excluidas, viviendo en la periferia de las ciudades, reducidas a mendigar, o institucionalizadas por considerarlas carentes de valor para la sociedad, improductivas, y una carga para sus familias y la comunidad.
Para superar esas miradas antiguas y erróneas, las personas con discapacidad y sus familias, enfrentando numerosas injusticias, lucharon arduamente para cambiar esa percepción. Hoy, creí que al menos habíamos logrado cierta evolución y que ya no eran vistas como seres sin valor ni propósito; sin embargo, se utilizaron palabras hirientes y erróneas.
Es alarmante que en el Boletín Oficial se mencione a las personas utilizando términos humillantes, insensibles y carentes de reflexión. Que esto haya sido leído, aprobado y firmado, sin considerar la gravedad del lenguaje empleado, solo nos retrotrae a la antigüedad, colocándonos en una situación de mayor vulnerabilidad y menoscabando aún más nuestros derechos humanos.
Este tipo de léxico contribuye a afianzar falsas creencias, desinformando a una sociedad que, al no conocernos plenamente, incorpora el mensaje de que somos personas "falladas", "inservibles" o "imbéciles".
Estas ideas no solo generan falta de respeto y deshumanización, sino que también socavan la consideración que merecemos todas las personas, independientemente de nuestra condición. Como resultado, se obstaculiza nuestra plena participación en la sociedad, se ignoran nuestras voces, y se perpetúan el maltrato, la injuria y el despojo de dignidad, alimentados en parte por estos conceptos erróneos que, lejos de ayudar, perjudican profundamente.
Estamos cansados de la falta de respeto, de vivir etiquetados como "anormales", no por nuestra condición intrínseca, sino por las barreras sociales y físicas que el entorno nos impone con violencia, condenándonos a la exclusión. Hoy, esta injusticia recae sobre un grupo de personas con ciertas discapacidades, pero mañana podría ser otro. No obstante, el empleo de términos desacertados nos hiere a todas las personas con discapacidad, sin distinción.
A lo largo de la historia, hemos sido blanco del exterminio, luego de la marginación y la indigencia. Después, nos encerraron en instituciones. Hoy, la prisión persiste, aunque las paredes sean las de nuestras casas, y las oportunidades, ínfimas. Mientras la sociedad consienta un lenguaje tan ultrajante, que pisotea la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, seguiremos siendo invisibilizados. Y todo porque alguien investido de poder se permite tildarnos de "imbéciles" o "idiotas", negando nuestra esencia humana.
Nadie está libre de experimentar una discapacidad en algún momento de la vida, ya sea por un accidente automovilístico, un ACV, o cualquier otra circunstancia que el destino imponga. Seamos respetuosos. Para algunos, quizás se trate de un mero desliz terminológico, pero para quienes lo sufrimos en carne propia, con toda seguridad representa una herida profunda, una afrenta a la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, que Argentina ratificó el 6 de junio de 2008 mediante la Ley Nacional 26.378. En esencia, la Convención define la discapacidad como la consecuencia palpable de la interacción entre la condición de la persona y los obstáculos actitudinales y contextuales que impiden su integración plena y efectiva en la sociedad.
En mi opinión, las personas con discapacidad merecemos una sentida disculpa pública desde las más altas autoridades, y no una vana tentativa de soslayar responsabilidades eludiendo culpas. Ser amables con las personas es gratis.
La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes. Martin Luther King.