Lo público, lo privado y lo común
Otro debate innecesario


Quizá sea una cortina de humo o un intento de ocupar las posiciones debilitadas que el PSOE tiene a su izquierda, pero este ataque repentino y deliberado a las universidades privadas nos puede ayudar a hacer una reflexión de fondo con lo público y lo privado y, por qué no, con otra opción de la que se habla poco, pero que resulta también interesante. Está claro que la izquierda ha defendido tradicionalmente lo público y que existe una especie de dogma que atribuye todas las bondades y virtudes a la gestión pública.
La defensa de lo público por parte de la izquierda hunde sus raíces en la Revolución Francesa, con la idea del bien común frente a los privilegios privados. Con la Revolución Industrial, el movimiento obrero impulsó la intervención del Estado para garantizar derechos básicos como la educación, la sanidad y la seguridad social. Durante el siglo XX, el Estado del Bienestar y las políticas keynesianas han reforzado el papel de lo público como un mecanismo para reducir desigualdades y estabilizar la economía. Hay mucha gente que todavía encuentra en estas ideas una motivación para su voto, más allá del cutre estribillo mitinero que nos ponen los fines de semana en los telediarios.
Desde un punto de vista ideológico, la izquierda concibe lo público como un instrumento para distribuir riqueza, con las brasas que quedaron encendidas de ideas como el contrato social de Rousseau, la lucha de clases de Marx y la regulación económica de Keynes. La famosa y relativa redistribución de la riqueza. Lo público sirve en teoría para corregir desigualdades estructurales y trata de evitar la concentración del poder en monopolios privados, con permiso de los fondos de inversión.
Lo público sirve en teoría para corregir desigualdades estructurales y trata de evitar la concentración del poder en monopolios privados, con permiso de los fondos de inversión.
Todo esto es innegable y responde a una lectura lúcida de la historia reciente. Sin embargo, no cabe una confrontación militante con lo privado porque supondría negar principios básicos que todos deberíamos respetar. En primer lugar, la libertad individual para que cada uno haga lo que quiera y después la evidencia de que lo privado aporta eficiencia, riqueza, empleo, descentralización de poder, aporta competitividad y complementa a lo público. No debería existir una lucha entre un punto de vista y el otro y no debería presuponerse una superioridad moral de un sector sobre el otro. En todos los sitios cuecen habas.
Existe una tercera vía de pensamiento abierta por la economista estadounidense Elinor Ostrom, que recibió el Premio Nobel de Economía en 2009 por su trabajo sobre los bienes comunes como una alternativa a lo público y lo privado. Su investigación mostró que las soluciones locales y descentralizadas, basadas en la cooperación y la autorregulación de las comunidades, pueden ser más eficaces que la intervención estatal o la privatización total. Es, sin duda, un punto interesante de reflexión porque, además de ser creativo y constructivo, deja en evidencia que la pretendida lucha entre lo público y lo privado suele ser una falacia que usan los políticos para dividir a la sociedad. Lo de siempre.