Tensión en Europa por un boicot que paraliza los supermercados: España podría ser la siguiente
La imagen de estantes vacíos y supermercados sin clientes, podría convertirse en una realidad, y en un hecho preocupante en el norte de Europa. Suecia vive estos días un fenómeno social que ha puesto en jaque a las principales cadenas de alimentación del país. Los ciudadanos, hartos de pagar precios desorbitados por productos básicos, han … Continuar leyendo "Tensión en Europa por un boicot que paraliza los supermercados: España podría ser la siguiente"

La imagen de estantes vacíos y supermercados sin clientes, podría convertirse en una realidad, y en un hecho preocupante en el norte de Europa. Suecia vive estos días un fenómeno social que ha puesto en jaque a las principales cadenas de alimentación del país. Los ciudadanos, hartos de pagar precios desorbitados por productos básicos, han iniciado un boicot hacia los supermercados que ya está generando efectos tangibles y que amenaza con extenderse a otros países europeos, incluida España.
El movimiento de boicot a los supermercados, conocido como Bojkotta vecka 12 (Boicot semana 12), se ha gestado como una respuesta popular al imparable aumento del coste de la cesta de la compra. Lejos de tratarse de un simple gesto simbólico, la iniciativa ha logrado viralizarse en redes sociales y sumar adeptos cada día, convirtiéndose en un auténtico quebradero de cabeza para los grandes distribuidores. La tensión es evidente, y mientras los consumidores exigen responsabilidad, los supermercados se defienden culpando a factores externos como la guerra o el cambio climático. En este escenario de creciente descontento social, no son pocos los que se preguntan si otros países europeos podrían replicar esta estrategia de presión ciudadana. Las condiciones están servidas: salarios que no suben al ritmo de la inflación, beneficios récord para las grandes cadenas y una población que siente que la balanza se ha desequilibrado por completo. ¿Será España la próxima en seguir el ejemplo sueco y en sufrir también un boicot a los supermercados?.
El origen del boicot a los supermercados
Todo comenzó como una protesta pacífica y organizada en redes sociales, bajo el lema Bojkotta vecka 12, que invitaba a los ciudadanos a no hacer ninguna compra en grandes cadenas de supermercados durante la duodécima semana del año. La propuesta rápidamente ganó fuerza, alentada por un sentimiento generalizado de hartazgo. En apenas unos días, el hashtag relacionado con el boicot se convirtió en tendencia, y las imágenes de carritos vacíos y tiendas desiertas empezaron a circular por todo el país.
La raíz del malestar es clara: desde 2022, el coste de alimentar a una familia en Suecia se ha disparado hasta alcanzar los 30.000 coronas al año (unos 2.700 euros). Mientras tanto, productos básicos como el aceite, el queso o el chocolate han experimentado subidas de precio de hasta un 9% solo en el último mes. Para muchos ciudadanos, el problema no es únicamente económico, sino ético. Consideran que las grandes cadenas priorizan sus beneficios mientras miles de familias apenas pueden llenar su despensa.
Las demandas de los consumidores: más allá del precio
Los impulsores del boicot a los supermercados no sólo exigen que se bajen los precios, sino que reclaman un modelo más justo de distribución. A través de comunicados y publicaciones en redes, han dejado claro que no quieren seguir sosteniendo con su dinero los márgenes millonarios de las grandes empresas. Según ellos, la subida de precios debería ser repartida de forma equitativa en toda la cadena de suministro, sin que los consumidores más vulnerables (jubilados, estudiantes o familias monoparentales) sean quienes carguen con todo el peso.
Entre las exigencias concretas figuran la congelación de los beneficios de los grandes distribuidores, una mayor responsabilidad hacia los colectivos más afectados por la inflación y el fomento de los pequeños productores locales. Para ello, se anima a la ciudadanía a comprar en tiendas de barrio, mercados de agricultores y cooperativas, además de compartir recursos con amigos y vecinos, recuperando la economía colaborativa como forma de resistencia.
La respuesta de los supermercados y el Gobierno sueco
Frente a la presión social, las principales cadenas de alimentación del país, como ICA, Coop, Willys y Hemköp, han tenido que reaccionar públicamente. Aunque afirman comprender el descontento de los consumidores, defienden que los precios se han visto afectados por causas ajenas a su control, como el encarecimiento de las materias primas, las malas cosechas o las tensiones geopolíticas.
La portavoz de Willys, Johanna Eurén, ha expresado que, si bien respetan el derecho de los ciudadanos a manifestarse, no creen que un boicot sea la mejor solución. Por su parte, la ministra de Finanzas de Suecia, Elisabeth Svantesson, ha reconocido que el coste de la vida se ha convertido en una preocupación central para muchas familias. En respuesta, el Gobierno ha presentado una nueva estrategia alimentaria que busca aumentar la producción nacional y fomentar una competencia más justa en el sector.
¿Puede llegar este boicot a España?
La gran incógnita ahora es si este tipo de movilización podría tener eco en otros países europeos, especialmente en aquellos donde la inflación ha golpeado con fuerza los bolsillos familiares. España no es ajena a esta problemática: en los últimos años, el precio de alimentos como el aceite de oliva, el pan o los huevos ha subido de forma alarmante, mientras las grandes cadenas continúan aumentando sus márgenes de beneficio. Este contexto ha generado una creciente desconfianza hacia los gigantes de la distribución.
Aunque por ahora no existe una iniciativa concreta similar a la sueca, el precedente de Bulgaria, donde se produjo un boicot similar el mes pasado que redujo las ventas en casi un 30%, demuestra que el malestar no es exclusivo del norte de Europa. Si los precios continúan en ascenso y las medidas gubernamentales no logran aliviar el coste de la vida, no sería descabellado pensar que los consumidores españoles también opten por organizarse y alzar la voz.
No olvidemos, que uno de los factores clave en la expansión de este boicot ha sido la capacidad de difusión de las redes sociales. Lejos de limitarse a los canales tradicionales de protesta, los ciudadanos han utilizado Instagram, X (antes Twitter), TikTok y otras plataformas para contar sus experiencias, denunciar abusos y organizar acciones colectivas. La fuerza del mensaje ha traspasado fronteras y ha servido como espejo para millones de europeos que viven situaciones similares.