Performar la seguridad
El silencio no es solo ausencia de palabras, es también la duda permanente incrustada en nosotras, la voz interior que nos juzga como nuestro peor enemigo, el miedo al error. Porque el error, en nuestro caso, no se perdona, y será tomado como prueba irrefutable de que no estábamos cualificadas El pánico trepa por mi espalda, viscoso, pesado, se me agarra al cuello y me inmoviliza, me presiona las sienes y solo quiero que todo esto pase, desaparecer. Practico la respiración diafragmática que me ha enseñado mi terapeuta para activar el nervio vago: tres segundos en la barriga, dos segundos en el pecho, expulsa en seis. Me intento convencer a mí misma: no hay peligro, no existe el león, todo está bien. Pero el cuerpo va por su lado y los mecanismos de alerta se disparan. Malditos mecanismos de alerta, por qué no me dejáis un poco en paz, por qué no puedo tener la seguridad de aquel señor que cogió el micrófono durante diez minutos seguidos en el coloquio del otro día para darse autobombo y decir absolutamente nada. ¿Cómo debe ser sentir esa confianza, esa ligereza, ese no-miedo? Es la hora de salir de nuevo a dar otra charla, a hacer otra presentación, a responder preguntas y me preparo para eso que la escritora Bibiana Collado llama “performar la seguridad”. Hace unos meses ella escribió: “Me gusta transmitir fuerza, performar la seguridad, convencerme a mí misma de que soy digna de ocupar el espacio”. Eso es, me dije, es lo que hacemos todas aquellas que aprendimos que el mundo no era nuestro. Aquellas que cargamos con los silencios heredados, con siglos de ser ignoradas, interrumpidas, minusvaloradas. Cuenta Tillie Olsen en su fantástico ensayo Silencios, que a las mujeres no nos enseñan a confiar en nosotras mismas, que en los programas universitarios (y yo añadiría en toda la cultura y relatos que nos han construido), la perspectiva masculina (de nuevo añado blanca y heterosexual), es la perspectiva humana, que las mujeres nos formamos con el prejuicio de que lo que nosotras vemos o sentimos no es interesante. Esa inseguridad se hace más profunda cuando una no ha nacido en el privilegio, cuando el suelo bajo los pies ha sido inestable demasiadas veces, y entonces el miedo a un paso en falso se convierte en una sombra constante que amenaza con la vuelta atrás, con que todo se desmorone. Ay, esa despreocupación de los pijos, cómo la detesto y cómo la envidio a la vez. La confianza también se hereda El silencio no es solo ausencia de palabras, es también la duda permanente incrustada en nosotras, la voz interior que nos juzga como nuestro peor enemigo, el miedo al error. Porque el error, en nuestro caso, no se perdona, y será tomado como prueba irrefutable de que no estábamos cualificadas. Y así, cuando llega el turno de preguntas, algunas espectadoras prefieren esperar a que aquello acabe, acercarse después y preguntar y comentar sin exponerse. “Quería preguntarte esto pero me daba vergüenza”. No sé cuantas veces lo he oído tras un coloquio, y solo puedo pensar: “te entiendo, sé cómo te sientes”. Esa inseguridad se hace más profunda cuando una no ha nacido en el privilegio, cuando el suelo bajo los pies ha sido inestable demasiadas veces, y entonces el miedo a un paso en falso se convierte en una sombra constante que amenaza con la vuelta atrás, con que todo se desmorone. Ay, esa despreocupación de los pijos, cómo la detesto y cómo la envidio a la vez. La confianza también se hereda. Tal vez este miedo sea también mi manera de habitar el mundo. No desde el poder, no desde la certeza, sino desde la herida. Desde ese temor que a veces me come viva y que sin embargo me ha llevado a crear cosas hermosas. Ya lo sé, alguien no me perdonará el haber escrito “hermosas”. Qué soberbia, dirán, qué poca humildad, pensarán después de haber leído toda esta confesión. Porque cuando una se atreve a decir “esto es mío y esto vale”, aparecerá siempre una voz para recordarle que quizás está ocupando demasiado espacio, que debería disculparse por estar. A veces, muchas veces, tengo ganas de dejar esta profesión, de encerrarme en un lugar seguro. Y sin embargo, estos días cuando veo los ojos brillantes en las salas de cine, cuando siento los abrazos y las miradas cómplices pienso que la vulnerabilidad es un secreto que compartimos, que quizá tengamos que nombrar más el miedo y no ocultarlo ni vencerlo, darle un sitio, y así a lo mejor se hace más pequeño, o no, no lo sé, pero lo que quiero decir es que sería estupendo vivir en un mundo que no exigiera constantemente seguridad y certeza. Y ya puestos, en uno en el que los micrófonos empezaran a fundirse automáticamente ante el entusiasmo desmedido de algunos señores por escucharse a sí mismos.

El silencio no es solo ausencia de palabras, es también la duda permanente incrustada en nosotras, la voz interior que nos juzga como nuestro peor enemigo, el miedo al error. Porque el error, en nuestro caso, no se perdona, y será tomado como prueba irrefutable de que no estábamos cualificadas
El pánico trepa por mi espalda, viscoso, pesado, se me agarra al cuello y me inmoviliza, me presiona las sienes y solo quiero que todo esto pase, desaparecer. Practico la respiración diafragmática que me ha enseñado mi terapeuta para activar el nervio vago: tres segundos en la barriga, dos segundos en el pecho, expulsa en seis. Me intento convencer a mí misma: no hay peligro, no existe el león, todo está bien. Pero el cuerpo va por su lado y los mecanismos de alerta se disparan. Malditos mecanismos de alerta, por qué no me dejáis un poco en paz, por qué no puedo tener la seguridad de aquel señor que cogió el micrófono durante diez minutos seguidos en el coloquio del otro día para darse autobombo y decir absolutamente nada. ¿Cómo debe ser sentir esa confianza, esa ligereza, ese no-miedo?
Es la hora de salir de nuevo a dar otra charla, a hacer otra presentación, a responder preguntas y me preparo para eso que la escritora Bibiana Collado llama “performar la seguridad”. Hace unos meses ella escribió: “Me gusta transmitir fuerza, performar la seguridad, convencerme a mí misma de que soy digna de ocupar el espacio”. Eso es, me dije, es lo que hacemos todas aquellas que aprendimos que el mundo no era nuestro. Aquellas que cargamos con los silencios heredados, con siglos de ser ignoradas, interrumpidas, minusvaloradas.
Cuenta Tillie Olsen en su fantástico ensayo Silencios, que a las mujeres no nos enseñan a confiar en nosotras mismas, que en los programas universitarios (y yo añadiría en toda la cultura y relatos que nos han construido), la perspectiva masculina (de nuevo añado blanca y heterosexual), es la perspectiva humana, que las mujeres nos formamos con el prejuicio de que lo que nosotras vemos o sentimos no es interesante.
Esa inseguridad se hace más profunda cuando una no ha nacido en el privilegio, cuando el suelo bajo los pies ha sido inestable demasiadas veces, y entonces el miedo a un paso en falso se convierte en una sombra constante que amenaza con la vuelta atrás, con que todo se desmorone. Ay, esa despreocupación de los pijos, cómo la detesto y cómo la envidio a la vez. La confianza también se hereda
El silencio no es solo ausencia de palabras, es también la duda permanente incrustada en nosotras, la voz interior que nos juzga como nuestro peor enemigo, el miedo al error. Porque el error, en nuestro caso, no se perdona, y será tomado como prueba irrefutable de que no estábamos cualificadas.
Y así, cuando llega el turno de preguntas, algunas espectadoras prefieren esperar a que aquello acabe, acercarse después y preguntar y comentar sin exponerse. “Quería preguntarte esto pero me daba vergüenza”. No sé cuantas veces lo he oído tras un coloquio, y solo puedo pensar: “te entiendo, sé cómo te sientes”.
Esa inseguridad se hace más profunda cuando una no ha nacido en el privilegio, cuando el suelo bajo los pies ha sido inestable demasiadas veces, y entonces el miedo a un paso en falso se convierte en una sombra constante que amenaza con la vuelta atrás, con que todo se desmorone. Ay, esa despreocupación de los pijos, cómo la detesto y cómo la envidio a la vez. La confianza también se hereda.
Tal vez este miedo sea también mi manera de habitar el mundo. No desde el poder, no desde la certeza, sino desde la herida. Desde ese temor que a veces me come viva y que sin embargo me ha llevado a crear cosas hermosas. Ya lo sé, alguien no me perdonará el haber escrito “hermosas”. Qué soberbia, dirán, qué poca humildad, pensarán después de haber leído toda esta confesión. Porque cuando una se atreve a decir “esto es mío y esto vale”, aparecerá siempre una voz para recordarle que quizás está ocupando demasiado espacio, que debería disculparse por estar.
A veces, muchas veces, tengo ganas de dejar esta profesión, de encerrarme en un lugar seguro. Y sin embargo, estos días cuando veo los ojos brillantes en las salas de cine, cuando siento los abrazos y las miradas cómplices pienso que la vulnerabilidad es un secreto que compartimos, que quizá tengamos que nombrar más el miedo y no ocultarlo ni vencerlo, darle un sitio, y así a lo mejor se hace más pequeño, o no, no lo sé, pero lo que quiero decir es que sería estupendo vivir en un mundo que no exigiera constantemente seguridad y certeza. Y ya puestos, en uno en el que los micrófonos empezaran a fundirse automáticamente ante el entusiasmo desmedido de algunos señores por escucharse a sí mismos.