Estuvo 20 años postrada, siguió pintando y hoy su casa tiene las puertas abiertas a una verdadera legión de admiradores
Difícil pensar en esta enorme artista mexicana sin considerar el universo doméstico que, lleno de color, artesanías y vegetación, inspiró algunas de sus más grandes obras.

Si hablamos de residencias icónicas de la cultura latinoamericana, enseguida vienen a la mente Isla Negra, Casapueblo, Villa Ocampo, o el refugio de García Márquez en Cartagena. Pero si hay una que no puede dejar de estar en esa lista, esa es la Casa Azul de Frida. Construida en 1904 por el fotógrafo alemán Guillermo Kahlo, esta propiedad ocupa la esquina de Londres y Allende en Coyoacán, que por aquel entonces era un pueblo rural en la periferia de ciudad de México.
Con su frente de estilo neoclásico y una planta en L en torno a un patio, la casa no tuvo nada que la distinguiera del resto. Sin embargo, años después, la tercera hija de la familia haría de ella un componente crucial de su universo artístico.
Lenguaje propio
Nacida en 1907, la visión de Frida fue fundamental en la forma que esta esquina adquirió con el tiempo. Lejos de las tendencias decorativas de la época, su casa se convertiría en una celebración de los colores y el arte popular de México.
Vajilla de cristal soplado, muebles de madera tallada y artesanías de pueblos nativos conforman un lenguaje rico y telúrico; novedoso en un contexto de intelectuales latinoamericanos que miraban mayormente a las corrientes europeas.
Es que, en años signados por la revolución zapatista, Frida abrazó las expresiones culturales de su tierra natal; herencia de su madre Matilde, oriunda de Oaxaca. Este compromiso estético se hizo visible no sólo en sus tocados tradicionales y sus prendas de tehuana, sino también en los objetos y obras que habitan cada rincón de la casa.
Cocina telúrica
Abierta a los visitantes pocos años después de su muerte, la casa de la artista mexicana es la gran atracción de Coyoacán. De todos los ambientes que recorren unas 550.000 personas cada año, uno de los más icónicos es la cocina.
Un gran fogonero recubierto en talavera de Puebla se extiende de pared a pared, siguiendo el estilo folklórico mexicano. Sobre él, una gran colección de utensilios de madera y ollas de barro de distintas regiones, como Michoacán y Jalisco.

Cuenta la leyenda que, cuando Diego Rivera construyó su casa-estudio cerca para que ambos convivieran, la pintora no se sintió a gusto en la obra modernista porque la cocina era demasiado pequeña para invitar amigos. Aquí, en cambio, figuras como André Breton, José Clemente Orozco o Chavela Vargas disfrutaron largas sobremesas de charla y tequila en el juego de comedor de palma tejida.
En roca volcánica
Una de las refacciones más grandes fue el estudio de Frida, construido por el arquitecto Juan O’Gorman en 1946 donde originalmente había una cochera.
En él se utilizaron materiales tradicionales como roca volcánica y baldosas de barro hexagonal, con grandes ventanales de hierro y vidrio repartido que permiten aprovechar la luz natural e incorporan vistas del jardín.
Su reflejo
Para comprender la dimensión de los dormitorios y el área privada hay que remontarse a la historia de Frida, que tuvo poliomielitis a los 6 años y un accidente de tránsito en su adolescencia que la postró por meses. Eso la obligó a pasar largos períodos de reposo, transformando la casa en todo su mundo.
Para que no estuviera recluida, le armaron un segundo cuarto para usar durante el día, con una cama de madera a la que su madre sumó un espejo a modo de techo.

Me pinto a mi misma porque soy mi propia musa, la persona que más conozco, la persona que quiero mejorar.
Frida Kahlo

Azul cobalto
En los años ‘30 se incorporó a la casa un cambio que la rebautizaría y la volvería icónica: al azul cobalto, un tono profundamente local, que Frida asociaba con la electricidad, el amor y la pureza.
A fines de esa misma década decidieron comprar un terreno contiguo para extender el jardín y recibir a León Trotsky, que llegaba a México en condición de refugiado político.
La idea de construir una casa para visitas nunca se concretó, pero el terreno se pobló de especies autóctonas, esculturas prehispánicas, molcajetes (morteros de piedra), y hasta una reproducción en escala de una pirámide azteca.

Diego Rivera se encargó de embutir grandes caracoles marinos en las paredes, para que los pájaros hicieran nido y convivieran con monos, loros, gatos y xoloitzcuintles, los típicos perritos mexicanos sin pelo.
Emblema del barrio
El último deseo de Frida antes de partir fue que su querida casa se convirtiera en museo, y Diego se ocupó de cumplirlo. En 1958 el lugar abrió sus puertas como museo, y desde entonces Coyoacán recibe a miles de visitantes que llegan de todo el mundo.
Un siglo ha pasado desde que Frida caminó esas calles en busca de tortillas y aguacate para recibir a algún artista o intelectual. En la actualidad, el “lugar de coyotes” en lengua náhuatl no es más un distrito de las afueras, sino un barrio vibrante que quedó incorporado en la expansión de la metrópolis mexicana.
El paisaje de Coyoacán con sus casas de colores, ornamentos geométricos y revoques texturados rescata los elementos típicos de la arquitectura doméstica mexicana.

En el arcoíris de detalles que nos regala la cultura popular y el sinfín de tesoros que podemos pescar en un mercado de artesanos, hay algo de la Casa Azul y de Frida.

La otra casa
A pocas cuadras de la Casa Azul, siguiendo el recorrido por el barrio otra de las joyitas es la residencia de León Trotski, que también se convirtió en museo.
Después de instalarse en su llegada a México junto a su mujer en la casa de Diego Rivera y Frida Kahlo, el político se mudó a la residencia en la que falleció en 1940. Aunque terminaría enemistado con la pareja, en esos primeros tiempos Trotski vivió un romance secreto con Frida.
De las piezas de barro a los detalles en azul intenso y muebles artesanales, los elementos que el político ruso incorporó en su propia casa nos hablan de su amor por Frida y su universo.

“Tan absurdo y fugaz es nuestro paso por este mundo, que sólo me deja tranquila el saber que he sido auténtica”, afirmaba Frida. Homenaje a esa autenticidad y a la identidad mexicanidad y testimonio del Siglo XX, el paso por Coyoacán es cita obligada para los amantes de su obra.