Primer viernes de marzo en Córdoba: la víspera con nombre propio que se vive hasta el final
Hay una víspera de descuento, de jornadas con luces especiales y tardes cada vez más largas, y una víspera con nombre, una víspera que se espera tanto que hasta merecería tener víspera propia. Una víspera que ya es un día de fiesta que se vive con la intensidad y la emoción de la Semana Santa , y que no es un día que tiene que acabarse para que llegue lo que se espera, sino que se apura hasta el final. Sucede cuando se miran los almanaques en busca de una fecha que no es fecha, sino una coincidencia, un momento en el que tienen que caer un día de la semana y un momento del mes. Primer viernes de marzo en Córdoba y aunque ayuden las convocatorias de cultos, casi no son necesarias, porque no hay llamada más urgente que la de la tradición y el rito. Aunque la mañana amanezca gris hay en el aire un presentimiento de primavera y una sugestión: la mirada al cielo ancho de la plaza disipa las nubes que amenazan agua para que se vea el firmamento azul , radiante, prometedor. Los ojos que pasan al interior ven penumbra y cirios encendidos , pero cuando se empieza a adivinar la silueta ya el corazón ha reconstruido la imagen a la que busca, a la que reza, de la que espera consuelo, consejo o a la que quiere hacer un agradecimiento . Hay cola por la iglesia ya por la mañana. Los ancianos de la residencia de San Andrés llegan, muchos en sillas de ruedas, y nadie les urge cuando están delante del Señor, y rezan. Conforme se avanza, allí está el Rescatado , con las manos fuertes como queriendo romper el cordón de oro. Aguarda sobre la peana barroca e inconfundible de su antiguo paso, entre claveles rojos, statice morados y cardos , un símbolo clásico de la Pasión de Cristo. Hay cierta distancia, porque su hermandad quiere evitar el beso, o al menos el contacto de los labios con los pies del Señor Rescatado . Lo indican los hermanos: quizá una reverencia , un beso depositado en la túnica morada, tal vez un beso de los labios a los manos y de ahí a la peana, pero quieren proteger a su imagen. Nadie protesta, tal vez porque lo que más les emociona es la mirada entregada del Señor, el semblante de quien sufre y no protesta, sino que perdona. Hay quien mira asombrado, reza, se santigua y se queda un poco a la izquierda, porque el primer viernes de marzo es día de vísperas y a la vez de no querer que pase el tiempo, porque habrá de transcurrir un año hasta que llegue a repetirse. Viste Jesús Rescatado su túnica emblemática, la de la Duquesa de Medinaceli, y tras Él está el altar de quinario con su candelería encendida, pero también la Virgen de la Amargura y la escultura de San Juan Bautista de la Concepción en su tiempo jubilar . Nadie tiene prisa y la iglesia sigue llenándose de quienes han pasado y no pueden dejar de mirar. Por la mañana el santuario de María Auxiliadora es acaso un aula más del colegio de los Salesianos. En el templo está Nuestro Padre Jesús, Divino Salvador, en su Prendimiento , en besamanos, tan alto y majestuoso sobre una peana que hay quien busca el beso delegado por los dedos. Los niños van pasando con sus profesores y el Señor aguarda vestido con la túnica roja que bordó Francisco Pérez Artés y que los suyos le ofrendaron en los 25 años de la bendición de la imagen. Los que van hace muchos años encuentran, como siempre, la roca de Getsemaní a los pies, y en la penumbra del templo al que no llega la luz solar de un día nublado parece Cristo más abatido. Lo escoltan cuatro blandones y dos jarras con flores entre moradas y blancas y el movimiento tan acusado parece crear la ilusión de que en cualquier momento, con las manos atadas, comenzará a andar hacia la Pasión. Desde allí ya domina la presencia intransferible de San Lorenzo con su torre y el alma está ya entonces lista para recordar que es Cuaresma y que no está sola en la necesidad de rezar y de buscar en el interior. Ayuda el besapiés del Cristo del Remedio de Ánimas, tan personal este año que está conducido por la Virgen de las Tristezas , de cuya bendición se cumplen cincuenta años. Evoca las tres necesidades: escaleras para bajar al Señor, sábana para envolverlo y sepulcro para enterrarlo, que son también recuerdo de cómo el hombre necesita a Dios en su vida. La escalera habla de la oración para subir a Dios, la sábana habla de revestirse de Cristo y el sepulcro de que hay que apartarse del pecado para renacer en Dios. Aparecen en las manos de los ángeles del paso , en un montaje en que el Crucificado está tumbado, a los pies de la Virgen, y como siempre entra la atmósfera inigualable de los faroles de viático y de las lamparillas votivas . No se echa en falta el velo de las tinieblas, porque la cruz está detrás. En San Lorenzo el alma reflexiona y entiende que es cierto que las cofradías van de predicar y de buscar el encuentro con Jesús y sólo hay que mirar a sus símbolos , que no son adornos, sino palabras esculpidas y buscadas. A la víspera con nombre se suma en San Andrés Jesús de las Penas , por ser también primer viernes de Cuaresma, y
Hay una víspera de descuento, de jornadas con luces especiales y tardes cada vez más largas, y una víspera con nombre, una víspera que se espera tanto que hasta merecería tener víspera propia. Una víspera que ya es un día de fiesta que se vive con la intensidad y la emoción de la Semana Santa , y que no es un día que tiene que acabarse para que llegue lo que se espera, sino que se apura hasta el final. Sucede cuando se miran los almanaques en busca de una fecha que no es fecha, sino una coincidencia, un momento en el que tienen que caer un día de la semana y un momento del mes. Primer viernes de marzo en Córdoba y aunque ayuden las convocatorias de cultos, casi no son necesarias, porque no hay llamada más urgente que la de la tradición y el rito. Aunque la mañana amanezca gris hay en el aire un presentimiento de primavera y una sugestión: la mirada al cielo ancho de la plaza disipa las nubes que amenazan agua para que se vea el firmamento azul , radiante, prometedor. Los ojos que pasan al interior ven penumbra y cirios encendidos , pero cuando se empieza a adivinar la silueta ya el corazón ha reconstruido la imagen a la que busca, a la que reza, de la que espera consuelo, consejo o a la que quiere hacer un agradecimiento . Hay cola por la iglesia ya por la mañana. Los ancianos de la residencia de San Andrés llegan, muchos en sillas de ruedas, y nadie les urge cuando están delante del Señor, y rezan. Conforme se avanza, allí está el Rescatado , con las manos fuertes como queriendo romper el cordón de oro. Aguarda sobre la peana barroca e inconfundible de su antiguo paso, entre claveles rojos, statice morados y cardos , un símbolo clásico de la Pasión de Cristo. Hay cierta distancia, porque su hermandad quiere evitar el beso, o al menos el contacto de los labios con los pies del Señor Rescatado . Lo indican los hermanos: quizá una reverencia , un beso depositado en la túnica morada, tal vez un beso de los labios a los manos y de ahí a la peana, pero quieren proteger a su imagen. Nadie protesta, tal vez porque lo que más les emociona es la mirada entregada del Señor, el semblante de quien sufre y no protesta, sino que perdona. Hay quien mira asombrado, reza, se santigua y se queda un poco a la izquierda, porque el primer viernes de marzo es día de vísperas y a la vez de no querer que pase el tiempo, porque habrá de transcurrir un año hasta que llegue a repetirse. Viste Jesús Rescatado su túnica emblemática, la de la Duquesa de Medinaceli, y tras Él está el altar de quinario con su candelería encendida, pero también la Virgen de la Amargura y la escultura de San Juan Bautista de la Concepción en su tiempo jubilar . Nadie tiene prisa y la iglesia sigue llenándose de quienes han pasado y no pueden dejar de mirar. Por la mañana el santuario de María Auxiliadora es acaso un aula más del colegio de los Salesianos. En el templo está Nuestro Padre Jesús, Divino Salvador, en su Prendimiento , en besamanos, tan alto y majestuoso sobre una peana que hay quien busca el beso delegado por los dedos. Los niños van pasando con sus profesores y el Señor aguarda vestido con la túnica roja que bordó Francisco Pérez Artés y que los suyos le ofrendaron en los 25 años de la bendición de la imagen. Los que van hace muchos años encuentran, como siempre, la roca de Getsemaní a los pies, y en la penumbra del templo al que no llega la luz solar de un día nublado parece Cristo más abatido. Lo escoltan cuatro blandones y dos jarras con flores entre moradas y blancas y el movimiento tan acusado parece crear la ilusión de que en cualquier momento, con las manos atadas, comenzará a andar hacia la Pasión. Desde allí ya domina la presencia intransferible de San Lorenzo con su torre y el alma está ya entonces lista para recordar que es Cuaresma y que no está sola en la necesidad de rezar y de buscar en el interior. Ayuda el besapiés del Cristo del Remedio de Ánimas, tan personal este año que está conducido por la Virgen de las Tristezas , de cuya bendición se cumplen cincuenta años. Evoca las tres necesidades: escaleras para bajar al Señor, sábana para envolverlo y sepulcro para enterrarlo, que son también recuerdo de cómo el hombre necesita a Dios en su vida. La escalera habla de la oración para subir a Dios, la sábana habla de revestirse de Cristo y el sepulcro de que hay que apartarse del pecado para renacer en Dios. Aparecen en las manos de los ángeles del paso , en un montaje en que el Crucificado está tumbado, a los pies de la Virgen, y como siempre entra la atmósfera inigualable de los faroles de viático y de las lamparillas votivas . No se echa en falta el velo de las tinieblas, porque la cruz está detrás. En San Lorenzo el alma reflexiona y entiende que es cierto que las cofradías van de predicar y de buscar el encuentro con Jesús y sólo hay que mirar a sus símbolos , que no son adornos, sino palabras esculpidas y buscadas. A la víspera con nombre se suma en San Andrés Jesús de las Penas , por ser también primer viernes de Cuaresma, y aguarda muy entronizado sobre su alta peana, con una cruz detrás llena de las 'Armas Christi', es decir, de los atributos de la Pasión, de las escaleras al hisopo. Van los cofrades y los devotos de un lugar a otro mirando a un cielo que para ellos ya es de primavera y de prefiguración de la Pasión del Señor y muchos caen en la cuenta de que no tienen que descontar días , sino disfrutar de este que ya tienen.
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