España paga y no decide en la guerra comercial desatada por Trump

El problema de apuntarte a un club con gente más rica que tú es que las cenas del club se pagan a pachas y el menú lo deciden quienes se lo pueden pagar sin problemas.Cuando la Comunidad Económica Europea se lanzó al proyecto de mercado único con una moneda común para la mayoría, no había … Continuar leyendo "España paga y no decide en la guerra comercial desatada por Trump"

Abr 5, 2025 - 10:13
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España paga y no decide en la guerra comercial desatada por Trump

El problema de apuntarte a un club con gente más rica que tú es que las cenas del club se pagan a pachas y el menú lo deciden quienes se lo pueden pagar sin problemas.

Cuando la Comunidad Económica Europea se lanzó al proyecto de mercado único con una moneda común para la mayoría, no había en la Unión miembro más entusiasta que España, ni país más aparentemente renuente que Alemania. Aquí se votó con un entusiasmo abrumadoramente mayoritario digno de mejor causa una disparatada constitución europea que rechazaron países con cabeza más fría, como Holanda o Francia, aunque luego nos sirvieran por las bravas un plato muy similar. Y eso que, como aprendió Grecia en carne propia y de la peor manera, en este club deciden los ricos y pagan los pobres.

Lo estamos viendo con la debacle de los aranceles de Trump, otro revés que nuestros mandarines están vendiendo como una nueva catástrofe merecedora de un nuevo kit de supervivencia que contenga sales para Úrsula. Pero vayamos por partes.

Lo primero es intentar escudriñar qué pretende Trump con este festival de aranceles. Trump juega de oído, que no es lo mismo que apostar a lo loco. Es el instinto del empresario, que triunfa y fracasa a lo grande como ha hecho el propio Donald en sus negocios inmobiliarios, porque el riesgo es la salsa de la vida empresarial.

En mi lejanísima infancia, todo lo que brillaba, todo lo que valía, era ‘made in USA’. Estados Unidos era lo que ahora China, la fábrica del mundo, un lugar regido por el principio de que lo que era bueno para General Motors era bueno para América. Lo que menos podía desear era un panorama proteccionista, porque lo vendía todo a todos, especialmente a su propio y riquísimo mercado interno. El americano medio, el de las películas y los anuncios, podía, con un empleo manual en una fábrica, permitirse vivir holgadamente con un solo sueldo en una casa propia bastante decente, una mujer que podía elegir quedarse en casa y un par de hijos o tres.

Los aranceles tenían que ponerlos los otros si no querían que sus industrias nacionales quedaran devastadas por la competencia gringa, y así nació el Mercado Común, del que todo el mundo recuerda su ausencia de barreras internas y tiende olvidar el muro que levantaba contra terceros.

Y en esto llegó la globalización. Cayó la Unión Soviética, el comunismo perdió su gracia (maldita la gracia), China enterró definitivamente a Mao y se dedicó a cazar ratones sin importar que fuera con gato blanco o gato negro. Y los gigantes de la industria americana entendieron que era mucho más barato tener su producción en países donde la mano de obra era mucho más barata y las regulaciones mucho más laxas. Si, además, las que quedasen podían importar a millares esos mismos trabajadores extranjeros que se conformaban con una miseria, miel sobre hojuelas.

Todos salían ganando. Todos, esto es, menos el americano común, que veía como desmantelaban la fábrica del pueblo en la que había trabajado toda la vida con un buen sueldo y tenía que competir con recién llegados del otro lado del Río Grande por un salario ínfimo de camarero en Starbucks. Y así empezó a crecer y crecer lo que llegaría a ser la base electoral del Trumpismo.

Cuando Trump habla de “hacer América grande otra vez” está pensando en esa América que lo fabricaba todo, quiere que deje de ser una economía de papel y numeritos y vuelva a ser una economía de cosas, cosas brillantes y nuevas como un cohete de Elon Musk.

Y para eso tienen que volver las industrias a casa desde China, México o Vietnam, e incluso venir otras de países industriales, como los europeos. Y para eso tenía hacer que no les compensase estar fuera, porque para vender en América desde fuera les iba a salir prohibitivo. De ahí los aranceles, que desde Europa contemplamos como una monstruosidad como si nosotros no los lleváramos imponiendo desde hace décadas.

Es, como dije antes, una apuesta arriesgada, que tiene que dar frutos muy deprisa porque no se puede mantener a largo plazo sin que la guerra comercial no lleve a todos a la miseria. Veremos.

Y vuelvo al principio, y concretamente a Alemania. Porque Alemania está en el pensamiento de Trump, aunque no lo diga.

Alemania tiene lo mejor de dos mundos. Lleva años y años exportando mucho más de lo que importa, y sin pagar el precio monetario que suele conllevar ese estado de cosas. ¿Por qué? Porque comparte moneda con una docena de otros países que no exportan como ellos. Si siguiera con el marco, su moneda se hubiera disparado ya hace tiempo en los mercados de divisas y sus productos resultarían mucho menos atractivos. Pero como comercia en euros, y el euro no se revaloriza tanto gracias a las demás economías renqueantes, puede seguir vendiendo barato, barato.

Y ese es el problema para un país como el nuestro. España va a sufrir los mismos aranceles que Alemania, sin comerlo ni beberlo y sin poder decidir nada. Defenderse contra Alemania tiene sentido; hacerlo contra España, ninguno, o muy poco. Pero estamos en el mismo barco, un barco que hoy quizá merezca el nombre de Titanic.