El arte sacro más provocador se esconde en una iglesia románica cántabra repleta de figuras subidas de tono

Representación del pecado - Los canecillos exteriores muestran escenas sexuales explícitas —masturbaciones, exhibicionismo y figuras grotescas— que forman una iconografía tan provocadora como intrigante, declarada Monumento Nacional en 1931 sin que nadie se atreviera a retirarla.La ermita templaria de mármol en Galicia que, según la leyenda, construyó el diablo Alguien colocó un falo en mitad del ábside y no hubo nadie que lo quitara. No lo disimularon con yeso ni lo limaron con cincel. Lo dejaron ahí, tallado en piedra, como si fuera parte del mensaje divino. De hecho, lo es. En el románico no importaba que las figuras parecieran reales. Lo que contaba era el mensaje. Los relieves no eran adornos, eran advertencias. Y en la iglesia de San Pedro de Cervatos, esas advertencias no hablan precisamente de castidad. Sexo santo y a la vista de todos El desconcierto empieza incluso antes de cruzar la puerta. Sobre la portada, trece canecillos muestran una galería de escenas que descoloca por lo explícito: figuras masturbándose, exhibicionismo sin pudor, animales con cara de haber visto demasiado y personajes en posturas que pondrían a prueba la flexibilidad de cualquiera. Todo eso, bien a la vista en una iglesia del siglo XII que, lejos de ocultarse en un rincón de Cantabria, fue declarada Monumento Nacional en 1931. En las enjutas de la entrada se han representado episodios bíblicos, sí, pero también hay danzarinas que parecen recién salidas de una bacanal. Ni los capiteles del interior se salvan. En uno de ellos, dos serpientes muerden los pechos de una mujer con gesto inexpresivo. En otro, una figura femenina aparece dando a luz mientras un personaje de rostro burlón observa desde una esquina. Capiteles eróticos en San Pedro de Cervatos. En este templo la moral cristiana no se predica con ángeles, sino con cuerpos en plena faena, genitales al aire y gestos obscenos. Una rareza que ha hecho que la iglesia de San Pedro de Cervatos reciba el apodo más directo de todo el románico español: la catedral del erotismo medieval. ¿Fertilidad o advertencia? El debate sigue abierto Pero antes de que los visitantes levanten una ceja, conviene entender algo: esta iconografía no era escandalosa en su tiempo. En la Edad Media, la relación con el cuerpo era muy distinta a la actual. El sexo no se escondía como algo vergonzoso, sino que se representaba como parte de la vida. Según algunos historiadores, estas imágenes cumplían una función pedagógica. Al fin y al cabo, en una época donde la mayoría no sabía leer, las iglesias eran una especie de manual ilustrado. Algunos expertos, como los que han estudiado las figuras Sheela-na-gig en Irlanda y otros puntos de Europa, interpretan estas escenas como manifestaciones de fertilidad y regeneración, herencia de antiguos ritos paganos. En España, el debate sigue abierto. Otra corriente defiende la tesis del castigo. Para esta interpretación, cada postura, cada miembro sobredimensionado, es una advertencia. Los canecillos funcionarían como un recordatorio visual del pecado de la lujuria y de lo que ocurría si uno se dejaba arrastrar por la carne. La Iglesia, sin embargo, nunca ha dado una explicación oficial sobre Cervatos. Quizá porque tampoco la tiene.

Mar 29, 2025 - 18:00
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El arte sacro más provocador se esconde en una iglesia románica cántabra repleta de figuras subidas de tono

El arte sacro más provocador se esconde en una iglesia románica cántabra repleta de figuras subidas de tono

Representación del pecado - Los canecillos exteriores muestran escenas sexuales explícitas —masturbaciones, exhibicionismo y figuras grotescas— que forman una iconografía tan provocadora como intrigante, declarada Monumento Nacional en 1931 sin que nadie se atreviera a retirarla.

La ermita templaria de mármol en Galicia que, según la leyenda, construyó el diablo

Alguien colocó un falo en mitad del ábside y no hubo nadie que lo quitara. No lo disimularon con yeso ni lo limaron con cincel. Lo dejaron ahí, tallado en piedra, como si fuera parte del mensaje divino. De hecho, lo es.

En el románico no importaba que las figuras parecieran reales. Lo que contaba era el mensaje. Los relieves no eran adornos, eran advertencias. Y en la iglesia de San Pedro de Cervatos, esas advertencias no hablan precisamente de castidad.

Sexo santo y a la vista de todos

El desconcierto empieza incluso antes de cruzar la puerta. Sobre la portada, trece canecillos muestran una galería de escenas que descoloca por lo explícito: figuras masturbándose, exhibicionismo sin pudor, animales con cara de haber visto demasiado y personajes en posturas que pondrían a prueba la flexibilidad de cualquiera. Todo eso, bien a la vista en una iglesia del siglo XII que, lejos de ocultarse en un rincón de Cantabria, fue declarada Monumento Nacional en 1931.

En las enjutas de la entrada se han representado episodios bíblicos, sí, pero también hay danzarinas que parecen recién salidas de una bacanal. Ni los capiteles del interior se salvan. En uno de ellos, dos serpientes muerden los pechos de una mujer con gesto inexpresivo. En otro, una figura femenina aparece dando a luz mientras un personaje de rostro burlón observa desde una esquina.

Capiteles eróticos en San Pedro de Cervatos.

En este templo la moral cristiana no se predica con ángeles, sino con cuerpos en plena faena, genitales al aire y gestos obscenos. Una rareza que ha hecho que la iglesia de San Pedro de Cervatos reciba el apodo más directo de todo el románico español: la catedral del erotismo medieval.

¿Fertilidad o advertencia? El debate sigue abierto

Pero antes de que los visitantes levanten una ceja, conviene entender algo: esta iconografía no era escandalosa en su tiempo. En la Edad Media, la relación con el cuerpo era muy distinta a la actual. El sexo no se escondía como algo vergonzoso, sino que se representaba como parte de la vida.

Según algunos historiadores, estas imágenes cumplían una función pedagógica. Al fin y al cabo, en una época donde la mayoría no sabía leer, las iglesias eran una especie de manual ilustrado. Algunos expertos, como los que han estudiado las figuras Sheela-na-gig en Irlanda y otros puntos de Europa, interpretan estas escenas como manifestaciones de fertilidad y regeneración, herencia de antiguos ritos paganos. En España, el debate sigue abierto.

Otra corriente defiende la tesis del castigo. Para esta interpretación, cada postura, cada miembro sobredimensionado, es una advertencia. Los canecillos funcionarían como un recordatorio visual del pecado de la lujuria y de lo que ocurría si uno se dejaba arrastrar por la carne. La Iglesia, sin embargo, nunca ha dado una explicación oficial sobre Cervatos. Quizá porque tampoco la tiene.

Lo que sí se sabe es que la colegiata se levantó en 1129 y fue consagrada décadas después por el obispo Marino. Se construyó sobre un monasterio anterior, probablemente vinculado a las rutas comerciales del puerto de Pozazal. La torre es protogótica, posterior al cuerpo románico de la iglesia. En el ábside, los canteros jugaron con arquillos ciegos, motivos vegetales y figuras de animales, aunque no pudieron resistirse a incluir alguna que otra escena de contenido más terrenal.

 Lo que no se borró, sigue diciendo mucho

Desde hace siglos, la iglesia sigue ahí, sin que nadie haya decidido censurarla. Durante el Renacimiento y el Barroco, muchos templos románicos sufrieron reformas que eliminaron esculturas incómodas. Aquí, no. Ni los leones del dintel ni los felinos de los capiteles han sido tocados. Tampoco los falos ni las contorsiones eróticas. Todo sigue donde estaba. Como si el mensaje aún tuviera vigencia. Como si las piedras supieran que no hay nada más poderoso que un buen escándalo tallado a martillo.

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