Un caleidoscopio necesario
‘Una belleza terrible’, de Edurne Portela y José Ovejero, habla de los jóvenes que abrazaron la causa del trotskismo con entusiasmo e imaginación, con dudas y contradicciones. Bailarinas, obreros, aristócratas e intelectuales se reunieron con un objetivo común: la defensa del socialismo. La entrada Un caleidoscopio necesario se publicó primero en lamarea.com.

En una época en la que hay quien, desde el poder, promueve fugas repentinas de memoria, también hay escritores que ponen sus manos a trabajar en contra del olvido. Cuatro, las de Edurne Portela y José Ovejero, son las que han recuperado la figura de Raymond Molinier y con él la de una serie de personas que, siguiendo la estela de Leon Trotsky, entendieron que la revolución tenía que ser permanente y el socialismo, una realidad en todos los países. Una belleza terrible (publicado por Galaxia Gutenberg) recorre la historia del siglo XX desde Europa hasta Latinoamérica, desde sus inicios hasta la dictadura de Videla, que tortura y hace desaparecer a millares de personas.
Con ocho años Raymond ya conoce el destino que le espera a la clase trabajadora. Sabe de la no vida de su padre, que descarga en el mercado y solo recibe a cambio la humillación de las sobras. Intuye que las cosas pueden ser de otra manera. Cuando en 1919 –recién terminada la Gran Guerra– conoce a Jeanne Martin des Pallières, sabe que cambiar el mundo no es destruirlo, sino construirlo desde la propia historia. Es ahí donde aparecen personas como Vera Tanis, Elisabeth Käsemann o Jean van Heijenoort. Hay bailarinas, obreros, aristócratas e intelectuales cuyo punto de partida es la defensa del socialismo, también cuando Stalin quiere eliminar a Trotsky y éste se exilia con su familia, primero a Turquía, desde donde pasa por varias ciudades europeas hasta terminar en México.

Esa defensa abarca también el cuidado directo del político y no solo el de sus ideas, algo que no siempre gusta a quien se encarga de ello. Es el caso de Jeanne, que abandona su cómoda vida aristocrática en París y, cuando se quiere dar cuenta, anda recortando noticias para el ruso, encerrada en la cocina, donde se encarga también de las comidas de la familia. Contar esas partes, lo cotidiano de la revolución intentando no despojar a sus protagonistas de su identidad política, es precisamente uno de los aciertos de la novela.
Las páginas de Una belleza terrible están pobladas por la intrahistoria. A través de sucesos políticos conocemos a personas que apenas se estudian pero que fueron necesarias. Necesario su ingenio, su atrevimiento para ver más allá de los dogmas y saltarse la ley mientras estafan a empresarios millonarios y falsifican pasaportes. Necesaria su imaginación para montar negocios imposibles, como un circo para facilitar el exilio a través de Portugal cuando el poder nazi se extiende por Europa.
Lo bonito es ver cómo las ideas políticas son el hilo que une a las personas que protagonizan la novela, pero cada una va tejiendo sus vidas a su manera, porque si hay algo que destaca es la importancia de la toma de decisiones. Decisiones más o menos acertadas, ahora que conocemos lo que sucedió después; más o menos afines a las nuestras, que las leemos con ojos del siglo XXI. Las cuatro manos que las han descrito, han recreado las personalidades de distintas mujeres no tanto empoderadas, sino comprometidas, poniendo en valor ese poder colectivo que no pierde de vista el futuro pero decide siempre apostar por el presente. Mujeres que discuten porque intuyen que obedecer (a maridos o consignas) es lo menos transformador que hay.
Entran ahí las contradicciones, no solo con el estalinismo, que es el pistoletazo de salida para todo lo demás, sino también las dudas ante momentos que ahora sabemos que eran históricos; las distintas maneras de abordar un contexto y las formas diferentes en las que cada personaje nos va contando, años más tarde, cómo los vivió. Recorrer todo ese arco temporal (casi un siglo) a través de las vidas de personas tan complejas como vulnerables requiere de un proceso de documentación que imagino fatigoso, pero también ilusionante. Un proceso que es mejor cuando se comparte.
“En toda persona hay una opacidad, algo que no se deja mostrar. No sabemos quiénes somos y mucho menos sabemos quiénes son los demás. Ahora que estamos embarcados en el proyecto de escribir sobre Raymond Molinier y quienes lo rodearon nos volvemos conscientes de nuevo de la dificultad de volver presente el pasado mediante la ficción. La paradoja, penosa, de la literatura es que nos permite vislumbrar, pero no ver. Intuir pero no comprender. Quizá por eso nos hemos decidido por una escritura no solo fragmentaria, sino también caleidoscópica”, explican sus autores hacia la mitad de la novela.
Y es que además de esas figuras que aparecen y desaparecen de las páginas a medida que avanza la novela y cambiamos de época y de lugar, se deslizan también las reflexiones de Portela y Ovejero sobre el ritmo del libro, el proceso de creación, las dudas y la alegría de ver lo que están construyendo. Esas páginas que paran la narración son un acierto generoso cuando nos acercamos a ella. Pese a lo que pudiera pensarse, no interrumpen, es como si el ego se hubiera quedado atrás, nos conectan con la trama y sus vaivenes y entran de lleno en esa historia grande que se hace posible gracias a un camino de hormiguitas. Muchas voces y fragmentos en un caleidoscopio fascinante.
“Después de cada guerra / alguien tiene que limpiar. / No se van a ordenar solas las cosas, / digo yo”, escribía Wislawa Szymborska. Después de una época convulsa, de una belleza terrible, alguien tenía que contarla con estos protagonistas.
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