El próximo 11 de abril el presidente del Gobierno Pedro Sánchez estrechará la mano del líder chino Xi Jinping por tercera vez en dos años, un apego repentino sin precedentes: el mismo número de visitas bilaterales requirió a sus predecesores veinte años. Basta esta aritmética decuplada para evidenciar la naturaleza insólita del acercamiento a China, caracterizado según fuentes con conocimiento de causa como una precipitación oportunista ante el panorama geopolítico que sugiere, además, la involucración de intereses ilegítimos. El primer viaje de Sánchez tuvo lugar a finales de marzo de 2023 ; un fugaz saludo tras el aislamiento de la pandemia, despachado en cuarenta y ocho horas y copado por la guerra de Ucrania. «Fue una visita rara, se preparó...
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