En el último hálito de Paco Baena resucitó la libertad. Porque esa fue su misión: recitar el epitafio de Celaya. «cuando se miran de frente / los vertiginosos ojos claros de la muerte, / se dicen las verdades». La presunción de inocencia es un arma cargada de futuro. Esa es la gran obra del muchacho de Coín que se hizo sevillano eterno en su despacho del Porvenir. Tampoco es casualidad el nombre del barrio en el que se asentó. Un penalista eximio trabajando por la verdad, que es la madre de la esperanza. Del mañana. La obra de Paco no es limitada. Va más allá de sus 17.000 casos, de sus sorprendentes alegatos con esa oratoria mitad de rapsoda, mitad...
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