La tregua de los caídos
La pasada semana falleció un hombre bueno, marido y padre ejemplar, José Pato Murillo, con quien solía conversar sobre la Guerra Civil, un tema por el que compartimos pasión. Nunca supe de sus inclinaciones políticas ni me importaron porque nuestras charlas sobre el conflicto gravitaban sobre el mismo punto: el de las personas, no el … Continuar leyendo "La tregua de los caídos"

La pasada semana falleció un hombre bueno, marido y padre ejemplar, José Pato Murillo, con quien solía conversar sobre la Guerra Civil, un tema por el que compartimos pasión. Nunca supe de sus inclinaciones políticas ni me importaron porque nuestras charlas sobre el conflicto gravitaban sobre el mismo punto: el de las personas, no el de las consignas. Era el único espacio en que seguía creciendo el legado imborrable de concordia de nuestros padres y abuelos, y lo cuidábamos como un auténtico tesoro.
Alguna vez convinimos en que la foto más icónica que pudo haber realizado el gran reportero Robert Capa en la Guerra Civil, fue la de un partido de fútbol en tierra de nadie entre combatientes de ambos bandos. Una imagen que habría desbaratado las montañas de propaganda que aplastaron y siguen aplastando lo que fue la realidad de la contienda fratricida para la inmensa mayoría de quienes la protagonizaron en primera línea.
Lo del partido de fútbol en tierra de nadie es parte de esa compleja historia de la Guerra Civil incapaz de ser digerida por los actuales propagandistas de la visceralidad. El ministro republicano Julián Zugazagoitia levanta acta en sus memorias de uno de esos choques deportivos, en que un comisario político hizo de árbitro del encuentro.
Hay noticias de partidos de pelota vasca e incluso bailes entre ambas trincheras, aunque los más frecuentes eran los encuentros para intercambiar tabaco, que tenían los nacionales, por papel de fumar, que tenían los republicanos, además de periódicos y notas para familiares residentes en la zona enemiga.
Los actos de confraternización, que en la jerga de las trincheras se llamaron «hacer una paella», suponían para los mandos una enmienda al espíritu que se pretendía inculcar en sus tropas para sostener el esfuerzo bélico. Sobre todo porque implicaban acuerdos entre las fuerzas de uno y otro bando para no hostilizarse, prolongados a veces más allá de la momentánea paella.
Los españoles forzados a luchar no podían dejar de odiar al enemigo y esos encuentros en tierra de nadie les mostraban a personas de carne y hueso con los que podían hablar hasta de toros, como en aquella famosa escena de La vaquilla de García Berlanga entre los matadores Limeño II y Cartujano.
Entre mayo y junio de 1937, coincidiendo con la presencia ya mayoritaria de reclutas forzosos en ambas filas, escasa o nulamente ideologizados, las autoridades de ambos bandos prohibieron terminantemente los actos de confraternización.
Ayer se cumplieron 86 años del final de la Guerra Civil. Quiero traer a esta efeméride un conmovedor episodio de confraternización en el frente sucedido el 5 de abril de 1937, justamente dos años antes de que acabara la contienda.
Ocurrió al suroeste de Madrid, en el sector de La Torrecilla, Getafe, en el límite del frente que cubría la 18.ª División republicana frente a la 12.ª franquista, cerca de la confluencia de los ríos Manzanares y Jarama.
En la noche del día 4 los dos bandos se intercambiaron alocuciones de propaganda, llegando a dar vivas unánimes a España y a la República desde ambas trincheras. Después de aquellas alocuciones, un oficial franquista propuso que a la mañana siguiente se encontraran en tierra de nadie tres representantes de cada bando.
Con ese motivo, a la 10 de la mañana, salieron de sus líneas un comandante, un capitán y un alférez franquistas con bandera blanca. Por parte republicana fueron a su encuentro el jefe del 15.º Batallón de Carabineros de la 8.ª Brigada Mixta, teniente Juan Muñoz Moreno, acompañado de un sargento y un cabo.
Los dos mandos franquistas, que llevaban cazadoras, sólo descubrieron sus insignias en el punto de encuentro con los republicanos, quizás para evitar ser identificados y disparados antes de llegar al mismo.
«El encuentro fue verdaderamente cordial, y después de un apretado abrazo se saludó militarmente» señaló el teniente Muñoz en un informe a sus mandos que se conserva en el fondo de la Causa General, signatura 1214.
El capitán nacional, que dijo llamarse Manuel Álvarez, entregó a los carabineros «unos paquetillos de tabaco inglés, una botella de coñac y dos latas de conserva para que tomáramos el aperitivo». También intercambiaron prensa.
El comandante franquista se presentó como José Sandiego, nombre supuesto, pues no existe en el anuario militar de 1936 nadie con ese apellido. Según el teniente republicano, Sandiego les dijo que había sido defensor del Alcázar de Toledo y que «esto tendrá que terminar de una vez uniéndonos todos». El mando franquista mostró también su pesadumbre por volvernos a separar para luchar como si fuéramos razas distintas».
En la conversación se abordó el verdadero propósito del encuentro, que era «ver la forma de dar sepultura a un sinfín de cadáveres esparcidos en terreno batido por ambos fuegos» según el informe del teniente Muñoz.
«Los cadáveres se encuentran a un lado y a otro del trozo de trinchera que ya señalé en otro informe y se aprecian en cantidad de un centenar; todos completamente negros», afirmaba Muñoz aludiendo a su avanzado estado de descomposición, que todos coincidieron en señalar como un posible riesgo sanitario para sus respectivas fuerzas.
Se convino que se procediese a dar sepultura a los cadáveres por la noche, y se quedó en que los franquistas llevarían comida y los republicanos vino para los improvisados sepultureros. Asimismo, se acordó que «tanto de un lado como de otro, se hicieran las excavaciones sin tener en cuenta si había más cadáveres de unos que de otros y que se entregarían indistintamente las documentaciones que se encontraran».
El teniente Muñoz aconsejó que «de decidir se lleve a efecto tal enterramiento de cadáveres que en mayoría corresponden a fuerzas leales, debería advertirse a nuestras baterías», pues durante la mañana la aviación y la artillería republicanas habían «castigado insistentemente dichas posiciones», mientras que por parte de los franquistas «no se han hecho disparos ninguno (sic) en toda la mañana».
La «paella» del teniente Muñoz fue denunciada ante la justicia militar republicana, pero el auditor entendió que estaba justificada por la necesaria retirada de los cadáveres. El propio auditor confirmó que el mismo día 5 de abril las fuerzas de uno y otro bando «procedieron al enterramiento de sus muertos sin distinción de procedencia»
Es probable que muchos de aquellos muertos de la tregua de La Torrecilla reposen hoy en el Valle de los Caídos, pues allí fueron trasladados en 1960 los restos de más de 1.500 combatientes muertos en aquel sector, inhumados después de la guerra en el desaparecido cementerio de la Concepción de Getafe.
Por el contrario, los restos de Juan Muñoz Moreno, el teniente de carabineros que aceptó la propuesta enemiga para acometer esas piadosas inhumaciones, están desaparecidos: fue fusilado por los vencedores el 8 de mayo de 1940 como responsable del Partido Comunista en Vallecas, según el estudio de Manuel García Muñoz sobre las ejecuciones de la posguerra en el cementerio de la Almudena. Sus restos serían probablemente enterrados en una fosa común antes de ser reducidos en el osario.
Quienes, en plena lucha fratricida, más allá de las consignas agitadas por la propaganda, supieron dejar a un lado el odio para hacer la paz entre ambas trincheras nos dieron una lección de humanidad imborrable. Hoy se hace más necesario que nunca recordar estas lecciones ante quienes avientan aquel mismo odio para azuzar a los españoles unos contra otros con políticas frentistas y sectarias como antaño.
Nada como el abrazo de los muertos, igual que el de aquellos españoles en la tierra de nadie de La Torrecilla, para evidenciar la mezquina pretensión de quienes se empeñan en crear nuevos traumas que un día puedan perseguir a las generaciones futuras, como los que persiguieron a las de entonces mientras se preguntaban cómo pudieron llegar a aquella barbarie.