“Estoy haciendo esto por ti”: el hombre que intentó asesinar a Ronald Reagan para impresionar a Jodie Foster
El 30 de marzo de 1981, a las 14.27, el presidente estadounidense salía del hotel Hilton de Washington cuando John W. Hinckley Jr. le disparó con su revólver calibre 22

Habían pasado apenas dos meses desde que Ronald Reagan había asumido la presidencia. La tarde del 30 de marzo de 1981 transcurría como cualquier otra en la agenda del mandatario estadounidense. Después de dar su discurso en la conferencia sindical de la industria de la construcción en el Washington Hilton Hotel, el presidente salió por la puerta lateral del edificio. Mientras se dirigía a su auto, caminaba con paso seguro, con su característica sonrisa, alzaba su mano para saludar a la multitud que lo esperaba en el lugar. Nadie sospechó lo que estaba a punto de ocurrir. Ni su equipo de seguridad ni los periodistas que lo rodeaban imaginaron que, en cuestión de segundos, el curso de su presidencia daría un giro inesperado.
Eran las 14.30, a unos metros de distancia, un joven esperaba el momento exacto. En su bolsillo, llevaba un revólver calibre 22 cargado con balas “expansivas”, de esas que maximizan el daño. Y entonces, sucedió. Un estruendo generó el caos: gritos y cuerpos que se tiraban al suelo. Seis detonaciones que en un instante cambiaron el destino de una nación.
El atentado
El Servicio Secreto reaccionó de inmediato. “¿Qué demonios fue eso?”, alcanzó a preguntar Reagan antes de que el agente Jerry Parr, responsable de su seguridad, lo empujara dentro del automóvil presidencial que esperaba en la Calle T, frente al hotel. Parr, instintivo y rápido, se lanzó sobre el presidente, cubriéndolo con su cuerpo mientras la puerta se cerraba de golpe y el vehículo aceleraba a toda velocidad. El atacante llegó a disparar seis veces.
Pero Reagan no estaba a salvo. Al principio, creyó haber salido ileso, hasta que una punzada en el pecho lo hizo inclinarse. “Creo que me rompieron una costilla”, murmuró con dificultad. No lo sabía aún, pero una de las balas, tras rebotar en la carrocería, se había incrustado en su pulmón izquierdo, a escasos centímetros de su corazón. Parr notó el deterioro del mandatario y tomó una decisión que le salvaría la vida: ordenó un cambio de rumbo inmediato hacia el Hospital George Washington. Cuando los médicos lo vieron entrar tambaleante con su rostro pálido y sangre que le brotaba de su costado, entendieron la gravedad del asunto.
Mientras tanto, en la entrada del hotel, el caos se había apoderado del lugar. En el suelo, heridos de gravedad, se hallaban el secretario de prensa de la Casa Blanca James Brady, el agente del Servicio Secreto Tim McCarthy y el policía local Thomas Delahanty. Aunque los tres sobrevivieron, Brady -al que apodaban “El oso”- se llevó la peor parte: la bala destrozó parte de su cerebro y lo dejó con el brazo izquierdo paralizado y condenado a una silla de ruedas de por vida. Estuvo al borde de la muerte durante semanas, pero sobrevivió y convirtió su lucha en una causa: una batalla incansable por un mayor control de armas en los Estados Unidos. En 1993 se aprobó una ley con su nombre que controla los antecedentes de los compradores de armas. La sala de prensa de la Casa Blanca también lleva su nombre. Falleció en 2014, a los 73 años debido a complicaciones de salud, según informó su familia.
El autor del atentado, John Hinckley Jr., un joven de 25 años, fue reducido en cuestión de segundos. Su rostro permanecía inexpresivo mientras lo inmovilizaban contra el suelo. Luego se supo que el ataque no fue “un acto político” y que el tirador no formaba parte de una conspiración. El “móvil” del atentado era aun más inquietante: Hinckley Jr. tenía una enfermiza obsesión por la actriz Jodie Foster y la delirante creencia de que si mataba al presidente de los Estados Unidos lograría impresionarla.
Cuando la locura se viste de amor
John Warnock Hinckley Jr. nació el 29 de mayo de 1955 en Ardmore, Oklahoma, pero creció en una familia acomodada en Dallas, Texas. Su padre, John Hinckley, era un magnate del sector petrolero, mientras que su madre, Jo Ann, se dedicaba al hogar. Hinckley Jr. tuvo una infancia aparentemente estable, aunque en su juventud comenzó a mostrar signos de aislamiento social y dificultades para encajar.
La fascinación que el joven sentía por la actriz Jodie Foster ya tenía cinco años. Se obsesionó con ella en 1976, luego de ver la película Taxi Driver, dirigida por Martin Scorsese, en la que Foster interpretaba a una joven prostituta protegida por un solitario y perturbado Travis Bickle, interpretado por Robert De Niro. Hinckley Jr. comenzó a desarrollar una peligrosa identificación con el personaje de Bickle, un hombre alienado que planea asesinar a un político.
Su obsesión lo llevó a escribirle innumerables cartas a Foster, quien en ese entonces estudiaba en la Universidad de Yale. También intentó comunicarse con ella por teléfono y la siguió por el campus, pero nunca logró llamar su atención. Convencido de que solo un acto extremo le permitiría entrar en la vida de la actriz, Hinckley decidió imitar la trama de Taxi Driver y atentar contra el presidente de los Estados Unidos. En sus mensajes, le aseguraba que su “gesto” sería una prueba de amor, la forma definitiva de llamar su atención.
“Querida Jodie, existe la posibilidad de que me maten intentando asesinar a Reagan. Por eso te escribo esta carta. Como bien sabes, te amo profundamente. Durante los últimos siete meses, te he dejado decenas de poemas, cartas y mensajes de amor con la débil esperanza de que pudieras tener algún interés en mí. Aunque hablamos un par de veces por teléfono, nunca tuve el valor de simplemente acercarme a ti y presentarme. Además de mi timidez, sinceramente no quería molestarte con mi constante presencia. Sé que los muchos mensajes que dejé en tu puerta y en tu buzón fueron una molestia, pero sentí que era la manera menos invasiva de expresarte mi amor. Me reconforta saber que al menos conoces mi nombre y cómo me siento por ti. Y, al rondar por tu residencia, me he dado cuenta de que soy tema de más de una conversación, aunque sea en tono de burla. Al menos sabes que siempre te amaré. Jodie, abandonaría en un segundo la idea de alcanzar a Reagan si tan solo pudiera conquistar tu corazón y pasar el resto de mi vida contigo, ya sea en el anonimato total o como sea. Te confieso que la razón por la que sigo adelante con esto ahora es porque no puedo esperar más para impresionarte. Tengo que hacer algo ya para que entiendas, sin lugar a dudas, que estoy haciendo todo esto por ti. Sacrificando mi libertad y posiblemente mi vida, espero cambiar tu forma de pensar sobre mí. Esta carta está siendo escrita apenas una hora antes de que me dirija al Hotel Hilton. Jodie, te pido que por favor mires en tu corazón y al menos me des la oportunidad, con este acto histórico, de ganar tu amor y respeto. Te amaré por siempre, John Hinckley”, escribió el atacante a la actriz horas antes del atentado.
Jodie Foster, que en aquel entonces tenía 18 años, quedó conmocionada al enterarse de que Hinckley Jr. había intentado asesinar al Presidente para impresionarla. En una conferencia de prensa, expresó su rechazo y el malestar que le causaba verse involuntariamente ligada a un acto tan violento. También habló sobre su preocupación por la obsesión desmedida que algunas personas pueden desarrollar hacia las figuras públicas. Años más tarde, en entrevistas, Foster reconoció que ese episodio la impactó profundamente y reforzó su decisión de mantener su vida privada en la más estricta discreción.
“Todos somos republicanos”
De vuelta al día del atentado, en el hospital, los médicos dieron un diagnóstico contundente: el Presidente había perdido casi la mitad de su sangre y necesitaba una cirugía de urgencia. A pesar de la gravedad de la situación, Reagan aún tuvo fuerzas para soltar una broma antes de ser sedado: “Espero que sean republicanos”. Con una sonrisa nerviosa, uno de los cirujanos le respondió: “Señor presidente, hoy todos somos republicanos”.
Mientras Reagan luchaba por su vida en la sala de operaciones, la nación entera contuvo el aliento. En la Casa Blanca y el Capitolio la actividad era frenética. Aún pesaba el recuerdo del asesinato de John F. Kennedy, ocurrido 18 años atrás. ¿Podría el país soportar otra tragedia así? Los funcionarios se preparaban para una posible transición de poder, mientras en las calles la gente se amontonaba frente a las pantallas de televisión, pendientes de cada nueva actualización sobre la salud del Presidente.
Finalmente, tras horas de incertidumbre, llegó la noticia que todos esperaban: la cirugía había sido un éxito. Reagan había sobrevivido. “El presidente sigue siendo el presidente”, anunció un portavoz de la Casa Blanca, llevando un respiro de alivio al país.
Dicen que cuando Reagan despertó, aún débil, miró a su esposa Nancy y con su característico sentido del humor, le susurró: “Honey, I forgot to duck” (Cariño, olvidé agacharme). La broma no era casualidad, hacía eco de la célebre frase que el boxeador Jack Dempsey le dijo a su esposa, la actriz Estelle Taylor, tras perder su título mundial ante Gene Tunney. Con un solo comentario, Reagan lograba lo que mejor sabía hacer: convertir un momento tenso en una sonrisa.
En 1982, John Hinckley Jr. fue declarado no culpable por demencia, un fallo que desató una fuerte controversia en la opinión pública estadounidense. En lugar de ser enviado a prisión, pasó más de tres décadas en el Hospital St. Elizabeths, un centro psiquiátrico de máxima seguridad en Washington D.C.
En 2016, tras múltiples evaluaciones médicas y bajo estrictas restricciones, Hinckley obtuvo la libertad condicional y fue a vivir con su madre en Williamsburg, Virginia. Finalmente, en 2022, recuperó su libertad plena e intentó reinventarse como músico, abriendo un canal de YouTube para compartir sus canciones. Sin embargo, cuando intentó presentarse en público, el rechazo fue inmediato: varias de sus presentaciones fueron canceladas debido a la presión de las víctimas y sus familias.
Por otro lado, Reagan salió del atentado con una imagen aún más fortalecida. Cuando abandonó el hospital el 11 de abril de 1981, lo hizo con una sonrisa y un gesto de triunfo, mientras su índice de aprobación se disparaba. La bala que casi le arrebató la vida terminó consolidando su imagen de líder resiliente.
Aquel 30 de marzo de 1981 no solo dejó una cicatriz en el Presidente, sino que también marcó un antes y un después en los protocolos de la seguridad presidencial.