El Trump 2.0 tiene mucho de Nixon
Ha hecho un gran regreso político. Desconfía profundamente de la burocracia de Washington. Desprecia a las élites liberales y a los medios de comunicación que controlan, especialmente las cadenas de televisión y 'The New York Times'. Intenta sacar a Estados Unidos de una guerra que no empezó y que considera una sangría para los recursos estadounidenses. Acaba de dejar sin palabras a sus aliados. Realmente quiere que dependan menos de los EE.UU. para su seguridad. También quiere contrarrestar que compitan con las manufacturas estadounidenses. Pretende lograr la paz en Oriente Medio entre Israel y todos los demás. Y busca abrir una brecha entre Rusia y China para explotarla en su beneficio. Enhorabuena, Donald Trump: se ha convertido oficialmente en la venganza de Richard Nixo n. No muchos presidentes han tratado de emular a Nixon desde que se vio obligado a dimitir tras caer en desgracia en agosto de 1974. Pero usted va en esa dirección. Muchos de mis amigos europeos están conmocionados por los acontecimientos de las últimas dos semanas. Se sienten como se sintieron muchos aliados de Estados Unidos en la noche del domingo 15 de agosto de 1971, después de que el presidente Nixon saliera en televisión para anunciar un recargo del 10 por ciento sobre todas las importaciones, una suspensión supuestamente temporal de la convertibilidad del dólar en oro y una congelación de salarios y precios durante 90 días. El «shock de Nixon» fue la respuesta a una retirada masiva de oro por parte de los tenedores europeos de dólares, así como a un aumento de la inflación estadounidense. Pero tenía una contrapartida geopolítica. El anuncio hecho por Nixon un mes antes, el 15 de julio, de que visitaría la China comunista al año siguiente fue tan impactante en Japón y Taiwán como la devaluación del dólar un mes después. Lo que hemos visto desde el 18 de febrero ha sido el 'shock' de Trump. Comenzó con Trump culpando al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, de iniciar la guerra en Ucrania y de ser un dictador. Diez días después, en el Despacho Oval, Trump y el vicepresidente J. D. Vance regañaron a Zelenski por ingratitud y le enseñaron la puerta. Esto ha dejado a los aliados estadounidenses tambaleándose, especialmente en Europa, donde el futuro canciller alemán, Friedrich Merz, ha utilizado un lenguaje notablemente fuerte para condenar a Trump, pidiendo una «independencia real de los EE.UU.». La razón por la que los europeos están desconcertados es que piensan que Trump quiere ser el emperador del mundo, mientras que la clave de la política de Trump en Ucrania puede no ser la arrogancia, sin, o por el contrario, un sentido de debilidad. Una posibilidad es que Trump y sus asesores más cercanos vean claramente la debilidad de la posición de Estados Unidos: la sobrecarga fiscal, ahora que se está gastando más en intereses de la deuda que en defensa, y el infraesfuerzo militar ya que permitimos que nuestra base de fabricación industrial de defensa se marchitara. Los europeos se obsesionan con Rusia y Ucrania. Pero a mis ojos, la Administración Trump está más preocupada por China. La idea clave que circula por Washington es que Trump está intentando (en palabras de Edward Luttwak) una «maniobra de Nixon a la inversa» para «apartar a Putin de Pekín». Mientras que Nixon fue a China para explotar la división chino-soviética, «Trump ha visto (una) oportunidad, al darse cuenta de que en la búsqueda de Putin de un resultado favorable en Ucrania hay una oportunidad para desvincularlo de Pekín». La analogía Trump-Nixon también tiene una dimensión doméstica. «Quien salva a su país no viola ninguna ley», publicó recientemente Trump en Truth Social. Es una frase que suele atribuirse a Napoleón. Pero Nixon le dijo a David Frost en la famosa entrevista de 1977: «Cuando el presidente lo hace, eso significa que no es ilegal». El vínculo entre Trump y Nixon es viejo. «Creo que es usted uno de los grandes hombres de este país y fue un honor pasar una velada con usted», escribió Trump al expresidente en junio de 1982. Se escribieron habitualmente en los últimos años de Nixon. En diciembre de 1987, Nixon le dijo a Trump que su esposa Pat lo había visto en el programa de entrevistas de Phil Donahue. «Como puedes imaginar», escribió, «ella es una experta en política y predice que cuando decidas presentarte a las elecciones ¡serás un ganador!». «Eres un gran hombre», le dijo Trump a Nixon con motivo de su 80 cumpleaños en 1993, y «he tenido y tendré siempre el máximo respeto y admiración por ti. Estoy orgulloso de conocerle». Y la carrera posterior de Trump se ha asemejado a menudo a la de Nixon, sobre todo por sus roces con el 'impeachment' en su primer mandato y su sorprendente reaparición política el año pasado, que rivalizó con el regreso de Nixon de su tumba política en 1968. Como dijo recientemente a 'The New Yorker' el profesor de Derecho de Harvard Jack Goldsmith, gran parte de lo que está haciendo la segunda Administración Trump puede conside
Ha hecho un gran regreso político. Desconfía profundamente de la burocracia de Washington. Desprecia a las élites liberales y a los medios de comunicación que controlan, especialmente las cadenas de televisión y 'The New York Times'. Intenta sacar a Estados Unidos de una guerra que no empezó y que considera una sangría para los recursos estadounidenses. Acaba de dejar sin palabras a sus aliados. Realmente quiere que dependan menos de los EE.UU. para su seguridad. También quiere contrarrestar que compitan con las manufacturas estadounidenses. Pretende lograr la paz en Oriente Medio entre Israel y todos los demás. Y busca abrir una brecha entre Rusia y China para explotarla en su beneficio. Enhorabuena, Donald Trump: se ha convertido oficialmente en la venganza de Richard Nixo n. No muchos presidentes han tratado de emular a Nixon desde que se vio obligado a dimitir tras caer en desgracia en agosto de 1974. Pero usted va en esa dirección. Muchos de mis amigos europeos están conmocionados por los acontecimientos de las últimas dos semanas. Se sienten como se sintieron muchos aliados de Estados Unidos en la noche del domingo 15 de agosto de 1971, después de que el presidente Nixon saliera en televisión para anunciar un recargo del 10 por ciento sobre todas las importaciones, una suspensión supuestamente temporal de la convertibilidad del dólar en oro y una congelación de salarios y precios durante 90 días. El «shock de Nixon» fue la respuesta a una retirada masiva de oro por parte de los tenedores europeos de dólares, así como a un aumento de la inflación estadounidense. Pero tenía una contrapartida geopolítica. El anuncio hecho por Nixon un mes antes, el 15 de julio, de que visitaría la China comunista al año siguiente fue tan impactante en Japón y Taiwán como la devaluación del dólar un mes después. Lo que hemos visto desde el 18 de febrero ha sido el 'shock' de Trump. Comenzó con Trump culpando al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, de iniciar la guerra en Ucrania y de ser un dictador. Diez días después, en el Despacho Oval, Trump y el vicepresidente J. D. Vance regañaron a Zelenski por ingratitud y le enseñaron la puerta. Esto ha dejado a los aliados estadounidenses tambaleándose, especialmente en Europa, donde el futuro canciller alemán, Friedrich Merz, ha utilizado un lenguaje notablemente fuerte para condenar a Trump, pidiendo una «independencia real de los EE.UU.». La razón por la que los europeos están desconcertados es que piensan que Trump quiere ser el emperador del mundo, mientras que la clave de la política de Trump en Ucrania puede no ser la arrogancia, sin, o por el contrario, un sentido de debilidad. Una posibilidad es que Trump y sus asesores más cercanos vean claramente la debilidad de la posición de Estados Unidos: la sobrecarga fiscal, ahora que se está gastando más en intereses de la deuda que en defensa, y el infraesfuerzo militar ya que permitimos que nuestra base de fabricación industrial de defensa se marchitara. Los europeos se obsesionan con Rusia y Ucrania. Pero a mis ojos, la Administración Trump está más preocupada por China. La idea clave que circula por Washington es que Trump está intentando (en palabras de Edward Luttwak) una «maniobra de Nixon a la inversa» para «apartar a Putin de Pekín». Mientras que Nixon fue a China para explotar la división chino-soviética, «Trump ha visto (una) oportunidad, al darse cuenta de que en la búsqueda de Putin de un resultado favorable en Ucrania hay una oportunidad para desvincularlo de Pekín». La analogía Trump-Nixon también tiene una dimensión doméstica. «Quien salva a su país no viola ninguna ley», publicó recientemente Trump en Truth Social. Es una frase que suele atribuirse a Napoleón. Pero Nixon le dijo a David Frost en la famosa entrevista de 1977: «Cuando el presidente lo hace, eso significa que no es ilegal». El vínculo entre Trump y Nixon es viejo. «Creo que es usted uno de los grandes hombres de este país y fue un honor pasar una velada con usted», escribió Trump al expresidente en junio de 1982. Se escribieron habitualmente en los últimos años de Nixon. En diciembre de 1987, Nixon le dijo a Trump que su esposa Pat lo había visto en el programa de entrevistas de Phil Donahue. «Como puedes imaginar», escribió, «ella es una experta en política y predice que cuando decidas presentarte a las elecciones ¡serás un ganador!». «Eres un gran hombre», le dijo Trump a Nixon con motivo de su 80 cumpleaños en 1993, y «he tenido y tendré siempre el máximo respeto y admiración por ti. Estoy orgulloso de conocerle». Y la carrera posterior de Trump se ha asemejado a menudo a la de Nixon, sobre todo por sus roces con el 'impeachment' en su primer mandato y su sorprendente reaparición política el año pasado, que rivalizó con el regreso de Nixon de su tumba política en 1968. Como dijo recientemente a 'The New Yorker' el profesor de Derecho de Harvard Jack Goldsmith, gran parte de lo que está haciendo la segunda Administración Trump puede considerarse un esfuerzo sostenido por restaurar los poderes del Ejecutivo a donde estaban en 1972, cuando Nixon estaba en la cúspide de su poder. La cuestión de la «confiscación» –el derecho del presidente a no gastar los fondos asignados por el Congreso– fue planteada por Nixon, pero el Congreso la rechazó en 1974. El problema de emular a Nixon es obvio. No acabó bien. A medida que se deshacía el sistema de tipos de cambio fijo, el dólar se hundía. Al estallido de la guerra del Yom Kippur en 1973 siguió la subida de los precios del petróleo por parte de los países árabes de la OPEP, una sacudida administrada por el Gobierno estadounidense y no por él. Cuando Nixon se vio obligado a dimitir por el Watergate, el 8 de agosto de 1974, la economía estadounidense estaba en recesión, con un rápido aumento del desempleo y una inflación del 11 por ciento. El índice S&P 500 cayó un 46 por ciento desde su máximo tras la aplastante victoria de Nixon en noviembre de 1972 hasta su punto más bajo en septiembre de 1974. Pero el problema realmente grande para el presidente Trump es que la gran estrategia nixoniana es más difícil de lo que parece. En mi opinión, la probabilidad de una ruptura chino-rusa debe ser muy baja mientras Xi y Putin lleven la voz cantante en Pekín y Moscú. Después de todo, no es como si Nixon hubiera creado brillantemente la división chino-soviética. La URSS y la República Popular China ya estaban cerca de las hostilidades fronterizas incluso antes de que él llegara a la Casa Blanca. Hubiera preferido más Reagan que Nixon en la política exterior de Trump 2.0. Pero acepto el argumento del presidente de que, como a principios de la década de 1970, hoy existen límites reales al poder estadounidense. El reto es seguir el ejemplo de Richard Nixon, sin que al final te acaben arrojando el libro a la cara.
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