El problema no son los aranceles

Más que la decisión de Trump, me preocupan algunos de los argumentos que se están utilizando, incluso desde círculos progresistas, para criticarla, porque siento que estamos prisioneros de un marco único de debate Con este lío de los aranceles se están diciendo tantas cosas que no resulta fácil formarse una opinión cabal sobre el tema. Sí, está claro que el causante del terremoto es un personaje indeseable, con escaso respeto por la justicia y por la propia democracia, para el que el mundo es un gran casino en el que solo puede haber un ganador: su país. Y es evidente que le importa un bledo hacer saltar por los aires los acuerdos internacionales de comercio, con los traumas que acarreará a muchos países que han fiado buena parte de su subsistencia a las exportaciones al coloso americano. Pero me pregunto si no es excesiva la histeria que se ha apoderado de muchos ante el anuncio histriónico de los aranceles a casi todo del mundo, incluyendo una isla remota habitada por pingüinos. No he vivido una guerra mundial como la que algunos vaticinan estos días, pero sí he presenciado más de una guerra tarifaria, y les puedo asegurar que por instinto de supervivencia prefiero esta última. Supongo que las medidas proteccionistas anunciadas por el presidente Trump tendrán un fuerte impacto en la economía mundial, pero, ¿acaso no lo tiene el modelo liberal hoy existente, que en cuatro décadas desmanteló gran parte de la industria de los países más avanzados para aprovechar la mano de obra barata –en algunos casos casi esclava– de otras geografías con el fin de multiplicar los dividendos de los accionistas de las multinacionales? ¿No está provocando la revolución digital un cataclismo en la economía y en la estructura de poder, como pudimos apreciar en el acto de posesión de Trump con la presencia arrogante de Musk, Zuckerberg, Bezos y Pichai? Es más, ¿no estamos viviendo, con cada vez mayor intensidad, fenómenos que sacuden a nuestras economías y provocan la angustia de muchos por la dificultad creciente para llegar a fin de mes? ¿No estamos sufriendo aún las secuelas de la crisis de 2008, con un indignante rescate bancario en España que nunca se devolverá a las arcas del Estado? ¿Es poca cosa el gravísimo problema de la vivienda en nuestro país, que, como nos recordaba aquí con su fina ironía Isaac Rosa, no lo creó Trump?   No quiero que se me malinterprete. Mi propósito no es restar un ápice de trascendencia a los últimos acontecimientos. Tampoco es defender el proteccionismo ni, mucho menos, elogiar el sueño delirante de Trump de resucitar el EEUU de los años cincuenta, en que el país era una gran fábrica a la que acudían felices millones de obreros cuyos sueldos les permitían comprar casas con jardín y barbacoa, coches espaciosos y perro (en realidad la cosa no era tan idílica, como supimos a través de ‘La muerte de un viajante’ y tantos libros que retrataron con crudeza aquellos años). Seguramente habría argumentos en favor del proteccionismo. Por ejemplo, uno de los períodos más boyantes y de mayor justicia social de América Latina fueron los años 50 gracias a una fuerte política arancelaria que permitió desarrollar una seria industria regional. También, si se buscan, habría argumentos en favor el liberalismo: el principal, que en los países pobres se han creado millones de empleos gracias a la deslocalización industrial de los países ricos (tampoco aquí la cosa es tan idílica, como sabemos por informes que dan cuenta de las condiciones terribles de muchos de esos empleos o de los trastornos de sociedades enteras como consecuencia de la destrucción de sus tejidos productivos tradicionales por el empuje de la globalización). Pero, más allá de la apuesta de Trump por el proteccionismo, me preocupan algunos de los argumentos que se están utilizando, incluso desde círculos progresistas, para criticarla, porque siento que estamos prisioneros de un marco único de debate. Sirva como ejemplo esto que acabo de leer en una columna en The New York Times. Es una explicación pretendidamente pedagógica sobre los efectos que los aranceles tendrán para el ciudadano común. “Tomemos el 25% de tarifas en coches aprobado por Trump, que se espera suba su precio en unos 4.000 dólares. Muchas familias como la mía, probablemente decidan no comprar un segundo coche (…). Ahora, estamos haciendo malabarismos para llevar a nuestros hijos a todas sus actividades y a nosotros mismos al trabajo, con un solo juego de ruedas”, sostiene el autor, Justin Wolfers, doctor en economía por Harvard, profesor en la Universidad de Michigan y autor de ensayos sobre la felicidad. En mi familia nunca hemos pensado poseer dos coches. Nos basta con el que tenemos, que si no estira la pata en breve lo podríamos vender a un coleccionista de antiguallas. Para llevar a nuestras hijas a sus actividades o ir al trabajo hemos utilizado casi siempre el transporte público. Es posible que el transporte público en Michiga

Abr 5, 2025 - 07:21
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El problema no son los aranceles

El problema no son los aranceles

Más que la decisión de Trump, me preocupan algunos de los argumentos que se están utilizando, incluso desde círculos progresistas, para criticarla, porque siento que estamos prisioneros de un marco único de debate

Con este lío de los aranceles se están diciendo tantas cosas que no resulta fácil formarse una opinión cabal sobre el tema. Sí, está claro que el causante del terremoto es un personaje indeseable, con escaso respeto por la justicia y por la propia democracia, para el que el mundo es un gran casino en el que solo puede haber un ganador: su país. Y es evidente que le importa un bledo hacer saltar por los aires los acuerdos internacionales de comercio, con los traumas que acarreará a muchos países que han fiado buena parte de su subsistencia a las exportaciones al coloso americano. Pero me pregunto si no es excesiva la histeria que se ha apoderado de muchos ante el anuncio histriónico de los aranceles a casi todo del mundo, incluyendo una isla remota habitada por pingüinos.

No he vivido una guerra mundial como la que algunos vaticinan estos días, pero sí he presenciado más de una guerra tarifaria, y les puedo asegurar que por instinto de supervivencia prefiero esta última. Supongo que las medidas proteccionistas anunciadas por el presidente Trump tendrán un fuerte impacto en la economía mundial, pero, ¿acaso no lo tiene el modelo liberal hoy existente, que en cuatro décadas desmanteló gran parte de la industria de los países más avanzados para aprovechar la mano de obra barata –en algunos casos casi esclava– de otras geografías con el fin de multiplicar los dividendos de los accionistas de las multinacionales? ¿No está provocando la revolución digital un cataclismo en la economía y en la estructura de poder, como pudimos apreciar en el acto de posesión de Trump con la presencia arrogante de Musk, Zuckerberg, Bezos y Pichai? Es más, ¿no estamos viviendo, con cada vez mayor intensidad, fenómenos que sacuden a nuestras economías y provocan la angustia de muchos por la dificultad creciente para llegar a fin de mes? ¿No estamos sufriendo aún las secuelas de la crisis de 2008, con un indignante rescate bancario en España que nunca se devolverá a las arcas del Estado? ¿Es poca cosa el gravísimo problema de la vivienda en nuestro país, que, como nos recordaba aquí con su fina ironía Isaac Rosa, no lo creó Trump?  

No quiero que se me malinterprete. Mi propósito no es restar un ápice de trascendencia a los últimos acontecimientos. Tampoco es defender el proteccionismo ni, mucho menos, elogiar el sueño delirante de Trump de resucitar el EEUU de los años cincuenta, en que el país era una gran fábrica a la que acudían felices millones de obreros cuyos sueldos les permitían comprar casas con jardín y barbacoa, coches espaciosos y perro (en realidad la cosa no era tan idílica, como supimos a través de ‘La muerte de un viajante’ y tantos libros que retrataron con crudeza aquellos años). Seguramente habría argumentos en favor del proteccionismo. Por ejemplo, uno de los períodos más boyantes y de mayor justicia social de América Latina fueron los años 50 gracias a una fuerte política arancelaria que permitió desarrollar una seria industria regional. También, si se buscan, habría argumentos en favor el liberalismo: el principal, que en los países pobres se han creado millones de empleos gracias a la deslocalización industrial de los países ricos (tampoco aquí la cosa es tan idílica, como sabemos por informes que dan cuenta de las condiciones terribles de muchos de esos empleos o de los trastornos de sociedades enteras como consecuencia de la destrucción de sus tejidos productivos tradicionales por el empuje de la globalización).

Pero, más allá de la apuesta de Trump por el proteccionismo, me preocupan algunos de los argumentos que se están utilizando, incluso desde círculos progresistas, para criticarla, porque siento que estamos prisioneros de un marco único de debate. Sirva como ejemplo esto que acabo de leer en una columna en The New York Times. Es una explicación pretendidamente pedagógica sobre los efectos que los aranceles tendrán para el ciudadano común. “Tomemos el 25% de tarifas en coches aprobado por Trump, que se espera suba su precio en unos 4.000 dólares. Muchas familias como la mía, probablemente decidan no comprar un segundo coche (…). Ahora, estamos haciendo malabarismos para llevar a nuestros hijos a todas sus actividades y a nosotros mismos al trabajo, con un solo juego de ruedas”, sostiene el autor, Justin Wolfers, doctor en economía por Harvard, profesor en la Universidad de Michigan y autor de ensayos sobre la felicidad. En mi familia nunca hemos pensado poseer dos coches. Nos basta con el que tenemos, que si no estira la pata en breve lo podríamos vender a un coleccionista de antiguallas. Para llevar a nuestras hijas a sus actividades o ir al trabajo hemos utilizado casi siempre el transporte público. Es posible que el transporte público en Michigan sea peor que el de Madrid, en cuyo caso lo que debería hacer el señor Wolfers es exigir un mejor servicio en vez de lamentar que no podrá adquirir un segundo vehículo. Quizá haya argumentos de peso para cuestionar el aguacero arancelario de Trump, pero si el problema es que impedirá a una familia tener dos automóviles, pues, la verdad, que vivan las altas tarifas en EEUU… o en España.

El debate sobre las medidas de Trump se está desarrollando sobre la premisa de un modelo de sociedad de consumo desenfrenado. Estamos discutiendo sobre cómo las nuevas tarifas van a afectar nuestra producción y nuestro consumo. Incluso nos permitimos advertirles paternalmente a los estadounidenses que ellos serán las principales víctimas de la guerra arancelaria pues no podrán comprar tantas cosas como antes. Entiendo que vivimos en un sistema capitalista que funciona con la producción de bienes y servicios y con el consumo de esos productos. Pero creo sinceramente que entre la comuna de los amish y la necesidad de dos coches por familia deben de existir modelos intermedios, cuidadosos con el medio ambiente y con mayor justicia social.  

Si EEUU tiene un déficit comercial astronómico y unos ahorros domésticos exiguos es, en buena medida, porque sus habitantes son unos compradores compulsivos. Los han bombardeado durante generaciones con el mensaje de que el consumo proporciona felicidad. El plan de Trump no es contener el frenesí consumidor de sus compatriotas, sino que tanto ellos como el resto del mundo compren productos ‘made in USA’. En Europa tampoco hay la menor discusión sobre un sistema alternativo al del consumo desaforado, cada vez más restringido, por cierto, a las élites a causa del agotamiento del modelo.

Estoy convencido de que, pese a los traumas que provocará la decisión de Trump, el mundo superará la nueva guerra arancelaria con nuevas alianzas económicas, con el reajuste de los mercados, etc. De lo que no estoy tan seguro es de que pueda prolongar demasiado en el tiempo su actual modelo industrial, comercial y ardientemente consumista sin llevarse por delante el planeta. Y esto no va de proteccionismo o liberalismo, sino de civilización. 

 

  

 

   

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