Semana Santa en Hellín, donde el rito es una tradición de contrastes

La Semana Santa de Hellín es única, una tradición tan arraigada en este municipio de la provincia de Albacete que no hay hellinero que conciba su vida sin pertenecer a una cofradía y sin participar en la Semana de Pasión. Pasión por el tambor y pasión por la esencia ritual y religiosa de los cortejos procesionales de las 30 hermandades y cofradías, esencia misma de esta celebración de Interés Turístico Internacional. Estamos antes una Semana Santa que responde a una conjunción de tradiciones. De un lado, destacan sus tamboradas, declaradas por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad . Toda una tradición que reúne a más de 20.000 tamborileros. Y, de otro, sus procesiones, que durante estos días convierten a las calles de Hellín en un museo de arte religioso por el que desfilan grupos escultóricos concebidos por imagineros y escultores como Mariano Benlliure y su imponente Cristo yacente o Luis Álvarez Duarte y su Cristo de la Clemencia, una imagen de la escuela andaluza contemporánea que hunde sus raíces en el Barroco sevillano del siglo XVII. Es esta simbiosis entre lo pagano y lo religioso, entre el tambor y el rito, la que convierte a la Semana Santa de Hellín en una celebración única y de contrastes entre sus tamboradas y sus procesiones, entre el jolgorio y el ruido del tambor y la solemnidad y el silencio de sus procesiones. Como explica a ABC José Rafael Marín, presidente de la Asociación de Cofradías y Hermandades de la Semana Santa de Hellín, esta celebración «está más viva que nunca» gracias a la implicación de las 30 cofradías con los más jóvenes. «Es una tradición que se va inculcando desde pequeños , cuando te llevan a tu cofradía, a la fila, y al tambor el Miércoles Santo por la tarde, a una de las tamboradas con mayor participación infantil de nuestra Semana Santa, ahí es donde se inculcan los valores de la fiesta y donde tenemos nuestra particular cantera, porque ellos, los más pequeños, son el futuro», comenta. Además de la del Miércoles Santo, las tamboradas en Hellín también se viven el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección , desde la madrugada hasta que amanece, incluso hasta bien entrada la tarde. Para la ocasión, los tamborileros de todas las edades visten con túnicas negras y pañuelos rojos, algo que no ocurre en la primera tamborada de la Semana Santa de Hellín, el Viernes de Dolores, cuando los integrantes de este fenómeno patrimonial visten de calle y hacen sonar sus tambores a modo de calentamiento como presagio de lo que está por venir. Para vivir la Semana Santa de Hellín no hay más que dejarse llevar por el sonido del tambor y su particular 'racataplán' , por el olor a cera y a incienso, por el color de las túnicas de los nazarenos y por el frío del metal que el orfebre convierte en filigrana para decorar pasos y tronos, también por el sabor de un mojete de Semana Santa con su pizca de bacalao y de un panecico dulce con su característico almíbar. Porque ésta también es la Semana Santa de una ciudad que durante estos días vive en familia una tradición ancestral que perdura siglo tras siglo. En la Semana Santa de Hellín todo pasa en El Rabal. Es la calle emblemática de la Semana Santa, la Vía Sacra por excelencia de esta celebración que regala al espectador momentos virales como el paso de Jesús de Medinaceli entre la multitud de tamborileros el Miércoles Santo o la salida del conjunto escultórico de la Oración en el Huerto desde la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Cuando la cuadrilla de cargadores salva la escalinata del templo ante la mirada de aquellos que con su ovación animan y jalean el esfuerzo y la precisión del grupo de 32 hombres que portan 'el paso gordo', conocido así en el argot cofrade hellinero por sus dimensiones y peso, casi una tonelada y media. Estampas imposibles que suceden cada jornada , como la salida de la Virgen de los Dolores en la tarde del Jueves Santo, es la única imagen que procesiona bajo palio y a costal, es decir, la cuadrilla lleva el peso del trono sobre la cerviz. La salida del Colegio de Capuchinos se realiza de rodillas y al gripo de «¡Virgen! ¡Guapa!». En este mismo punto emociona la salida del conjunto escultórico de 'El Prendimiento', que este año celebra su 75 aniversario fundacional. Mención aparte merece la procesión de subida y bajada a la Ermita del Calvario. En ella se dan cita cada Viernes Santo la mayoría de los pasos procesionales, que avanzan entre la turba de tamborileros. Pero cuando cae la noche, el tambor caya y el bullicio da paso al silencio y a la solemnidad del Santo Entierro, una cita clave para sobrecogerse al paso del Cristo Yacente, una de las esculturas cumbre de esta Semana Santa, realizada en 1942 por Mariano Benlliure. Los expertos en Historia del Arte la sitúan entre las mejores esculturas sacras del siglo XX. Hellín es, en definitiva, una ciudad que entiende la Semana Santa como una tradición de contrapuntos, donde el estruendo del tambor rompe el silencio de la noche en

Mar 29, 2025 - 04:34
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Semana Santa en Hellín, donde el rito es una tradición de contrastes
La Semana Santa de Hellín es única, una tradición tan arraigada en este municipio de la provincia de Albacete que no hay hellinero que conciba su vida sin pertenecer a una cofradía y sin participar en la Semana de Pasión. Pasión por el tambor y pasión por la esencia ritual y religiosa de los cortejos procesionales de las 30 hermandades y cofradías, esencia misma de esta celebración de Interés Turístico Internacional. Estamos antes una Semana Santa que responde a una conjunción de tradiciones. De un lado, destacan sus tamboradas, declaradas por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad . Toda una tradición que reúne a más de 20.000 tamborileros. Y, de otro, sus procesiones, que durante estos días convierten a las calles de Hellín en un museo de arte religioso por el que desfilan grupos escultóricos concebidos por imagineros y escultores como Mariano Benlliure y su imponente Cristo yacente o Luis Álvarez Duarte y su Cristo de la Clemencia, una imagen de la escuela andaluza contemporánea que hunde sus raíces en el Barroco sevillano del siglo XVII. Es esta simbiosis entre lo pagano y lo religioso, entre el tambor y el rito, la que convierte a la Semana Santa de Hellín en una celebración única y de contrastes entre sus tamboradas y sus procesiones, entre el jolgorio y el ruido del tambor y la solemnidad y el silencio de sus procesiones. Como explica a ABC José Rafael Marín, presidente de la Asociación de Cofradías y Hermandades de la Semana Santa de Hellín, esta celebración «está más viva que nunca» gracias a la implicación de las 30 cofradías con los más jóvenes. «Es una tradición que se va inculcando desde pequeños , cuando te llevan a tu cofradía, a la fila, y al tambor el Miércoles Santo por la tarde, a una de las tamboradas con mayor participación infantil de nuestra Semana Santa, ahí es donde se inculcan los valores de la fiesta y donde tenemos nuestra particular cantera, porque ellos, los más pequeños, son el futuro», comenta. Además de la del Miércoles Santo, las tamboradas en Hellín también se viven el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección , desde la madrugada hasta que amanece, incluso hasta bien entrada la tarde. Para la ocasión, los tamborileros de todas las edades visten con túnicas negras y pañuelos rojos, algo que no ocurre en la primera tamborada de la Semana Santa de Hellín, el Viernes de Dolores, cuando los integrantes de este fenómeno patrimonial visten de calle y hacen sonar sus tambores a modo de calentamiento como presagio de lo que está por venir. Para vivir la Semana Santa de Hellín no hay más que dejarse llevar por el sonido del tambor y su particular 'racataplán' , por el olor a cera y a incienso, por el color de las túnicas de los nazarenos y por el frío del metal que el orfebre convierte en filigrana para decorar pasos y tronos, también por el sabor de un mojete de Semana Santa con su pizca de bacalao y de un panecico dulce con su característico almíbar. Porque ésta también es la Semana Santa de una ciudad que durante estos días vive en familia una tradición ancestral que perdura siglo tras siglo. En la Semana Santa de Hellín todo pasa en El Rabal. Es la calle emblemática de la Semana Santa, la Vía Sacra por excelencia de esta celebración que regala al espectador momentos virales como el paso de Jesús de Medinaceli entre la multitud de tamborileros el Miércoles Santo o la salida del conjunto escultórico de la Oración en el Huerto desde la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Cuando la cuadrilla de cargadores salva la escalinata del templo ante la mirada de aquellos que con su ovación animan y jalean el esfuerzo y la precisión del grupo de 32 hombres que portan 'el paso gordo', conocido así en el argot cofrade hellinero por sus dimensiones y peso, casi una tonelada y media. Estampas imposibles que suceden cada jornada , como la salida de la Virgen de los Dolores en la tarde del Jueves Santo, es la única imagen que procesiona bajo palio y a costal, es decir, la cuadrilla lleva el peso del trono sobre la cerviz. La salida del Colegio de Capuchinos se realiza de rodillas y al gripo de «¡Virgen! ¡Guapa!». En este mismo punto emociona la salida del conjunto escultórico de 'El Prendimiento', que este año celebra su 75 aniversario fundacional. Mención aparte merece la procesión de subida y bajada a la Ermita del Calvario. En ella se dan cita cada Viernes Santo la mayoría de los pasos procesionales, que avanzan entre la turba de tamborileros. Pero cuando cae la noche, el tambor caya y el bullicio da paso al silencio y a la solemnidad del Santo Entierro, una cita clave para sobrecogerse al paso del Cristo Yacente, una de las esculturas cumbre de esta Semana Santa, realizada en 1942 por Mariano Benlliure. Los expertos en Historia del Arte la sitúan entre las mejores esculturas sacras del siglo XX. Hellín es, en definitiva, una ciudad que entiende la Semana Santa como una tradición de contrapuntos, donde el estruendo del tambor rompe el silencio de la noche en forma de 'racataplán', ese toque militar tan particular que los historiadores datan en el siglo XVI, en los albores de las hermandades que hoy perduran como testigos de la costumbre a la que los hellineros acuden cada primavera.