Jamás vi mis cuatro esquinas cotidianas, el Puente de los Franceses y alrededores, con tanta expectación, sobrevolado por amorosos drones televisivos. El puente está ahí, sosteniendo el ferrocarril, dando desde ya sombra a los trabajadores de una clínica cercana. Desde las coplas de la guerra, poco se ha cantado al Puente de los Franceses y al Manzanares, que es el nervio que da vida a este monumento de quien somos y quienes fuimos. Ese puente que surcaban los trenes del norte que César González-Ruano veía pasar en su cercano exilio de los 'madriles'. Uno es nostálgico, y ahora no piensa en el puente que es, que pasa desapercibido por los 'runners', las gaviotas exóticas y los siluros o especies abisales...
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