La pacífica Europa le dice a América que de paz, nada

“¿Combatirían por Alemania?”, se pregunta en su portada el prestigioso semanario alemán Stern en su última edición junto al retrato partido de un joven (reconociblemente germánico, nada de ‘nuevos alemanes’ para morir en el frente), la mitad izquierda de civil, la derecha con casco, uniforme y rostro ennegrecido. Y la pregunta se repite, explícita o … Continuar leyendo "La pacífica Europa le dice a América que de paz, nada"

Mar 26, 2025 - 11:50
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La pacífica Europa le dice a América que de paz, nada

“¿Combatirían por Alemania?”, se pregunta en su portada el prestigioso semanario alemán Stern en su última edición junto al retrato partido de un joven (reconociblemente germánico, nada de ‘nuevos alemanes’ para morir en el frente), la mitad izquierda de civil, la derecha con casco, uniforme y rostro ennegrecido. Y la pregunta se repite, explícita o implícita, en toda una Europa (léase: Unión Europea) que vibra de ardor guerrero.

Redondeando, la Unión Europea, de la que acabamos de enterarnos que es una alianza militar a juzgar por sus últimas arengas, ha anunciado el nuevo plan ReArm para gastar, por abrir boca, ochocientos mil millones de euros que no tiene en prepararse para la guerra. Si en el primer mandato de Donald Trump los miembros europeos de la OTAN sonreían con displicencia cuando el presidente norteamericano les pedía que aumentaran su gasto de Defensa hasta el dos por ciento del PIB, ahora están dispuestos a ir bastante más allá.

Incluso la Srta Rotternmeyer de la probidad fiscal europea, Alemania, que sermoneaba a los PIGS (los pródigos países del sur europeo) sobre la necesidad de mantener las cuentas saneadas, ha decidido con su próximo canciller, el democristiano Friedrich Merz, tirar por la borda décadas de calvinismo contable e incluso reformar su Ley Fundamental para endeudarse hasta las cejas y gastar como un marinero borracho en armamento y Defensa.

La paradoja es que este súbito entusiasmo bélico coincide con la llegada a la Casa Blanca de un presidente, Donald Trump, decidido a poner fin a la guerra más caliente y prolongada que padece Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Y es el momento que elige Europa, la pacífica Europa, para decirle a la belicista América que de paz, nada, que Rusia es culpable y que tenemos que armarnos hasta los dientes.

Pero esta no es la única paradoja de la situación; de hecho, contiene tantas como para que le estalle la cabeza al analista más bragado. Para empezar, la amenaza que, se supone, justifica endeudar a nuestros biznietos y recortar el Estado del Bienestar europeo. La hipótesis de trabajo que justifica toda esta revolución en las cuentas y en nuestra mentalidad se basa en que Rusia está decidida a invadir el resto de Europa. Lo que presupone dos paradojas.

La primera es que la propia propaganda de Bruselas lleva tres años de guerra asegurándonos que Rusia está perdiendo la guerra, que ha hecho el ridículo tras intentar invadir Ucrania y estancarse en la conquista de un territorio menor en el que avanza a paso de tortuga, que se está quedando sin componentes esenciales y sin armamento. ¿Cómo, entonces, puede ser una amenaza para un bloque que, en conjunto y sin añadir un solo euro, gasta cuatro veces más que el Kremlin en Defensa?

La segunda es que la mayoría de los estados comunitarios ya forma parte de una alianza militar de larga data, la OTAN, y Estados Unidos, que representa el 80% del gasto en la alianza, quiere paz y la está negociando.

Nada casa en la actitud de Bruselas, que representa un vuelco político difícil de imaginar. Si Europa Occidental ha logrado construir un sistema de prestaciones sociales que es la envidia de la izquierda en Estados Unidos y ha vivido décadas de prosperidad sin precedentes desde el fin de la Segunda Guerra Mundial es porque los estados europeos, acostumbrados históricamente a gastar una proporción enorme de su presupuesto público en la Defensa nacional, pudo al fin reducirlo al mínimo y gastar en cambio en las artes de la paz confiando en que el amigo americano les guardaba las espaldas. Ese es el pacto que ahora se ha roto.

Europa está, así, en una situación espantosa. Hace apenas un lustro, la UE vivía en el mejor de los mundos posibles, con una alianza energética con Rusia que le proporcionaba gas barato, barato, y una alianza defensiva con Estados Unidos que le garantizaba la paz. Y ahora se encuentra sin energía barata y enfrentada de hecho a su poderoso aliado americano.

El desconcierto europeo es comprensible, pero su reacción está resultando histérica. El rearme nos va a salir por un pico, va a hipotecar la vida de generaciones por venir y ni siquiera tiene sentido alguno: si entra en guerra con la potencia con más cabezas nucleares del mundo, los tanques y los drones no le van a servir de mucho. Nada va a servir de nada para nadie, en realidad.

Otra paradoja reside en el elemento psicológico social. El europeo lleva generaciones siendo adiestrado en la extrema no violencia, condicionado a rechazar cualquier forma de agresividad como ‘masculinidad tóxica’, hasta el punto de que todo un ministro español de Defensa, José Bono, llegó a declarar que prefería morir a matar. No parece la mejor actitud para alistarse.

Si a eso sumamos la aversión al patriotismo, eso tan facha, que se nos ha inculcado, ¿quién en Europa estará dispuesto a morir bajo la bandera de las doce estrellas? ¿Morir por una burocracia que legisla contra nuestro sector primario y privilegia a los recién llegados de las cuatro esquinas del mundo sobre los naturales? Es poco probable, lo que quizá responda a la pregunta que se hace Stern.