La agenda para crecer que necesita la Argentina va más allá de la ansiedad por el dólar y las reservas
La Argentina atravesó las elecciones presidenciales de 2023 con una brecha cambiaria cercana a 100% y un año después ese indicador se había reducido a menos de la quinta parte. El ejemplo es una forma de señalar que más allá de que la preocupación por el dólar difícilmente desaparezca, hay vida detrás de sus inevitables oscilaciones. Los ahorros de una parte relevante de la sociedad siguen anclados a esa moneda, así como sus inversiones. Pero con cepo y con intervención y siempre con menos reservas que las buscadas, el 2024 anotó un intercambio comercial de u$s 140.000 millones. Por eso podemos plantear que más allá de la forma utilizada para determinar el tipo de cambio, en términos generales ninguna resultó determinante para el rumbo posterior de la macroeconomía.En los últimos 50 años hubo tipos de cambio fijo, flotación sucia y administrada con bandas, hubo cepo total y cepo flexible, hubo devaluaciones chicas y grandes. Pero las crisis que desataron el default de la deuda, las hiperinflaciones y la pobreza siempre tuvieron un origen fiscal, nunca cambiario. Esta cuestión, no obstante, parece no estar sobre la mesa en estas semanas, cuando la ansiedad por al acuerdo con el FMI solo pone en foco el futuro esquema cambiario.Banco Central de la República ArgentinaSi existiese alguna fórmula superadora o estabilizadora, la Argentina debería conocerla, porque usó todas. Si pudiéramos definir a alguna de ellas como la ideal, y sin embargo no dio los resultados esperados, entonces debemos volver a pensar en lo básico: el problema está en los fundamentos de la economía, no en el tipo de cambio.Hoy la incertidumbre sobre el dólar y las reservas luce sobredimensionada, como si las opciones a las que da lugar un acuerdo con el Fondo fueran de menor calidad que la política vigente. Habrá fondos frescos, se reducirá el nivel de reservas netas negativas (o desaparecerá en el transcurso del año), habrá un esquema de flotación administrada que dará certidumbre a las empresas que tienen previsto invertir, y se ratificarán los objetivos fiscales y monetarios (equilibrio fiscal y no emisión de pesos sobre el objetivo de base amplia).Política cambiaria "Sin devaluación, no hay fondos frescos": la advertencia de uno de los economistas más escuchados por el acuerdo con el FMI Ahora, para que la Argentina tenga un sendero de crecimiento y desarrollo necesita que la discusión vaya más allá de lo cambiario. Hace falta pensar en políticas tributarias que mejoren la competitividad y en reglas que estimulen el empleo. Parte de ese modelo es el que está incluido dentro del Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) y lo que hay que esperar es que el Gobierno diseñe, con el acompañamiento del FMI, una estrategia de empalme para extender esas condiciones al resto de la economía. Esa agenda debería romper el círculo vicioso del presente.

La Argentina atravesó las elecciones presidenciales de 2023 con una brecha cambiaria cercana a 100% y un año después ese indicador se había reducido a menos de la quinta parte. El ejemplo es una forma de señalar que más allá de que la preocupación por el dólar difícilmente desaparezca, hay vida detrás de sus inevitables oscilaciones. Los ahorros de una parte relevante de la sociedad siguen anclados a esa moneda, así como sus inversiones. Pero con cepo y con intervención y siempre con menos reservas que las buscadas, el 2024 anotó un intercambio comercial de u$s 140.000 millones. Por eso podemos plantear que más allá de la forma utilizada para determinar el tipo de cambio, en términos generales ninguna resultó determinante para el rumbo posterior de la macroeconomía.
En los últimos 50 años hubo tipos de cambio fijo, flotación sucia y administrada con bandas, hubo cepo total y cepo flexible, hubo devaluaciones chicas y grandes. Pero las crisis que desataron el default de la deuda, las hiperinflaciones y la pobreza siempre tuvieron un origen fiscal, nunca cambiario. Esta cuestión, no obstante, parece no estar sobre la mesa en estas semanas, cuando la ansiedad por al acuerdo con el FMI solo pone en foco el futuro esquema cambiario. Banco Central de la República Argentina
Si existiese alguna fórmula superadora o estabilizadora, la Argentina debería conocerla, porque usó todas. Si pudiéramos definir a alguna de ellas como la ideal, y sin embargo no dio los resultados esperados, entonces debemos volver a pensar en lo básico: el problema está en los fundamentos de la economía, no en el tipo de cambio.
Hoy la incertidumbre sobre el dólar y las reservas luce sobredimensionada, como si las opciones a las que da lugar un acuerdo con el Fondo fueran de menor calidad que la política vigente. Habrá fondos frescos, se reducirá el nivel de reservas netas negativas (o desaparecerá en el transcurso del año), habrá un esquema de flotación administrada que dará certidumbre a las empresas que tienen previsto invertir, y se ratificarán los objetivos fiscales y monetarios (equilibrio fiscal y no emisión de pesos sobre el objetivo de base amplia).
Ahora, para que la Argentina tenga un sendero de crecimiento y desarrollo necesita que la discusión vaya más allá de lo cambiario. Hace falta pensar en políticas tributarias que mejoren la competitividad y en reglas que estimulen el empleo. Parte de ese modelo es el que está incluido dentro del Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) y lo que hay que esperar es que el Gobierno diseñe, con el acompañamiento del FMI, una estrategia de empalme para extender esas condiciones al resto de la economía. Esa agenda debería romper el círculo vicioso del presente.