Fernando Jiménez Mier y Terán*: ¡Y todo por “nada”!
Hará unos 40 años, obtuve una grata enseñanza de la maestra Graciela González Mendoza. “Figúrate, Fer –dijo Chela–: la otra tarde sucedió algo que me sorprendió. Pregunté a los chamacos ‘¿qué quieren que hagamos hoy?’ Inmediatamente tomó la palabra un chico muy inquieto, de esos que suelen clasificarse de problemáticos. De sopetón, con desparpajo, soltó: ‘nada’.” Hasta ahí el preámbulo de lo que me contó la maestra. Y es que, Chela, durante algún tiempo, por motivos que no vienen a cuento, terminado su trabajo como directora de la escuela Manuel Bartolomé Cossío, se trasladaba para atender un grupo vespertino en una primaria pública en Tlalpan. La sesión de referencia transcurrió en una calurosa primavera, razón poderosa para que un chico –lamento no poder identificarlo por su nombre–, con toda sinceridad, manifestara su inquietud por no hacer nada.
Hará unos 40 años, obtuve una grata enseñanza de la maestra Graciela González Mendoza. “Figúrate, Fer –dijo Chela–: la otra tarde sucedió algo que me sorprendió. Pregunté a los chamacos ‘¿qué quieren que hagamos hoy?’ Inmediatamente tomó la palabra un chico muy inquieto, de esos que suelen clasificarse de problemáticos. De sopetón, con desparpajo, soltó: ‘nada’.” Hasta ahí el preámbulo de lo que me contó la maestra. Y es que, Chela, durante algún tiempo, por motivos que no vienen a cuento, terminado su trabajo como directora de la escuela Manuel Bartolomé Cossío, se trasladaba para atender un grupo vespertino en una primaria pública en Tlalpan. La sesión de referencia transcurrió en una calurosa primavera, razón poderosa para que un chico –lamento no poder identificarlo por su nombre–, con toda sinceridad, manifestara su inquietud por no hacer nada.
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