Eliana y Celeste
Ellos son Eliana y Demian, su bebé de tres meses.¿Viste la sonrisa de Eliana? En esta foto, parece que nos mirara a los ojos. A los dos los conocimos hace unos días en su casa de José C. Paz. Viven en un barrio muy vulnerable. Se llama Sol y Verde.Cuando los visitamos, Brandon, su pareja, había salido a trabajar: hace changas y cumple varias horas en un taller mecánico. Ella trabaja media jornada en un merendero.Eliana, Brandon y Demian son una de las 2,9 millones de familias que viven en la pobreza, según los datos que informó esta semana el Indec. El número es escandaloso, pero marca una mejora en relación a seis meses atrás: a fines de 2023 el porcentaje de personas con ingresos por debajo de la canasta básica era del 41,7%. Al final de 2024, se supo esta semana, bajó al 38,1%.Pero volvamos a la historia de Eliana y las privaciones que le impiden progresar: estudiaba Ingeniería Agronómica en Universidad de La Plata, pero le fue imposible seguir pagando el pasaje. “Esa carrera es mi sueño, me iba muy bien”, cuenta y sigue: “Desde mediados del año pasado empezamos a recortar gastos. Vivimos el día a día. Salvo el bebé, no salteamos comidas”.La historia de esta familia parece ir a contramano de la estadística del Indec, que mide la pobreza en función de las personas que viven en hogares cuyos ingresos monetarios no alcanzan para adquirir lo que se presume indispensable para una familia. Lo que ocurre es que medir la pobreza es más complejo de lo que podemos imaginarnos.El Observatorio de la Deuda Social de la UCA mide lo que se denomina pobreza multidimensional y es la que alcanza a las personas que viven en hogares que tienen carencias que hacen a la calidad de vida, como la imposibilidad de acceder a alimentos, medicamentos, servicios de salud, educación y servicios como agua de red o cloacas.Esa pobreza registró un aumentó interanual al pasar del 39,8% en 2023 al 41,6% en el tercer trimestre de 2024. Además, ese porcentaje crece desde 2017.Si Eliana no puede estudiar, por ejemplo, va a tener menos posibilidades de progresar, aunque ella sonría y no baje los brazos: se acaba de anotar para estudiar psicología en la Universidad Nacional de Pilar, que le queda más cerca.Ahora te quiero hablar de otra familia:Ellos son Franco, Celeste y su hija Cristal.Viven en Villa María, un barrio de las afueras de Añatuya, una ciudad de 30.000 habitantes ubicada a 184 kilómetros de Santiago del Estero capital. Su casa es un ambiente de ladrillo sin revocar y techo de chapa construido en un terreno que compraron cuando vendieron una moto que se ganaron en un sorteo.Franco es albañil. Celeste hace tareas de limpieza. Ella terminó el secundario, hizo un curso de preceptora y tiene hecha la mitad de la carrera de maestra rural, pero tuvo que abandonar durante el embarazo de Cristal.Por estos días, Celeste cuenta con orgullo que le pudo comprar a su hija casi todas las cosas que le pidieron en el jardín y que se esfuerza para que la niña encuentre fruta cada vez que abre la heladera. “Con ella quiero romper el círculo”, dice, refiriéndose al historial de pobreza y privaciones que vivió de chica, que vivieron sus padres y que puede reconstruir en la generación anterior, la de sus abuelos.La historia de Celeste está llena de privaciones: crió a sus hermanos, trabaja desde los 15 y nunca festejó su cumple. Ella creció en lo que se llama “pobreza estructural”, todo ese montón de carencias que se transmiten de generación en generación, como una herencia, al punto de que terminan normalizando la falta de acceso a los derechos más básicos.Se trata de un tipo de pobreza que, según las mediciones de la UCA, afecta a la cuarta parte de la población argentina: en el tercer trimestre de 2024 el 23,9% de los argentinos padecían pobreza estructural. La cifra fue superior a la registrada el año anterior, cuando alcanzó al 22,4%.Ahora que Cristal está un poco más grande, Celeste proyecta retomar sus estudios para recibirse y tener un trabajo estable. No está en sus planes ampliar la familia. “Prefiero darle a una hija todo lo que necesite que tener más bocas que lo que puedo alimentar”, dice.Si querés ayudar a que Celeste pueda seguir estudiando, podés entrar a leer su historia completa y ver las formas que tenés para ayudarla.Eso es todo por hoy. Espero que tengas un buen fin de semana. ¡Saludos!Javier

Ellos son Eliana y Demian, su bebé de tres meses.
¿Viste la sonrisa de Eliana? En esta foto, parece que nos mirara a los ojos. A los dos los conocimos hace unos días en su casa de José C. Paz. Viven en un barrio muy vulnerable. Se llama Sol y Verde.
Cuando los visitamos, Brandon, su pareja, había salido a trabajar: hace changas y cumple varias horas en un taller mecánico. Ella trabaja media jornada en un merendero.
Eliana, Brandon y Demian son una de las 2,9 millones de familias que viven en la pobreza, según los datos que informó esta semana el Indec. El número es escandaloso, pero marca una mejora en relación a seis meses atrás: a fines de 2023 el porcentaje de personas con ingresos por debajo de la canasta básica era del 41,7%. Al final de 2024, se supo esta semana, bajó al 38,1%.
Pero volvamos a la historia de Eliana y las privaciones que le impiden progresar: estudiaba Ingeniería Agronómica en Universidad de La Plata, pero le fue imposible seguir pagando el pasaje. “Esa carrera es mi sueño, me iba muy bien”, cuenta y sigue: “Desde mediados del año pasado empezamos a recortar gastos. Vivimos el día a día. Salvo el bebé, no salteamos comidas”.
La historia de esta familia parece ir a contramano de la estadística del Indec, que mide la pobreza en función de las personas que viven en hogares cuyos ingresos monetarios no alcanzan para adquirir lo que se presume indispensable para una familia. Lo que ocurre es que medir la pobreza es más complejo de lo que podemos imaginarnos.
El Observatorio de la Deuda Social de la UCA mide lo que se denomina pobreza multidimensional y es la que alcanza a las personas que viven en hogares que tienen carencias que hacen a la calidad de vida, como la imposibilidad de acceder a alimentos, medicamentos, servicios de salud, educación y servicios como agua de red o cloacas.
Esa pobreza registró un aumentó interanual al pasar del 39,8% en 2023 al 41,6% en el tercer trimestre de 2024. Además, ese porcentaje crece desde 2017.
Si Eliana no puede estudiar, por ejemplo, va a tener menos posibilidades de progresar, aunque ella sonría y no baje los brazos: se acaba de anotar para estudiar psicología en la Universidad Nacional de Pilar, que le queda más cerca.
Ahora te quiero hablar de otra familia:
Ellos son Franco, Celeste y su hija Cristal.
Viven en Villa María, un barrio de las afueras de Añatuya, una ciudad de 30.000 habitantes ubicada a 184 kilómetros de Santiago del Estero capital. Su casa es un ambiente de ladrillo sin revocar y techo de chapa construido en un terreno que compraron cuando vendieron una moto que se ganaron en un sorteo.
Franco es albañil. Celeste hace tareas de limpieza. Ella terminó el secundario, hizo un curso de preceptora y tiene hecha la mitad de la carrera de maestra rural, pero tuvo que abandonar durante el embarazo de Cristal.
Por estos días, Celeste cuenta con orgullo que le pudo comprar a su hija casi todas las cosas que le pidieron en el jardín y que se esfuerza para que la niña encuentre fruta cada vez que abre la heladera. “Con ella quiero romper el círculo”, dice, refiriéndose al historial de pobreza y privaciones que vivió de chica, que vivieron sus padres y que puede reconstruir en la generación anterior, la de sus abuelos.
La historia de Celeste está llena de privaciones: crió a sus hermanos, trabaja desde los 15 y nunca festejó su cumple. Ella creció en lo que se llama “pobreza estructural”, todo ese montón de carencias que se transmiten de generación en generación, como una herencia, al punto de que terminan normalizando la falta de acceso a los derechos más básicos.
Se trata de un tipo de pobreza que, según las mediciones de la UCA, afecta a la cuarta parte de la población argentina: en el tercer trimestre de 2024 el 23,9% de los argentinos padecían pobreza estructural. La cifra fue superior a la registrada el año anterior, cuando alcanzó al 22,4%.
Ahora que Cristal está un poco más grande, Celeste proyecta retomar sus estudios para recibirse y tener un trabajo estable. No está en sus planes ampliar la familia. “Prefiero darle a una hija todo lo que necesite que tener más bocas que lo que puedo alimentar”, dice.
- Si querés ayudar a que Celeste pueda seguir estudiando, podés entrar a leer su historia completa y ver las formas que tenés para ayudarla.
Eso es todo por hoy. Espero que tengas un buen fin de semana. ¡Saludos!
Javier