‘Monsieur Spade’: el detective de Hammet se deconstruye a la francesa
Spade da el salto del viejo 'thriller' policial de Hammett a una trama más política y relacionada con la descolonización y la rivalidad de los servicios de inteligencia occidentales. La entrada ‘Monsieur Spade’: el detective de Hammet se deconstruye a la francesa se publicó primero en Ethic.

Es bueno solucionando problemas y, por lo tanto, los atrae. Eso explica el veterano detective Sam Spade, inmortal creación de Dashiell Hammett, a uno de sus interlocutores de la miniserie Monsieur Spade (Filmin), recientemente estrenada.
Pero no lo hace en el San Francisco oscuro y peligroso de los años 30, la ciudad en la que ejerció durante casi toda su vida resolviendo casos siniestros, sino en Bozouls. Un bucólico pueblito del sur de Francia donde el carismático y desencantado detective interpretado por Clive Owen parece haber encontrado el amor (fugaz, pues su mujer muere apenas cuatro años después de conocerla) y una vida que le gusta. Al fin es rico (por herencia de su esposa) y vive en un entorno en el que, presupone, los peligros no acechan en cada esquina.
Le gusta gestionar sus viñedos y bañarse desnudo en la piscina. Cuesta imaginarse al Bogart de El halcón maltés en semejante circunstancia, pero el tiempo pasa para todos, y Spade ha cambiado. O eso quiere creer. Ha recalado allí por un encargo: debía entregar sana y salva a la hija de una clienta desaparecida, cuya última petición fue que llevara a la niña desde Estados Unidos hasta a aquel pueblo que es la antítesis de su ciudad de origen, y en el que vive el padre de la pequeña, Phillippe Saint-André.
Pero el supuesto padre de la niña no aparece y los acontecimientos se suceden: deja a la niña en un convento interna, aunque se hace cargo de ella y su mantenimiento, se enamora de una parroquiana viuda y se instala en Bozouls. En el armario ha guardado un maletín con su pistola y sus viejos papeles de detective, coronado por su mítico sombrero. Puedes que hayas acabado con tu pasado, pero tu pasado no ha acabado contigo, que decían en Magnolia.
Los años pasan en aquel ambiente idealizado, y los problemas acuden atraídos por Spade. Estamos ahora a comienzos de los 60, en la Francia de un De Gaulle odiado por gran parte de su país. Pese a lo prometido al regresar al poder en 1958, ha concedido la independencia a Argelia, y cientos de miles de pied-noirs salen del país norteafricano para recalar en pueblos como aquel. Se respira odio y resentimiento contra el presidente y general, antiguo líder de la Resistencia, quien personifica lo baldío del esfuerzo militar hecho por tantos soldados cuyas vidas vagan entre el trauma íntimo y callado y el odio público que tomó forma en organizaciones como la Organización del Ejército Secreto (la mítica OAS de Chacal que intentó matarlo en varias ocasiones) y Acción Francesa. Saint-André es uno de ellos, pero se desconoce si es leal al ejército o es miembro de alguna de las organizaciones subversivas.
Vemos al detective inmerso en un contexto no solo mayor, sino de tintes políticos claros
Y aquí está la primera diferencia respecto del Spade clásico: vemos al detective inmerso en un contexto no solo mayor, sino de tintes políticos claros. No se le escucha opinión alguna, pero todo remite finalmente a este trauma nacional francés. La llegada de un extraño y silente niño argelino, que se pasa el día escribiendo números y fórmulas pero sin abrir la boca, es la chispa que reaviva unas brasas que estaban lejos de haberse apagado.
Bozouls se convierte así en una suerte de teatro al que empiezan a acudir distintos personajes que, a la manera de El hombre que fue jueves de Chesterton, nunca son lo que fingen ser. El reino de las sombras vuelve a la vida de Spade. Organizaciones de distinto pelaje y nacionalidad mandan a algunos de sus hombres a hacerse con aquel niño callado, sin que Spade sepa por qué. Solo le importa mantener su vida y cuidar de la ya adolescente niña de la que se hizo cargo. Pero puede más el instinto y la inercia del viejo detective, que sale a indagar en las razones de aquel dramatis personae que se ha apoderado del antaño tranquilo pueblo.
Es difícil escribir más de la trama sin destripar algunos de los giros más interesantes y llamativos. Baste con decir que Spade da el salto del viejo thriller policial de Hammett a una trama más política y relacionada con la descolonización y la acción y la rivalidad de los servicios de inteligencia occidentales. Si creía que instalándose en un pueblo aislado encontraría la tranquilidad, la realidad le demuestra lo contrario: es aquí donde parecen concentrarse todos los problemas de Francia (quizá, como él cree, porque él los atrae).
Destaca un coro de personajes que no son secundarios. A diferencia de las novelas de Hammett y la adaptación cinematográfica de John Huston, aquí el narrador se despega constantemente de Spade, que no es uno más, pero no es el protagonista destacado. A veces, incluso, uno de encuentra preguntándose dónde diablos estará el viejo detective, que lleva demasiados minutos fuera de la pantalla. Pero tiene un sentido narrativo: al fin y al cabo, Spade está en Francia para tomarse las cosas de otra manera. Incluso, está intentando dejar de fumar por consejo del médico del pueblo.
El final es extraño: la trama resulta inverosímil, con demasiados giros que el propio Spade contempla sorprendido, con un matiz de incredulidad irónica que lo muestra siempre en la frontera entre el cabreo y la risa, con una mirada de perfil curiosa pero distante. Y las escenas de cierre remiten más a las recapitulaciones de Agatha Christie y Poirot que a Hammett. Por no hablar del pueblo, en el que nunca hay nadie excepto ellos, que pueden pegar tiros de noche en sus calles, o atropellar a sus enemigos, sin que nunca se abra una ventana por la que un curioso se pregunte qué ha pasado.
Y quizá todo sea porque, al fin y al cabo, todo ha ocurrido en su cabeza, tras muchos años en Francia en los que ha tenido mucho tiempo libre y ha leído novelas negras que han nutrido su imaginación. Como si fuera la deformación francesa que el propio Spade hace de sí mismo en alguno de sus pausados baños. Nunca lo sabremos, y cada espectador hará su lectura de una serie que, en cualquier caso, se disfruta como los viejos libros y películas sobre el detective de San Francisco.
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