El último misterio no resuelto sobre el suicidio de Rudolf Hess
Tenía 93 años y podía haber muerto de cualquier cosa, pero lo cierto es que apareció ahorcado en su celda tras más de cuarenta años encerrado. Rudolf Hess era el último representante de la cúpula del nacionalsocialismo alemán y responsable, en parte, del exterminio de la raza judía durante la Segunda Guerra Mundial. El balance más desolador fue hecho público hace dos años por el Holocausto Memorial Museum de Washington, a través del proyecto 'Enciclopedia de Campos y Guetos'. El resultado fue un mapa de 42.500 campos de concentración, guetos y factorías de trabajos forzados que provocaron entre 15 y 20 millones de muertos o internados. Entre ellos también había integrantes de otros grupos perseguidos por el nazismo, como los gitanos y los homosexuales. «Las cifras son más altas de lo que originalmente pensamos» , aseguró el director del German Historical Institute de Washington, Hartmut Berghoff. Sin embargo, el cómputo de la mayoría de estudios hechos desde 1945 era de seis millones. Ese mismo año, el Instituto de Asuntos Judíos de Nueva York ya situó los muertos entre 5.659.600 y 5.673.100. Una cifra similar a la que fue revelada antes por William Höttl, antiguo miembro de las SS, que declaró que fue usada por Adolf Eichmann, el arquitecto de la solución final, en 1944. Hess, lugarteniente y hombre de confianza de Adolf Hitler, siempre negó su responsabilidad en aquel horror. Sus argumentos durante los juicios de Núremberg no evitaron que fuera condenado a cadena perpetua y que pasara más de la mitad de su vida en la cárcel de Spandau, en Berlín. Durante veinte años, además, fue el único recluso de esta prisión militar gestionada por las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Para la mayoría, su cautiverio se convirtió en el símbolo de la expiación de los crímenes nazis contra la humanidad, pero para otro, sobre todo en los últimos años, era la prueba de un comportamiento inhumano hacia un anciano. Prueba de lo controvertida que era su figura, incluso sesenta años después del fin de la Alemania nazi, es que su sepultura en Wunsiedel, Baviera, fue desmantelada de madrugada, y sin previo aviso, en 2011, según informaba el diario 'Süddeutsche Zeitung'. Desaparecían así los últimos restos del hombre al que el 'Führer' dictó 'Mi lucha', que fueron quemados y esparcidos en alta mar, después de que la comunidad cristiana evangélica de aquel ciudad denegara a sus descendientes la prolongación del arrendamiento del sepulcro. No quería que el lugar siguiera siendo, como hasta ese momento, un lugar de peregrinaje de los simpatizantes del Tercer Reich. Sin embargo, la polémica entorno a la muerte de Hess el 17 de agosto de 1987, no desaparecía. Según la versión oficial, Hess se suicidó. «El hombre que soportó impasible millones de muertes, no pudo resistir su soledad», podía leerse en ABC. El lugarteniente y hombre de confianza de Adolf Hitler llevaba casi medio siglo encarcelado. A sus 93 años, era el prisionero más antiguo de la Segunda Guerra Mundial y, decían, quiso seguir los pasos del resto de mandatarios nazis, que se habían quitado la vida entre 1945 y 1946: el «Führer» y su esposa, Eva Braun; el ministro de propaganda, Joseph Goebbels, junto a su mujer y sus cinco hijos, y el hombre de mayor confianza del dictador alemán, Hermann Göring. Hess fue condenado en los juicios de Núremberg por su responsabilidad en algunas de las decisiones tomadas como ministro Hitler y enviado a esta cárcel situada al oeste de Berlín. «La mejor protegida del mundo», según la calificaron entonces. Desde 1966 hasta 1987 fue el único inquilino de aquella fortaleza controlada por las cuatro potencias vencedoras y proyectada para albergar a 500 prisioneros. En ella estuvieron recluidos muchos de los líderes nazis condenados también en Núremberg, pero fueron muriendo o siendo liberados por cumplir sus sentencia o por problemas de salud. Los dos últimos salieron en 1966: Albert Speer y Baldur von Schirach, ministro de guerra y líder de las Juventudes Hitlerianas, respectivamente. La condena de Rudolf Hess, sin embargo, era a cadena perpetua, así que continuó encarcelado hasta el día de su supuesto suicidio, vigilado por nada menos que 600 soldados rusos, estadounidenses, británicos, franceses y Alemania Occidental. De 696 celdas, cuyo mantenimiento costaba unas 100 millones de pesetas al año, solo la del exlugartenientes de Hitler estaba ocupada. El recinto contaba con unas medidas de seguridad impensables para un hombre que ya se había convertido en un anciano. El centro estaba rodeado por una primera valla eléctrica, luego un muro de seis metros de altura con numerosas cabinas acristaladas de vigilancia y, por último, un contramuro de cinco metros de alto que, durante la noche, lo iluminaban potentes focos. Desde el 10 de mayo de 1941, el día en que se lanzó en paracaídas sobre la campiña británica para una misión supuestamente pacificadora, Hess no volvió a ser un hombre libre. En Nüremberg, la Unión Soviética pid
Tenía 93 años y podía haber muerto de cualquier cosa, pero lo cierto es que apareció ahorcado en su celda tras más de cuarenta años encerrado. Rudolf Hess era el último representante de la cúpula del nacionalsocialismo alemán y responsable, en parte, del exterminio de la raza judía durante la Segunda Guerra Mundial. El balance más desolador fue hecho público hace dos años por el Holocausto Memorial Museum de Washington, a través del proyecto 'Enciclopedia de Campos y Guetos'. El resultado fue un mapa de 42.500 campos de concentración, guetos y factorías de trabajos forzados que provocaron entre 15 y 20 millones de muertos o internados. Entre ellos también había integrantes de otros grupos perseguidos por el nazismo, como los gitanos y los homosexuales. «Las cifras son más altas de lo que originalmente pensamos» , aseguró el director del German Historical Institute de Washington, Hartmut Berghoff. Sin embargo, el cómputo de la mayoría de estudios hechos desde 1945 era de seis millones. Ese mismo año, el Instituto de Asuntos Judíos de Nueva York ya situó los muertos entre 5.659.600 y 5.673.100. Una cifra similar a la que fue revelada antes por William Höttl, antiguo miembro de las SS, que declaró que fue usada por Adolf Eichmann, el arquitecto de la solución final, en 1944. Hess, lugarteniente y hombre de confianza de Adolf Hitler, siempre negó su responsabilidad en aquel horror. Sus argumentos durante los juicios de Núremberg no evitaron que fuera condenado a cadena perpetua y que pasara más de la mitad de su vida en la cárcel de Spandau, en Berlín. Durante veinte años, además, fue el único recluso de esta prisión militar gestionada por las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Para la mayoría, su cautiverio se convirtió en el símbolo de la expiación de los crímenes nazis contra la humanidad, pero para otro, sobre todo en los últimos años, era la prueba de un comportamiento inhumano hacia un anciano. Prueba de lo controvertida que era su figura, incluso sesenta años después del fin de la Alemania nazi, es que su sepultura en Wunsiedel, Baviera, fue desmantelada de madrugada, y sin previo aviso, en 2011, según informaba el diario 'Süddeutsche Zeitung'. Desaparecían así los últimos restos del hombre al que el 'Führer' dictó 'Mi lucha', que fueron quemados y esparcidos en alta mar, después de que la comunidad cristiana evangélica de aquel ciudad denegara a sus descendientes la prolongación del arrendamiento del sepulcro. No quería que el lugar siguiera siendo, como hasta ese momento, un lugar de peregrinaje de los simpatizantes del Tercer Reich. Sin embargo, la polémica entorno a la muerte de Hess el 17 de agosto de 1987, no desaparecía. Según la versión oficial, Hess se suicidó. «El hombre que soportó impasible millones de muertes, no pudo resistir su soledad», podía leerse en ABC. El lugarteniente y hombre de confianza de Adolf Hitler llevaba casi medio siglo encarcelado. A sus 93 años, era el prisionero más antiguo de la Segunda Guerra Mundial y, decían, quiso seguir los pasos del resto de mandatarios nazis, que se habían quitado la vida entre 1945 y 1946: el «Führer» y su esposa, Eva Braun; el ministro de propaganda, Joseph Goebbels, junto a su mujer y sus cinco hijos, y el hombre de mayor confianza del dictador alemán, Hermann Göring. Hess fue condenado en los juicios de Núremberg por su responsabilidad en algunas de las decisiones tomadas como ministro Hitler y enviado a esta cárcel situada al oeste de Berlín. «La mejor protegida del mundo», según la calificaron entonces. Desde 1966 hasta 1987 fue el único inquilino de aquella fortaleza controlada por las cuatro potencias vencedoras y proyectada para albergar a 500 prisioneros. En ella estuvieron recluidos muchos de los líderes nazis condenados también en Núremberg, pero fueron muriendo o siendo liberados por cumplir sus sentencia o por problemas de salud. Los dos últimos salieron en 1966: Albert Speer y Baldur von Schirach, ministro de guerra y líder de las Juventudes Hitlerianas, respectivamente. La condena de Rudolf Hess, sin embargo, era a cadena perpetua, así que continuó encarcelado hasta el día de su supuesto suicidio, vigilado por nada menos que 600 soldados rusos, estadounidenses, británicos, franceses y Alemania Occidental. De 696 celdas, cuyo mantenimiento costaba unas 100 millones de pesetas al año, solo la del exlugartenientes de Hitler estaba ocupada. El recinto contaba con unas medidas de seguridad impensables para un hombre que ya se había convertido en un anciano. El centro estaba rodeado por una primera valla eléctrica, luego un muro de seis metros de altura con numerosas cabinas acristaladas de vigilancia y, por último, un contramuro de cinco metros de alto que, durante la noche, lo iluminaban potentes focos. Desde el 10 de mayo de 1941, el día en que se lanzó en paracaídas sobre la campiña británica para una misión supuestamente pacificadora, Hess no volvió a ser un hombre libre. En Nüremberg, la Unión Soviética pidió para él la pena de muerte, pero Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos optaron por la cadena perpetua debido precisamente a esta misión que emprendió en solitario. Desde entonces, las autoridades de la República Federal de Alemania (RFA) han pedido su liberación en varias ocasiones, durante los últimos años, como signo de magnanimidad por parte de las potencias vencedoras. En 1985, el presidente de la RFA, Richard von Weizsäcker, pidió en su mensaje navideño la libertad para Nelson Mandela y Andrei Sajarov y nuestro protagonista. Hess también la había pedido meses antes, pero nunca le fue concedida. Según la versión oficial de la primera autopsia, Hess había muerto estrangulado con un cable eléctrico, alegando que se trataba de un suicidio. Los primeros en dudar de la tesis oficial fue la familia del lugarteniente nazi, que encargó una segunda autopsia . Esta determinó que su muerte fue por asfixia y no por suspensión. Desde entonces, el misterio rodeó siempre a la causa oficial de su fallecimiento, apuntando desde entonces a la posibilidad del asesinato. Minutos antes de hacerse pública la noticia su muerte, el cuerpo del anciano nazi había sido trasladado a un hospital de capital alemana. El traslado, que fue realizado sin escolta ni preparativos previos, así como el hecho de que los jefes de las comandancias aliadas se reunido urgentemente, hacían prever lo peor. El gobierno militar británico en Berlín, sin embargo, aseguró más tarde que Hess había fallecido antes de ser sacado de la prisión. De ahí que no llevara escolta. Si los suicidios de Hitler y los demás mandatarios del Tercer Reich se habían producido inmediatamente después del fracaso de la aventura imperial nazi, la pregunta que se hacían muchos expertos era obvia: «¿Por qué Rudolf Hess esperó hasta 1987 para quitarse la vida? ¿Por qué los guardias que habían cuidado de él durante 46 años años le dejaron entrar solo en una cabaña del jardín, donde apareció ahorcado?», se preguntaba ABC. Su hijo, Wolf Rüdiger Hess, mostró su desacuerdo con el dictamen, asegurando que su padre se encontraba en buenas condiciones psicológicas y que el tipo de suicidio que se le imputaba era físicamente imposible para él. Un punto importante que apoyaría esta hipótesis es que el Gobierno de Margaret Thatcher se negó a facilitar a la Policía británica los informes relativos a las sospechosas circunstancias de su muerte , tales como los que recogía la investigación oficial realizada por los servicios de información de sus Fuerzas Armadas. La sombra del misterio sobre el suicidio del que fuera la mano derecha del 'Fuhrer' creció con el tiempo. Según la BBC, una enfermera que cuidó del dirigente alemán durante sus últimos cinco años de vida aseguró que el prisionero había sido asesinado. Y según el funcionario que halló el cuerpo 40 minutos después de que falleciera, el reo mostraba huellas de un forcejeo para defenderse, además de asegurar que sus manos se hallaban completamente inutilizadas por la artritis y «no podía hacer ni el nudo de los zapatos». «No trato de juzgarle, pero como hijo existen algunas preguntas que me gustaría que me respondiera», comentaba Wolf a ABC en 1970. Aquellas dudas no fueron saciadas nunca, pues tenía prohibido hablar de los años comprendidos entre 1933 y 1945 durante la media hora de visita al mes a la que tenía derecho.
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