Como era el ecuador de esta Cuaresma tornadiza —el obispo se despide porque va a llegar uno nuevo, las nubes igual van que vienen, el sol sale o no sale— el carmelita del oficio del pasado domingo vestía en San Cayetano una casulla que no era morada y advirtió al inicio que de lo que se trataba era de la alegría. La del reencuentro sin reservas: ven aquí, porque esta noche estás en casa, no hace falta que me cuentes qué te ha pasado. El fraile leyó el pasaje del Hijo Pródigo y dijo que allí estaba todo. Lo esencial. El padre que recibe y no hace preguntas. Solo abraza. Solo quiere. «Tú no eres quien los demás piensan que...
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