El kit
Las antiguas películas de catástrofes, un género muy popular en los ochenta y noventa del pasado siglo, seguían casi todas un esquema similar: surgía una amenaza terrorífica para una población o para el planeta entero y el Gobierno, que lo sabía, lo ocultaba o minimizaba para no sembrar el pánico.Qué extraño concepto para el espectador … Continuar leyendo "El kit"

Las antiguas películas de catástrofes, un género muy popular en los ochenta y noventa del pasado siglo, seguían casi todas un esquema similar: surgía una amenaza terrorífica para una población o para el planeta entero y el Gobierno, que lo sabía, lo ocultaba o minimizaba para no sembrar el pánico.
Qué extraño concepto para el espectador actual, ¿verdad? Un Gobierno que no quiere sembrar el pánico, con lo útil que resulta para controlar a las masas y que pidan a gritos mayor control por parte del poder. Siembra pánico y cosecharás votos, parece ser hoy la consigna.
De esas catástrofes de ficción, ante las que los gobernantes se esforzaban para quitarle importancia a un problema real, hemos pasado al extremo contrario de gritar que viene el lobo, un lobo terrible y muy voraz, para que todas las ovejas se apresuren a buscar la protección del pastor sin plantear molestas preguntas.
Decía cínicamente el exalcalde de Chicago, Rahm Emmanuel, que un buen político nunca desaprovecha una buena emergencia, y de ahí hemos pasado a vivir de apocalipsis en apocalipsis que enmascaran crisis financieras, excusan el empobrecimiento del común y justifican la abolición de libertades públicas elementales. Y sin pausas entre medias, que del cambio climático antropogénico hemos pasado a la peste mundial y de esta a la inminente invasión rusa.
Pero han debido pensar los mandarines de Bruselas que lo mejor es comprimirlas todas en una, así que nos anuncian el ya famoso ‘kit de supervivencia de 72 horas’ que todos deberíamos tener a mano, y que lo mismo vale para una pandemia que para una emergencia climática o un ataque preventivo de Moscú.
El subtexto no podía quedar más claro, aunque no creo que sea el mensaje querido por las autoridades: allá os las apañéis, que a nosotros no nos da la vida. Curioso, al menos, cuando la consigna constante y creciente de las últimas décadas ha sido que ya ellos se preocupan de nuestro bienestar y nuestra seguridad y que debemos ponernos en sus manos.
En paralelo, Europa ya ha lanzado, al menos de boquilla, su último plan para sacar dinero de la nada y endeudar hasta el paroxismo a las economías nacionales: el plan de rearme para combatir contra Rusia, de la que se dice que nos atacará Europa en 2030, justo cuando se calcula que ya nos habremos rearmado. Qué detalle por parte del Kremlin.
La idea es que nuestro gran aliado, el verdadero garante de la seguridad de Europa Occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, nos ha dejado en la estacada al negociar con el enemigo ruso un plan de paz para Ucrania, y los europeos han reaccionado como un pollo sin cabeza.
¿Hay algún indicio razonable de que Rusia vaya a invadirnos? Con lo que le está costando avanzar en Ucrania, no parece probable en absoluto. Pero como ‘coco’ para meternos el miedo en el cuerpo y justificar una colosal inyección de dinero en nuestra economía languideciente es perfecto. Si Rusia nos atacara, el conflicto se convertiría a la velocidad del rayo en una guerra nuclear que convertiría el Viejo Continente en un solar en el que de poco nos serviría el kit de 72 horas.
Pero lo interesante es que corran los millones, porque como germen de ejército europeo con posibilidades tiene poco recorrido. El plan de marras exige aumentar el gasto de defensa de los Estados en un 1,5% de media, un total colectivo de 650.000 millones de euros más en los próximos cuatro años; préstamos por valor de 150.000 millones de euros para inversiones en defensa; tirar del presupuesto de la UE; y movilizar capital privado para ello. Supuestamente, esto generará 800.000 millones de euros en defensa común, una cifra impresionante y definitiva si todo fuera cuestión de dinero.
Empecemos por lo más obvio: no existe un ejército europeo. Está la OTAN, pero la OTAN es fundamentalmente Estados Unidos, que no está por la labor de respaldarnos en nuestros delirios bélicos y del que se rumorea que podría salirse de la alianza o, al menos, de sus extremos más onerosos.
Por lo demás, ¿dónde se va a gastar ese dinero para hacernos presuntamente independientes? Nuestra industria de defensa da para lo que da, y ya se calcula que dos tercios de las compras se harán, como es costumbre, en Estados Unidos, del que seguiremos, por tanto, dependiendo.
Por mucho que se empeñe Úrsula, la Unión Europea no es una alianza militar y, mucho menos, un megaestado. En la Europa real cada país tiene sus propios intereses militares (¿alguien se va a interesar en nuestra frontera sur?) que cada cual intentaría imponer, rompiendo la unidad de objetivo imprescindible en cualquier fuerza bélica.
Pero siempre nos quedará el kit de 72 años, que irá acumulando polvo en el trastero a la espera de una invasión que, como el derretimiento de los polos, no acaba nunca de llegar.