Inclusión a palos
La semana pasada, un terrible episodio en un instituto de Santander y, por desgracia, nada anecdótico, puso de manifiesto la cara más cruel de la inclusión...

Hace unas semanas, un terrible episodio en un instituto de Santander y, por desgracia, nada anecdótico, puso de manifiesto la cara más cruel de la inclusión educativa en nuestro país. Según datos de Feuso, el 89% de los menores con discapacidad en la escuela ordinaria sufre bullying. Un chico con parálisis cerebral fue víctima de maltrato y bullying por parte de cuatro compañeros de clase. La respuesta del régimen disciplinario fue la expulsión de los agresores durante cinco días. Y a otra cosa.
El deseo de muchos padres de que sus hijos con discapacidad estudien en un modelo educativo ordinario es comprensible y loable. Sin embargo, esta aspiración se convierte en un arma de doble filo. La inclusión, tal como se está implementando, está dejando grandes heridas por el camino, es decir, niños emocional y psicológicamente destrozados. La falta de educación social y la escasez de recursos, tanto materiales como profesionales, crean un entorno hostil para aquellos que ya son vulnerables por su condición.
La inclusión debe ir acompañada de un compromiso real por parte de las instituciones educativas, de formación adecuada para educadores, padres, madres y alumnos, porque las familias que eligen la inclusión lo hacen con la esperanza de que sus hijos sean aceptados y respetados.
A todos aquellos que de manera sesgada defienden la educación que llaman inclusiva como la única verdadera, les pediría que, con el mismo ímpetu que menosprecian otros modelos educativos, intervengan para erradicar esas cifras vergonzosas de maltrato a los menores con discapacidad que han elegido libremente estar en la educación ordinaria.
Si no hay reproche social, no hay delito que se pueda reprimir ni conducta que se pueda corregir.