Fernando Giráldez, un neurocientífico en el Prado: “Velázquez era un explorador del cerebro, un creador de ilusiones”
El especialista en neurociencia describe cómo los grandes pintores hicieron ingeniería inversa del sistema visual y aprendieron a representar la realidad desdibujándola, para hacerla más fiel a cómo la percibimos Hemeroteca - Tu mirada tiene mucho arte: el movimiento de los ojos delata qué estilo estás contemplando Velázquez, Tiziano o Goya eran grandes conocedores del sistema visual, hasta el punto de que aprendieron a pintar “peor” —con menos precisión— para conseguir que la imagen final resultara más real. Es una de las muchas aportaciones sugerentes que nos ofrece el libro Un neurocientífico en el Museo del Prado (Paidós, 2025), en el que el catedrático Fernando Giráldez examina algunas de las obras más famosas de la pinacoteca desde la perspectiva de la neurociencia. “Estos cuadros ilustran muy bien cómo los pintores han sido exploradores del cerebro y nos han devuelto ilusiones visuales para representar la realidad”, explica mientras recorremos varias salas del Prado. “A partir del Renacimiento se encuentran con el desafío de tener que representar el movimiento, la vida y el espacio en una tabla plana, y para eso hay que entender cómo vemos nosotros el mundo y usar las mismas reglas para crear ilusiones ópticas”. Un neurocientífico se cuela en el Museo del Prado para explicar las ilusiones ópticas de los cuadros El libro describe los distintos atajos generados por los artistas para simular la profundidad, el movimiento o incluso crear colores que no están ahí, pero se generan en el cerebro del espectador por yuxtaposición. Y como tantas otras veces en arte, el inicio se puede atribuir a Leonardo da Vinci, uno de los primeros en comprender que difuminar los contornos ofrece una imagen más natural. “Leonardo es el primero que se da cuenta de que hay que borrar las líneas”, explica Giráldez. “Comprende que nosotros vemos el mundo con la retina periférica, que vemos casi todo borroso, excepto en pequeños detalles que vamos fijando con la vista”. El misterio de la Mona Lisa Esta diferencia entre lo que vemos nítido y lo que vemos desenfocado explica el famoso efecto hipnótico de la sonrisa de la Mona Lisa. “Si tú mueves tu mirada de la boca a los ojos y de los ojos a la boca, lo que estás haciendo es mirar con la fóvea, o sea, con lo que ve bien, con la alta resolución en color”, explica el experto delante de la Mona Lisa del Prado, elaborada por discípulos de Leonardo. “Cuando miras a los ojos, la boca se te hace borrosa. Cuando vuelves a mirarla está definida y cuando te alejas se ensancha. Y eso causa una ilusión de movimiento”. Giráldez señala un detalle de la Mona Lisa del Prado. Estos grandes maestros de la pintura fueron aprendiendo unos de otros y encontrando sus propias recetas para reproducir fragmentos de realidad, siendo cada vez menos fieles a ella y desarrollando una imagen a partir de unas pocas pinceladas. “Los objetos nunca son estáticos y nunca están delimitados”, explica Giráldez. Quien lo lleva al extremo, en tiempos de Felipe II, es Tiziano, porque con él ya se pierden completamente los contornos. “Mira, eso que ves de lejos es un farol”, afirma el experto, señalando el cuadro La oración en el huerto. “Si te acercas, son dos brochazos. Luego tú compones la imagen en tu cabeza”. La gramática visual de Velázquez Esta es la pintura de borrones que más tarde va a inspirar a Velázquez, que se convierte en gran maestro, capaz incluso de pintar el aire o de incorporarnos a nosotros dentro del cuadro, como hace en Las meninas. “Velázquez domina la gramática visual”, resume Giráldez. Al acercarse a la obra, uno recuerda la perplejidad del pintor Antonio Palomino al ponerse delante de Las meninas en el siglo XVII. “¿Cómo es posible que yo, a cinco metros, vea una habitación con gente como si fuera verdad y, si me acerco, no veo más que borrones? Por eso dijo aquello de que de cerca no se comprend

El especialista en neurociencia describe cómo los grandes pintores hicieron ingeniería inversa del sistema visual y aprendieron a representar la realidad desdibujándola, para hacerla más fiel a cómo la percibimos
Hemeroteca - Tu mirada tiene mucho arte: el movimiento de los ojos delata qué estilo estás contemplando
Velázquez, Tiziano o Goya eran grandes conocedores del sistema visual, hasta el punto de que aprendieron a pintar “peor” —con menos precisión— para conseguir que la imagen final resultara más real. Es una de las muchas aportaciones sugerentes que nos ofrece el libro Un neurocientífico en el Museo del Prado (Paidós, 2025), en el que el catedrático Fernando Giráldez examina algunas de las obras más famosas de la pinacoteca desde la perspectiva de la neurociencia.
“Estos cuadros ilustran muy bien cómo los pintores han sido exploradores del cerebro y nos han devuelto ilusiones visuales para representar la realidad”, explica mientras recorremos varias salas del Prado. “A partir del Renacimiento se encuentran con el desafío de tener que representar el movimiento, la vida y el espacio en una tabla plana, y para eso hay que entender cómo vemos nosotros el mundo y usar las mismas reglas para crear ilusiones ópticas”.
Un neurocientífico se cuela en el Museo del Prado para explicar las ilusiones ópticas de los cuadros
El libro describe los distintos atajos generados por los artistas para simular la profundidad, el movimiento o incluso crear colores que no están ahí, pero se generan en el cerebro del espectador por yuxtaposición. Y como tantas otras veces en arte, el inicio se puede atribuir a Leonardo da Vinci, uno de los primeros en comprender que difuminar los contornos ofrece una imagen más natural. “Leonardo es el primero que se da cuenta de que hay que borrar las líneas”, explica Giráldez. “Comprende que nosotros vemos el mundo con la retina periférica, que vemos casi todo borroso, excepto en pequeños detalles que vamos fijando con la vista”.
El misterio de la Mona Lisa
Esta diferencia entre lo que vemos nítido y lo que vemos desenfocado explica el famoso efecto hipnótico de la sonrisa de la Mona Lisa. “Si tú mueves tu mirada de la boca a los ojos y de los ojos a la boca, lo que estás haciendo es mirar con la fóvea, o sea, con lo que ve bien, con la alta resolución en color”, explica el experto delante de la Mona Lisa del Prado, elaborada por discípulos de Leonardo. “Cuando miras a los ojos, la boca se te hace borrosa. Cuando vuelves a mirarla está definida y cuando te alejas se ensancha. Y eso causa una ilusión de movimiento”.
Estos grandes maestros de la pintura fueron aprendiendo unos de otros y encontrando sus propias recetas para reproducir fragmentos de realidad, siendo cada vez menos fieles a ella y desarrollando una imagen a partir de unas pocas pinceladas. “Los objetos nunca son estáticos y nunca están delimitados”, explica Giráldez. Quien lo lleva al extremo, en tiempos de Felipe II, es Tiziano, porque con él ya se pierden completamente los contornos. “Mira, eso que ves de lejos es un farol”, afirma el experto, señalando el cuadro La oración en el huerto. “Si te acercas, son dos brochazos. Luego tú compones la imagen en tu cabeza”.
La gramática visual de Velázquez
Esta es la pintura de borrones que más tarde va a inspirar a Velázquez, que se convierte en gran maestro, capaz incluso de pintar el aire o de incorporarnos a nosotros dentro del cuadro, como hace en Las meninas. “Velázquez domina la gramática visual”, resume Giráldez. Al acercarse a la obra, uno recuerda la perplejidad del pintor Antonio Palomino al ponerse delante de Las meninas en el siglo XVII. “¿Cómo es posible que yo, a cinco metros, vea una habitación con gente como si fuera verdad y, si me acerco, no veo más que borrones? Por eso dijo aquello de que de cerca no se comprendía y de lejos parecía un milagro”.
“Velázquez incluye muy sutilmente otras herramientas de exploración cerebral”, detalla Giráldez. “Primero, la iluminación y las sombras. Restringe la paleta de colores y la luz de tal modo que toda la visión sea más propiamente visión de los bastones, visión periférica”. En las condiciones originales en las que estaba el cuadro en las estancias de Felipe IV, en semioscuridad, el efecto era todavía más impactante: las figuras parecían estar mirando realmente al observador.
Para crear el espacio, Velázquez hace otras dos cosas. “Pone borroso lo que está más lejos, pero a la vez contradice la regla de que lo que está más alejado tiene tonos azules, descubierta por los flamencos. A él le da igual y no le importa pintar un foco de luz al fondo, que es amarillo, porque se centra en el gradiente de resolución: lo que hace es pintar el fondo de la habitación y después todos los estadios intermedios, de tal modo que el aire se mete por detrás de los personajes, por detrás del cuadro”.
Estas habilidades hacen que nadie haya manejado la perspectiva aérea como Velázquez. “Es capaz de pintar con el pequeño borrón. Esto, si te das cuenta, es pintar mal para que parezca de verdad, que es otra de las cosas contraintuitivas que tiene el cerebro”. Desde el punto de vista técnico, resume, Las meninas son “el logro final de la pintura”. “Es como conseguir representar el espacio y la vitalidad en una obra, y esto es lo que la ha hecho universal”, concluye.