Escribir sin brújula, sin norte
Un road trip protagonizado por un chico que quiere conocer a su padre y una chica que arrastra demasiados fantasmas. El destino del viaje, además, es una ciudad famosa por los avistamientos de ovnis. No hace falta decir más. En este making of Carlos Ferráez desvela el origen de su novela Mapas inútiles (Almadía). ***... Leer más La entrada Escribir sin brújula, sin norte aparece primero en Zenda.

Un road trip protagonizado por un chico que quiere conocer a su padre y una chica que arrastra demasiados fantasmas. El destino del viaje, además, es una ciudad famosa por los avistamientos de ovnis. No hace falta decir más.
En este making of Carlos Ferráez desvela el origen de su novela Mapas inútiles (Almadía).
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Me mudé a Barcelona en el 2019 sin demasiada idea de cómo esa decisión convertiría mi vida en un ir y venir medio nomádico, primero entre países, México y España, entre ciudades, la CDMX y Barcelona, después entre distintos barrios barceloneses a través del complejo mercado inmobiliario de esta ciudad, con muchas mudanzas, ya ni sé cuántas, por lo menos nueve, ya dejé de contarlas.
Escritura fragmentada
Escribí Mapas inútiles en medio de ese torbellino. La escritura se convirtió en una acompañante. A veces en una obligación, incómoda y forzada entre trámites, papeleo y compromisos de toda índole: de trabajo, de pareja, familiares y académicos. Otras, en el norte que me pedía el desorden, en un proyecto que le confería algo de sentido a todo ese movimiento que a veces se sentía muy incoherente. Hablo desde mi experiencia pero sé que es un sentir compartido, el de no tener tiempo para escribir, el sentir la presión punzante de Lo Otro, sea lo que sea que eso signifique en la vida de Los Otros.
Encontrar el tiempo, rasparlo del fondo de la olla, tuvo que ver con el espacio que el proyecto ocupó en mi mente durante los cuatro años que tardé en escribirlo. En medio de la escritura, a la par de este libro, hay un mapa bastante inútil y errático: un cúmulo de notas aleatorias en el celular, apuntes con letra chiquita perdidos entre los márgenes de lecturas de referencia, un montón de libros pendientes en una cola que crece y crece y que continúa creciendo a pesar de que el libro está terminado y publicado, citas, dibujos y notas de clases escritas al margen, observaciones sobre conversaciones con talleristas y compañeros y profesores, una larga larguísima lista de títulos posibles y archivos con nombres como mapasfinal.doc, mapasfinalfinal.doc, mapasediciónfinal.doc, mapasahorasífinal.doc y así y así ad infinitum.
Crear andamios, ideas de estructura
Si uno tiene el texto en las manos verá que está estructurado con dos voces que se intercalan para contar el viaje de dos personas jóvenes que van, sin demasiada idea de lo que realmente están buscando, al norte de México, al puerto de Tampico, a intentar desentrañar los secretos y silencios de sus familias. Esta configuración es un andamio construido a través del ensayo y error, mucha autoedición, muchas páginas descartadas, decisiones y hallazgos propios de la escritura y sobre todo tiempo de pensar y tiempo de escribir. Pero hay una segunda estructura a la que no se puede acceder a través del texto, que me parece igual de importante.
Como todo, los proyectos de escritura requieren de algún tipo de esqueleto que las sostenga, que las haga resistentes al tiempo, a la intemperie, a Lo Otro. Hay gente prolífica que puede asignarle ese lugar, crear huesos de sostén bien calcificados a base de pura determinación y constancia, y si Quien Lee tiene algún interés en escribir, recomendaría seguir ese camino, generar el hábito de la escritura, cultivarlo y cumplir con él sin demasiadas licencias. Sin embargo, para mí, al escribir Mapas inútiles en las condiciones en las que lo escribí, la constancia y el orden estaban offline, 404, MIA.
Eché mano de la imaginación en muchos momentos, y también de la amistad. En uno de los años más extraños de mi vida, extrañamente felices quiero decir, me vi a mí mismo en Barcelona, cursando un máster de escritura, rodeado de otra gente con proyectos literarios. En ese momento trabajaba para una productora audiovisual en México en horarios mexicanos, por lo que tenía las mañanas libres y tenía tiempo para dedicarle al libro. Pero el tiempo disponible tiene un doble filo para personas dispersas, procrastinadoras y distraídas como yo.
Junto a quienes llamaremos R y C, porque no me han dado su autorización explícita para nombrarlos en este texto, amigos y escritores latinoamericanos que cursaban el mismo máster de escritura, que compartían conmigo algo de la misma incertidumbre habitacional, inventamos excusas para obligarnos a sentarnos a escribir.
Una mesa de ping pong que se apreció, profética, en una conversación en la plaza de Joanic.
Esta sección es más bien un chiste elaborado e interno que ha tomado mucha fuerza en mi imaginario y seguramente he reescrito para hacerlo más interesante, memorable y literario. La idea de la mejor mesa de ping pong de Barcelona fue escupida por R una tarde en la plaza Joanic, mientras buscábamos una caja de madera o plástico en los locales aledaños para colocar sobre los charcos de agua turbia que se habían formado delante de la mesa pública de ping pong. Balanceándose cuidadosamente sobre una de las cajas, intentando contrarrestar el backspin de la pelota sin caer al charco, R dijo: ¿cuál será la mejor mesa de ping pong de Barcelona? Bastó la pregunta para imaginar, y la imaginación para que emprendiéramos primero una búsqueda por la página del Ajuntament de Barcelona, donde dimos con un mapa de mesas públicas que están regadas en plazas y parques por toda la ciudad, luego ya con el mapa descargado, una peregrinación a las que quedaban entre nuestras casas, y finalmente las más lejanas, las del Parc Güell y unas que quedan cerca del Camp Nou.
Por supuesto que para que todo aquello tuviera sentido, antes de que pudiéramos estar raqueta en mano teníamos que cumplir con cierto número de páginas avanzadas de nuestros proyectos o, en ocasiones, buscar el café más cercano a la mesa que probaríamos y sentarnos a pensar en los textos y, por supuesto, a escribir. La mesa como metáfora de la búsqueda y del orden es absurda y graciosa, un ejemplo de las estructuras de las que me he valido para escribir. Seguir escribiendo. No abandonar la escritura.
La pandemia y el encierro
Esta novela atravesó la pandemia del COVID-19, donde la escritura, como todo lo demás, perdió un poco de sentido al principio y después volvió en forma de salvavidas de atención, distracción y escapismo. Las herramientas para escribir en el encierro tuvieron más que ver con las rutinas, horarios fijos, alarmas para tomar breaks y mirar por la ventana para no atrofiar la vista. Creo que el encierro y la exclusión no le hacen bien a la creatividad.
Talleres y escuelas de escritura. Escribir acompañado. Pensar el colectivo.
He escrito dentro y fuera de instancias de taller y de escuelas de escritura. He encontrado en los talleres un exoesqueleto que me sirve para no quitar el dedo del renglón. Además he conocido a amigas y amigos bellísimos, excelentes escritorxs y lectorxs que me acompañaron durante un largo trecho del proceso de escritura y para quienes tengo el más grande agradecimiento. Generar complicidad con otra gente que está atravesando un proceso creativo, que escribe en secreto, en sus tiempos libres y subraya en los viajes en el metro es, en mi opinión, algo que suma en la búsqueda de maneras de decir las cosas. Sirve también para afilar el criterio propio de lo que resuena y funciona para tu texto, y finalmente para pensar y seguir pensando en libros y escritura.
escribir en minúsculas
tengo configurado todo en mi escritura digital para que funcione sin capitalizar automáticamente y ejerzo esa escritura siempre que la formalidad del escrito lo permite.
esto nació como un capricho estético, una fascinación por las letras minúsculas que no tiene mucho sentido, un chiste propio que no da mucha risa. algo que me divierte y que seguramente le robé a alguien más.
creo que puede ser medio metafórico para no tener grandes pretensiones con lo que escribo. supongo que estoy diciendo que las mayúsculas me parecen muy formalitas. todas grandes dictando qué es Lo Importante.
El fin de la incertidumbre
No quiero romantizar demasiado el proceso de esta novela, porque no ha sido romántico. No estoy enamorado de este estilo de escritura desordenada, y fantaseo con que termine. Imagino un estudio con espacio para la escritura y otros intereses creativos, un cuarto amplio y luminoso con un escritorio para estar sentado y otro para estar parado, o el mismo pero ajustable, a la medida, en el cual acomodarme y pasar algunas horas, tampoco tantas (mi fantasía no es de tortura sino de holgura). Fantaseo con el tiempo, con tener horas, dos al día, sin distracciones, frente a una computadora sin acceso a internet. Es decir, en la fantasía tengo dos computadoras y he elegido dejar una de ellas desconectada del internet. Un monitor y un teclado donde puedo vaciar la información que he investigado y pensado con anterioridad. Luego, en el mundo, mientras eso no ocurra, seguiré escribiendo como una criatura ciega que sospecha que hay algo en llamas, un peligro urgente y cercano, que la lleva a dar tumbos, y esos tumbos a veces tienen gracia, otras veces son graciosos, pero ya en ellos está la escritura.
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Autor: Carlos Ferráez. Título: Mapas inútiles. Editorial: Almadía. Venta: Todos tus libros.
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