La narrativa autocrática

Cambio libertad por comodidad.

Mar 25, 2025 - 07:59
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La narrativa autocrática
Costumbrismo Digital por Juan Luis Saldaña

Existe una narrativa autocrática en la sociedad occidental. Es cada vez más evidente y más grave, como una enfermedad lenta que va infectando sistemas y organismos. Los titulares, las noticias y el tratamiento informativo en general utilizan cada vez más la brocha gorda cuando hablan de las decisiones de los diferentes líderes democráticos. Se nos presentan como caudillos titulares de un poder omnímodo, liberados por completo del control inherente al propio concepto de democracia. Nos la van colando poco a poco.

Estamos obviando, por ejemplo, que detrás de cada decisión de Trump hay un sistema de contrapesos, una oposición, medio país en contra, un poder ejecutivo y una prensa que, más o menos, trata de ejercer un control en la medida de sus posibilidades. También nos olvidamos que detrás de una decisión del Consejo de Ministros de España sobre un decreto ley, por ejemplo, existe un sistema de garantías que hace que quien convalide esa norma sea el parlamento, que es el depositario de la Soberanía Nacional. Pero hemos dado por bueno el titular facilón de “Trump pone un arancel” o “Sánchez impone la ley Begoña”.

Es indudable que esta narrativa autocrática existe y que, de algún modo, el mundo occidental se asoma sin prudencia al abismo de la autocracia y que juega con el fuego del totalitarismo. Hay una fascinación por el poder en la política y existe también un miedo servil y una cierta mitificación bufonesca en el periodismo mundial. Da la sensación de que el líder vende más, como la estrella deportiva o el superhéroe de Marvel, y se le presta un poder discursivo que no tiene en realidad para que todo suene más redondo.

El poder reside en el pueblo y el pueblo, cada vez más, está adormecido, flojo, sin tono muscular, añorando recuperar su tiempo para gastarlo en la horterada esa de peli, sofá y manta

¿De quién es el poder? Según el pensamiento que nos ha traído hasta aquí, con permiso de Montesquieu, Tocqueville, Locke, Mill o Adam Smith, en la democracia liberal, el poder reside en el pueblo y el pueblo, cada vez más, está adormecido, flojo, sin tono muscular, añorando recuperar su tiempo para gastarlo en la horterada esa de peli, sofá y manta, mientras le roban su patrimonio más importante: la libertad. Otros pensadores ya pasaron por una situación algo parecida a esta y dejaron ideas que podrían sernos útiles, si utilizáramos la mente algún día hábil en horario de ocho a tres.

Hannah Arendt alertó sobre cómo el totalitarismo se nutre de la manipulación de la narrativa pública para consolidar un poder absoluto. Pierre Bourdieu destacó el rol del capital simbólico en la construcción de una autoridad casi incuestionable en contextos autocráticos. Por su parte, Carl Schmitt puso en evidencia el peligro de la suspensión de normas mediante el estado de excepción, un mecanismo que permite a los líderes concentrar poder en situaciones de crisis. Suena todo demasiado parecido, repetitivo y amenazante. Suena como la erosión del mar contra la roca, como un viento de cambio hacia un futuro incierto. Cuidado.