La Casa de las Malvinas: memorias de un intento de confraternizar con los isleños antes de la guerra
Fue una organización que promovió la cooperación educativa durante los años 70, en busca de una recuperación pacífica del archipiélago; la idea quedó trunca ante la falta de apoyo del gobierno militar

LA PLATA.- Perdida en la neblina del tiempo y casi olvidada por la historia, la llamada “Casa de las Malvinas” representó una peculiar iniciativa que funcionó entre 1973 y 1977 con el propósito formal de promover el mutuo conocimiento y afianzar lazos entre los habitantes de las islas australes y el continente.
Fundada el 10 de junio de 1973, y establecida como asociación civil sin fines de lucro, tuvo su sede en un departamento en el primer piso de un edificio ubicado en la calle Rodríguez Peña 1051, en la ciudad de Buenos Aires. Su plan de acción comprendía la organización de actos, conferencias en establecimientos educativos, asociaciones civiles, clubes de todo el territorio nacional así como viajes a Malvinas con el fin de establecer “contactos personales con sus habitantes, llevar objetos típicos, promover la visita de malvinenses, realizar gestiones para quienes necesitan tratamientos médicos o quirúrgicos”, según lo que se informa en un folleto de la propia entidad, impreso octubre de 1977.
Entre sus actividades destacadas brindó un espacio de contención para becarios provenientes del archipiélago que viajaban a completar sus estudios en colegios bilingües del país. Además, elaboró piezas de difusión con información sobre la historia y características de las islas Malvinas, las cuales se utilizaron principalmente en las charlas desarrolladas en escuelas de la Capital Federal y el conurbano bonaerense.
La Casa de las Malvinas fue presidida por Leticia Galarce, quien, en ese entonces, era miembro de la Sala de Representantes porteña y dirigente del partido Unión Popular, una de las fuerzas que integró el Frente Justicialista de Liberación (FreJuLi) que llevó a Héctor J. Cámpora a la presidencia de la Nación. Ese mismo año, ya con Juan Domingo Perón en el poder, se instituyó el 10 de junio como el “Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Malvinas”, en recuerdo de la designación de Luis Vernet como primer comandante de Puerto Soledad en 1829. La norma dispuso la realización de actos alusivos en todo el territorio nacional que, en el caso de la ciudad de Buenos Aires, fueron organizados en los años subsiguientes por la Casa de las Malvinas.
Como entidad intermedia no disponía de un presupuesto ni recursos propios. Por lo que, para llevar a cabo sus actividades, dependía de la contribución de adherentes y, en gran medida, de los contactos de la propia Galarce casada con José Luis Cora, dirigente fundador de Unión Popular y cercano a figuras prominentes del peronismo. Polifacética, Galarce presidía, asimismo, el Comité de Ayuda a Escuelas de Frontera y era vicepresidente de la Fundación Universidades de la Patagonia. Según la mujer -hoy de 82 años- el grupo de trabajo de la Casa de las Malvinas era muy reducido aunque tenía muy buenos colaboradores que contribuían para conseguir lo necesario –básicamente dinero–, para llevar a cabo la tarea.
Entre ellos mencionó a los diputados peronistas Arolinda Bonifatti y Adriano Ariani; el senador Alberto Maria Fonrouge, del Partido Conservador Popular, por entonces aliado del PJ; y, entre otros, a Julio Dodero y Beatriz Seren. También participaban en las actividades las escritoras Poldy Bird y Julia Prilutzky Farny. En 1978 Prilutzky Farny publicó el poema “Nuestras Malvinas” en las que las llamó “amazonas nostálgicas”; “deslumbrante avanzada de la patria”.
La Casa de las Malvinas llegó a contar, incluso, con un escudo distintivo, formado por un círculo rodeado de laureles y el mapa de las islas sobre la bandera nacional. Si se tiene en cuenta la organización de actos con presencia de autoridades, los viajes de intercambio y la publicación de miles de folletos es posible advertir su capacidad e influencia. Le brindaban apoyo empresas como Ferrocarriles Argentinos, el grupo santafecino “Árbol Solo”, liderado por Héctor Francisco Capózzolo; la filial argentina del Banco de Boston y la firma Inversiones Unidas SA, entre otras compañías importantes.
A su vez, a modo de aporte personal, la institución recibió en donación varias obras del prestigioso artista plástico Carlos Alonso.
En uno de los folletos de difusión se incluyó un apartado bajo el título: “Nuestra posición política”. en el que se indicó que ante la “usurpación de las Malvinas” Argentina había mantenido una “posición de absoluta claridad” en reclamo para recuperar su soberanía basada en legislación internacional. “Todos deseamos ver un dia nuestra bandera azul y blanca en el cielo de Malvinas. Quizas ese día no esté muy lejos”, concluyó el texto.
Acercamiento diplomático
La Casa de las Malvinas desarrolló su actividad en un contexto marcado por los avances diplomáticos surgidos tras la Resolución 2065 de la ONU, de1965, que invitó a continuar las negociaciones sobre la soberanía de las islas.
A pesar de los esfuerzos y la firma en 1968 de un Memorándum de Entendimiento para una solución amistosa, la resistencia de inversores británicos y de los propios isleños complicó el proceso. Argentina, entonces, trabajó para mejorar las relaciones con los pobladores de las islas, logrando en 1971 los Acuerdos de Comunicaciones, que avanzaron en medidas sobre educación, traslado de personas, trámites y telecomunicaciones.
Fue en esos años que en el archipiélago se construyó un aeródromo y se establecieron líneas regulares de transporte aéreo y marítimo, además de brindarse otros servicios esenciales para la población como la instalación de una oficina de correo, una planta para la provisión de gas natural y una estación de servicio de YPF.
Ese proceso había dado lugar, asimismo, a un programa de intercambio educativo por el cual, alumnos isleños viajaron al continente para continuar sus estudios en colegios bilingües con becas otorgadas por la Cancillería y el Ministerio de Educación que incluían, además, la previsión de estadía en casas de acogida o, en algunos casos, en los propios establecimientos educativos en carácter de pupilos.
Las becas se gestionaron a través de un delegado en Malvinas. La primera camada de becarios llegó al continente durante el período escolar 1972. Al año siguiente, apenas conformada, la Casa de las Malvinas se abocó como tarea prioritaria a ofrecer “contención humana, logística y material” a los becarios, que en su mayoría estaban pupilos en los establecimientos educativos.
Se entregó material didáctico, bibliografía, vestimenta y hasta se llegó a solventar las comunicaciones con las islas. El ya citado diputado santacruceño Ariani promovio en una oportunidad un viaje de esparcimiento por el cual un grupo de becarios que estaban en Santa Cruz viajaron a Buenos Aires y visitaron el Cabildo y la Fragata Presidente Sarmiento, además de concurrir al estadio de River Plate y al parque de diversiones Italpark.
En 1974, un contingente de la Casa de las Malvinas viajó por primera vez a Malvinas gracias a la donación de pasajes de la empresa Líneas Aéreas del Estado (LADE) que desde hacía dos años había establecido vuelos regulares entre las islas y Comodoro Rivadavia. Durante esa visita, se gestionó, entre otras cosas, la internación de Sylda Jane Johnson, una isleña con peritonitis, quien fue trasladada al Hospital Británico.
Desde entonces, la apertura de vínculos directos en las islas permitieron llevar adelante, aunque en forma precaria, un sistema de asistencia con elementos sanitarios, medicamentos, traslados de personas y mercaderías y hasta el establecimiento de un pequeño museo con objetos típicos de distintas regiones del país instalado en una de las oficinas de LADE sobre la calle Ross Road. De ese espacio se hizo cargo Reynaldo Gustavo Reed, un isleño cuyo padre lo había inscripto como ciudadano argentino y fue el primero en realizar el servicio militar obligatorio siguiendo la normativa vigente. A su vez, sus hijos fueron becarios y estudiaron en el continente.
Galarce recuerda, en diálogo con LA NACION, que los impulsaba un lema que decía más o menos así: “Compatriota, así como conocer la patria es un deber, visitar Malvinas es un derecho”.
La mujer contó que se había interesado por las Malvinas muchos años antes debido a su relación con la familia del dirigente peronista Dardo Cabo, quien en 1966 lideró el Operativo Cóndor. Junto a un grupo de militantes, desvió un vuelo de Aerolíneas Argentinas que se dirigía a Río Gallegos y obligó al comandante a aterrizar en Malvinas, donde tomaron rehenes, izaron la bandera nacional y exigieron al gobernador que reconociera la soberanía de Argentina sobre las islas.
“Nosotros compartíamos la idea de hacer valer la soberanía, pero no por la violencia. Creíamos que era necesario trabajar con la comunidad y, sobre todo, poner en el centro la ayuda que desde el continente se podia proporcionar para satisfacer las necesidades reales de los isleños”, explicó Galarce. Por eso, desde la Casa de las Malvinas se trabajó la vinculación de los becarios y se fomentaba la realización de encuentros, eventos culturales, agasajos, viajes y comunicación permanente con las islas.
“Fue un trabajo de hormiga que terminó en la dictadura porque los militares tenían otros planes”, contó Galarce. Y recuerda que, aunque durante los primeros dos años del régimen instaurado el 24 de marzo de 1976 la experiencia continuó sin problemas, hacia finales de 1977 fueron convocados a una reunión por el presidente de facto, general Jorge Rafael Videla, quien les expresó reparos de Cancillería sobre las actividades de la entidad. Si bien no se sintieron presionados, tras ese encuentro, se decidió dar por finalizada la labor y disolver la asociación.
El estudio de los lazos civiles
Aunque no es posible hallar demasiadas referencias sobre su existencia y acciones desplegadas, la Casa de las Malvinas se erige como uno de los pocos antecedentes previos al conflicto bélico.
La experiencia fue objeto de estudio de los investigadores Jazmín Maccari y Federico Gómez miembros del Laboratorio de Políticas Públicas hacia la Cuestión Malvinas dependiente de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), que en estos días están presentando un libro que contiene los trazos de la historia titulado La Casa de las Malvinas. Un actor, su historia… todo por contar (Dunken 2024)
“Empezamos a mirar para atrás para ver qué pasaba con Malvinas antes de la guerra de 1982 y lo primero que observamos es que había un gran vacío. Cuando hablamos de Malvinas en general la referencia apunta al hecho bélico, la posguerra, o las figuras de los excombatientes, los veteranos y los caídos, por eso nos interesó empezar a mirar más atrás en el tiempo”, explicó Gómez, quien junto a Maccari se encuentra ahora trabajando con las historias de los becarios.
En ese contexto de interacciones previas a la guerra se inscribe también la historia de una decena de maestras argentinas que entre 1974 y 1982 enseñaron español en las islas. De hecho, Maccari y Gómez iniciaron sus indagaciones con ese tema en 2019 y alumbraron otro libro titulado Señorita maestra, las maestras argentinas en nuestras Malvinas (Dunken 2023).
Maccari comentó que si bien inicialmente las maestras enseñaban español a estudiantes de nivel primario y secundario, luego se hizo una apertura hacia personas adultas, cabe destacar que en las Islas en ese entonces había llegado empleados pertenecientes a la Argentina continental y por ende el español se convierte en una suerte de herramienta de comunicación.
Las maestras que estuvieron en Malvinas fueron las hermanas María Fernanda y Maria Teresa Cañás, Marta Grace Tricotti, Teresa Volpe, María Eugenia Grecco, Lilian García, Nora Prietto, Maurice Mathews, Alicia Zapata, María Alejandra Hills y María Isabel Hoffmann.