El amor platónico, ¿qué es en realidad?
En el lenguaje coloquial, se dice que es aquel amor ideal que jamás podrá ser consumado. Pero Platón no se refirió al amor en esos términos. La entrada El amor platónico, ¿qué es en realidad? se publicó primero en Ethic.

Aunque hoy se haya convertido casi en un meme, es difícil olvidar la lacrimógena escena en la que Jack cede a Rose una puerta a la deriva en el Titanic de James Cameron. El coste, es bien sabido, no fue otro que su muerte. ¿Qué habría podido llevar a alguien a tomar una decisión tan demencial de no ser el amor? En el Banquete de Platón, Sócrates habla de Eros, el amor pasional, y no de Philia, el amor que vincula a familiares o a amigos. Es en el transcurso de esta obra donde Platón presenta su conocida concepción de amor, recordada equívocamente con el tópico del «amor platónico».
En el lenguaje coloquial se dice que un amor platónico es aquel amor ideal que jamás podrá ser consumado materialmente. Con un aroma futurista no muy alejado de nuestro presente, en Her el protagonista es un redactor que no consigue superar una ruptura matrimonial. No lo consigue, al menos, hasta que conoce a Samantha, una inteligencia artificial con la que se comunica verbalmente. El protagonista, Theodore, se enamora perdidamente de ella, pero hay un pequeño inconveniente expuesto magistralmente en la película. Samantha no es un ser biológico, ni siquiera físico, material, por lo que la posibilidad de la consumación sexual –así como de la mera convivencia física– es inviable, motivo que los conduce a una crisis de pareja que fricciona con lo existencial. Hasta cierto punto, se diría que este es un amor platónico: un amor, en realidad, imposible.
La novela Las penas del joven Werther dibuja una imagen similar, pero no idéntica, de esta comprensión cotidiana del amor platónico. Werther es un muchacho perdidamente enamorado –por no decir obsesionado– de Lotte, una joven ya comprometida. Pese a los muchos esfuerzos de Werther, Lotte no puede más que ofrecerle una casta amistad, un amor platónico que solo cristaliza en un fugaz beso, ante lo cual el protagonista no atisba otra alternativa que el suicidio.
Platón presenta al amor (Eros) como el hijo de la pobreza (Penia)
En pos de la exactitud, Platón no se refirió al amor en estos términos. De un modo harto significativo, este presenta al amor (Eros) como el hijo de la pobreza (Penia). El amor es esencialmente una carencia y, así, quien está enamorado se siente incompleto, necesita algo. Este algo, por supuesto, no es otra cosa que la persona amada. Ahora bien, como señala en el Banquete el personaje de Aristófanes, el fin del amor no es el sexo, sino que los verdaderos amantes quieren algo más. ¿Qué es?
Quieren eternidad, tiempo. Y he aquí por qué todo amor es trágico: a pesar de que anhela la eternidad, la espada de Damocles del tiempo pende sobre él. Tarde o temprano, alguno de los amantes morirá. Luego será el otro, y su amor, en definitiva, se disipará como humo en el viento.
Para el filósofo griego, este deseo de inmortalidad se manifiesta en un proceso que se inicia con la apreciación de la belleza en el cuerpo físico ajeno (a no ser que seamos un Narciso). Todo comienza con la atracción que, por cierto, tan sublimemente contagia Paolo Sorrentino en su última película, Parthenope. El enamorado codicia un cuerpo.
La atracción física es el puerto de origen, pero no el destino pues, recordemos, el amor quiere algo más que sexo. En un sentido bastante lejano del actual, el siguiente estadio del amor platónico pasa por la superación de la belleza carnal. La comprensión del amor demanda que el amante reconozca que la belleza del ser amado no es más que una exhibición concreta, superficial, de algo mucho más amplio que lo desborda.
La fascinación por el físico, por la carne, da pie a una atracción más honda, interna: el amor por el alma. Es decir, el amor por aquello que, según el relato platónico, hay de inmortal en cada uno de nosotros. Por mucho que intentemos rehuirlo con el skincare, nuestro cuerpo corruptible no puede escapar del imperio del tiempo. No así nuestro yo, nuestra alma abstracta, que siempre permanece incólume. Pero el amor por el alma tampoco es el puerto de llegada.
El estadio final para el amante que anhela la inmortalidad reside en la visión de la belleza. No de este cuerpo, o de aquella persona –de su alma–, sino del fenómeno general. El aventurero enamorado que es capaz de perseguir con fervor la eternidad, finalmente la hallará en la comprensión del manantial del que ha emanado su impulso amoroso inicial. Es ahí, en esa contemplación de la belleza eterna y abstracta, en donde radica el verdadero sentido del amor platónico.
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