'The Studio': Seth Rogen se ríe de todas las patologías del Hollywood actual en la serie de Apple TV+
Esta divertidísima comedia llena de cameos estelares satiriza la industria del cine con tanta ironía como cariño.

Matt Remick adora el cine. El protagonista de The Studio, al que Seth Rogen interpreta con una sinceridad palpable, lleva enamorado del séptimo arte desde que vio su primer largometraje en salas; y cuando la serie da el pistoletazo de salida, acaba de ser ascendido al más alto cargo de la ficticia Continental Studios, una productora con más de cien años de historia firmando películas. Ahí es cuando descubre la cruda realidad: ahora su trabajo es arruinarlas.
Es un cuento tan antiguo como la vida misma: la eterna batalla entre el arte y el comercio. El personaje de Rogen es inseguro y exasperante, rozando en ocasiones la más pura cringe comedy de The Office en sus inicios, pero hay un núcleo en él que nos hace conectar y empatizar hasta con la más estúpida de sus metidas de pata: es un hombre bienintencionado que ya ha perdido la batalla.
Y la batalla, claro, es entrar de lleno en la era de la propiedad intelectual y el blockbuster descerebrado y tratar de sacar adelante, en sus propias palabras, "una nueva La semilla del diablo, o Annie Hall, o alguna otra gran película que no dirigiera un pervertido".
La sátira hollywoodiense no es una premisa nueva, por supuesto, pero Rogen y su equipo (que incluye a su habitual compañero de trifulcas, Evan Goldberg, así como a múltiples guionistas de la maravillosa Veep) lo saben perfectamente.
Van de cara, incluso, bautizando al propietario de Continental (un desatadísimo Bryan Cranston, pasándoselo como nunca emulando al productor Robert Evans) con el nombre del protagonista de The Player, la ya cuasi-legendaria parodia de la industria que firmó Robert Altman a principios de los 90.
Pero hay dos elementos que diferencian The Studio de otras burlonas deconstrucciones recientes del proceso de hacer cine: su ambición desatada y su atención al detalle. A diferencia de muchos guiones previos de Rogen y Goldberg, que cedían a sus actores amplio margen para la improvisación; cada episodio de su nueva comedia es un pequeño reloj suizo en sí mismo, calibrado al milímetro para funcionar.
No les queda otra, ya que los dos amigos de infancia (que escribieron el primer borrador de Supersalidos a sus tiernos 13 años) toman también las riendas de la dirección de toda la serie, optando por rodarla enteramente mediante planos secuencia.
El recurso, que en principio podría parecer innecesario para una sitcom, termina siendo un inesperado golpe de genio, contribuyendo de forma constante a la eterna sensación de pánico y caos que compone cada rodaje, cada gala de premios, cada pequeño vistazo a la existencia de estos personajes.
La serie se regocija por completo en su estructura semiepisódica, dedicando casi cada entrega a una producción distinta del estudio ficticio a través de una nueva premisa, desde intentar rodar a tiempo el plano final de un drama intimista hasta investigar la misteriosa desaparición de un rollo de película irreemplazable como si de un genuino noir se tratara.
Como es de esperar en una propuesta tan marcada, hay episodios que destacan más que otros (de especial genio es el hilo conductor sobre una película familiar basada en una marca de refrescos, que nos da desde un demencial proceso interno de cásting hasta un hilarante intento de contratar a Martin Scorsese para escribirla y dirigirla).
Pero, pese a alternar entre dar más cancha a su reparto principal —en el que brillan con luz propia Catherine O'Hara y una Kathryn Hahn recién salida de Agatha, ¿quién si no?— o a su interminable lista de cameos, la serie nunca pierde el foco.
Y esto se demuestra más que nunca en su divertidísimo season finale de dos partes, una culminación catártica de todo lo visto hasta el momento en la que el estudio pende de un hilo ante la posibilidad de la irrelevancia, plasmada mediante una posible compra por parte de Amazon que los sacaría de las salas de cine para siempre.
Es bastante lícito, en especial tras los fracasos en taquilla de cartas de amor-odio al cine como Babylon, preguntarse si el gran público abrazará una propuesta tan autocomplaciente como es The Studio, nacida para morder (con cariño) la mano que le da de comer al propio Rogen. Pero también es innegable que la serie funciona a las mil maravillas incluso obviando su lado más satírico, trayendo de vuelta la workplace comedy absurdista por la que optaban sitcoms como Rockefeller Plaza la pasada década.
Y por cada momento en el que Rogen y su equipo optan por apelar al público más cinéfilo de forma hiperespecífica (ese "¡es Owen Kline, director de Funny Pages para A24!" que ruborizaría hasta a Los Simpson), hay quince otros en los que simplemente brilla algo mucho más universal: el amor por el cine en todas sus formas. Y resulta inevitable unirse a ese cántico —metafórico y, en su secuencia final, literal— siempre que las carcajadas nos lo permitan.
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