Danza que rompe barreras frente a la discapacidad: "Mis objetivos no son terapéuticos, sino placenteros"
"Mi idea es que cuando ellos estén solos, fuera de aquí, y escuchen una música, puedan bailar, o moverse".

Cada martes a las seis y media de la tarde, la Asociación de Vecinos del Parque de Comillas se transforma en el escenario de un arte decido a romper todos los límites. Sus protagonistas son los trece chicos y chicas que han encontrado en la escuela Dan Zass un lugar donde explorar a través de la música, las fronteras de sus capacidades. Porque, efectivamente, el proyecto que fundó Cristina y en el que hoy trabajan cuatro mujeres más, no es una escuela de danza al uso: lo importante aquí es el camino.
Descalzarse es lo primero que hacen los alumnos al entrar a la sala, porque allí, junto a sus zapatos, abandonan los prejuicios y los estereotipos de quienes creen que en el baile y en las artes escénicas no caben las discapacidades. Cristina y Lucía, que dirigen la clase teniendo en cuenta las particularidades de cada uno de ellos, saben que siempre hay una canción, un movimiento o un juego gestual que despierta su interés, y es justo ahí donde comienzan a trabajar con cada alumno.
"Lo que hacemos, especialmente con los más pequeños, es trabajar su cuerpo y tratar de entender qué les gusta y que les hace anclaje con el presente; es decir, si yo veo que les gusta mucho la vibración, que les mueva mucho las piernas y los brazos, por ejemplo, sé que eso les trae aquí, a este momento, entonces sé que estarán bastante presentes cuando entable una conversación corporal con ellos", nos explica Cristina.
Ni todos los chicos y chicas del grupo tienen lenguaje oral, ni todos tienen capacidad imitativa. Sus necesidades de apoyo son muy diversas: algunos de ellos requieren asistencia en casi todas las actividades diarias; aseo, alimentación y desplazamiento, y otros, sin embargo, tienen un mayor nivel de autonomía. Lo que sí comparten, asegura Cristina, es la intención comunicativa, y eso es suficiente para empezar a bailar.
En el aula, apenas unas pocas sillas, un par de mesas alargadas y un gran espejo bastan para convertir la clase en el escenario de los sentidos: cuando suena la música, los chicos se levantan y comienzan a caminar llenando el espacio. Lucía y Cristina se adentran con ellos y juegan a dejarse llevar por los sonidos. Aquí no hay coreografías ni pasos que aprender a través de repeticiones, porque ellas creen que lo importante es enseñarles a jugar y a improvisar.
"Mi idea es que cuando ellos estén solos, fuera de aquí, y escuchen una música, puedan bailar, o moverse. Que vayan a un cumpleaños o a una fiesta, o estén en casa frente al espejo y puedan bailar. Se trata de acompañarles en la búsqueda de su movimiento natural", cuenta.
Uno de los momentos más impactantes de esa hora y media de clase, especialmente para quienes somos simples observadores de la intimidad que se genera en el aula, se da cuando Cristina se tumba a los pies de la silla de ruedas de Paula y comienza a moverse sutilmente a su alrededor, invitando a la chica a improvisar con ella.
"Para quienes están sentados (en sillas de ruedas) la vida sucede siempre por encima de ellos, por arriba, por eso en clase nos gusta explorar diferentes niveles espaciales. Las profes nos sentamos y nos tumbamos en el suelo para estar a su mismo nivel físico, para que la vida también pase por aquí abajo", explica Cristina.
Su idea desafía los principios de la danza más clásica; ellas buscan desorganizar el cuerpo, que los movimientos sean libres de salir desde cualquier punto y con cualquier energía "de la axila, por ejemplo, o de las muñecas hacia adentro, y para cada movimiento tratamos de encontrar una música que lo acompañe".
Para quienes están en silla de ruedas la vida sucede siempre por encima de ellos
Este es uno de los grandes retos de las profes: encontrar la melodía que resulte atractiva a cada uno de sus alumnos. A veces una reacción mínima es suficiente para tirar del hilo: "Por ejemplo, con un muchacho mayor que no suele aceptar mucho la cercanía física, nos pasó que estábamos muy perdidas, hasta que un día descubrimos que cuando escuchaba jotas, él mismo nos pedía interacción", recuerda la profe.
El objetivo de las clases del proyecto Dan Zass, sin embargo, es deshacerse del carácter terapéutico que muchas veces acompaña a todas las actividades que las personas con discapacidad hacen en su tiempo libre. Ellas reivindican la normalidad que todos experimentamos cuando nos apuntamos a una actividad que nos gusta: "Yo voy a clases de costura y aunque para mí puede ser terapéutico, no voy porque quiera trabajarme en ese aspecto, es decir, mis objetivos no son terapéuticos, sino placenteros, eso es lo que buscamos para nuestros alumnos".
Atreverse a soñar con el baile profesional
Fuera de los colegios a los que acuden semanalmente, y más allá de los centros residenciales o de las asociaciones vecinales donde imparten clases a personas con todo tipo de discapacidades, Dan Zass tiene también una compañía de baile profesional, que tiene como objetivo la inserción laboral de personas con discapacidad.
"A las cinco bailarinas -con y sin discapacidad- que formamos parte de la compañía, se nos contrata cuando tenemos actuación por el régimen especial de artistas y trabajamos también desde la improvisación", detalla la educadora.
"Una de las bailarinas, tras firmar su contrato y recibir su salario, empezó a decirnos que quería comprarse una casa con jardín. Fue muy emocionante ver como ella proyectaba su deseo de vida a través de la danza. Lo que un día para mí empezó como una aventura sin muchas garantías de prosperar, hoy es una opción real para personas con discapacidad que se atreven a soñar con dedicarse a ello".
Gracias a Cristina, Lucía y su Asociación Dan Zass, el baile y las artes escénicas están más cerca de ser un espacio en el que quepamos todos, independientemente de nuestros cuerpos y limitaciones. Y quién sabe si algún día, sobre el escenario de un gran teatro, acostumbraremos a ver subidas sillas de ruedas, mujeres y hombres diversos que se atrevieron a creer que ese también era su lugar.